¿Impuesto a las iglesias? “Por nada del mundo”

Por JORGE GÓMEZ PINILLA  

Confieso que quedé súpito, atónito, estupefacto, cuando la señora Vicky Dávila le preguntó al ministro de Hacienda José Antonio Ocampo si la reforma tributaria contemplaba cobrarles impuestos a las iglesias y esta fue su respuesta: “Por nada del mundo lo haremos. (…) Este es un país que respeta las religiones. No nos vamos a meter en eso”.

Sorprende la respuesta porque, en aplicación de esa misma lógica, el gobierno les estaría faltando al respeto a las personas, empresas y proyectos de emprendimiento que sí pagan impuestos. En consonancia con tan insólita declaración, es la primera vez que me siento en la obligación de expresar total desacuerdo con una medida del gobierno de Gustavo Petro, a quien apoyé hasta el punto de salir damnificado cuando unos días atrás de su elección escribí una columna para tratar de impedir lo que parecía inminente, el triunfo del otro candidato. Pero el tiro me salió por la culata.

Regresando al tema que nos ocupa, es apenas obvio que la verdadera razón para dejar a las iglesias exentas de impuestos no es filosófica ni económica, sino política. En pocas palabras, se le estaría haciendo el debido reconocimiento a la adhesión del pastor evangélico Alfredo Saade a la campaña del Pacto Histórico, no solo por los votos que trajo, sino porque ayudó a desvirtuar la estigmatización que desde la derecha les hacía creer a los creyentes -valga la redundancia- que Petro era un “comunista ateo” y en tal medida votar por él era pecado mortal.

Sea como fuere, se debe buscar un punto medio: “ni tan cerca que queme al santo, ni tan lejos que no lo alumbre”. En tal sentido, El Espectador pone los puntos sobre las íes cuando en su editorial del 19 de agosto propone que la tributación a las iglesias “pueda hacerse de manera inteligente, con tasas diferenciadas basadas en los patrimonios de cada parroquia y dándole un necesario valor al servicio social que muchas de ellas prestan”. (Ver editorial).

Suena razonable entonces que este gobierno escuche las voces sensatas que exigen algo tan lógico, tan de sentido común, como es que las iglesias tributen: voces como la de una Katherine Miranda que considera “un descaro que algunos jueguen con las creencias de la gente, se enriquezcan, participen en política y se nieguen a pagar impuestos”. O la de un Daniel Coronell convencido de que “a nombre de la fe no se puede acumular riqueza. En las iglesias está entre el 10 y el 20 por ciento de lo que necesita el gobierno”.

Mi punto de vista sobre las iglesias es un poquitín más radical. Desde una posición agnóstica, o sea escéptica, estoy entre quienes creen que la religión hace esclavos felices, que dividen a los hombres, que como dijo José Saramago “en ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a otros”. En tal medida, nada sería más sano que propender por su desaparición de la faz del planeta, como condición sine qua non para que un día la humanidad recupere la cordura y sea posible establecer verdaderos lazos de unión, solidaridad y cooperación entre todas las naciones.

Si aterrizamos este planteamiento en lo político, del mismo modo que alguien en Europa tuvo la feliz idea de crear un partido que defendiera el medio ambiente y su éxito fue arrollador, es tiempo de que vayamos pensando en la creación de un partido agnóstico, con un propósito perfectamente legítimo: regresar la democracia a la sensatez perdida, ir tras la recuperación de las ideas liberales, teniendo como norte la obligada separación entre Iglesia y Estado.

Hablamos entonces de garantizar la no injerencia de ninguna creencia religiosa en el manejo de un gobierno, limitando la religión al ámbito privado de las personas.

Todo Estado laico tiene como premisa fundamental el respeto, la promoción y el fortalecimiento de los derechos humanos. Es ahí donde la propuesta de un Partido Agnóstico tendría asidero, dentro de un marco conceptual que apunte a apoyar las reivindicaciones de las mujeres en sus luchas por la equidad de género, la tolerancia con la diversidad sexual como base del respeto a la diferencia, la legalización del cultivo de la marihuana para convertirlo en producto de exportación, propender por el voto obligatorio como medida urgente para derrotar la compra de votos, obligar a la repartición de un ingreso justo en todos los estratos de la población, proponer un sistema de pensiones con remuneraciones adecuadas y a una edad propicia, etc.

Alguien en Twitter sugería que “la idea es buena pero al ser identificado como agnóstico, el enfoque sería más anti-religioso que social”. No es cierto. Un partido agnóstico puede y debe representar también los intereses de personas creyentes en religiones o en divinidades, en un ámbito de tolerancia ciudadana. Se trata es de aceptar como norma ética infranqueable que la religión no se debe mezclar con la política.

En síntesis, así suene a disparate, podría comenzarse por aplicar el evangelio de Jesucristo: a Dios lo que es de Dios… y al césar lo que es del césar.

Y las iglesias, a pagar impuestos: nada más justo, equitativo, ecuménico y saludable.

Post Scriptum:  Luego de analizar 62 estudios, un grupo de psicólogos norteamericanos concluyó que las personas no creyentes tienen una vida intelectual más intensa. El trabajo, publicado en Personality and Social Psychology Review, concluyó que existe una correlación entre inteligencia y religiosidad: los más inteligentes tienen tendencia a ser menos religiosos. (Ver estudio).

@Jorgomezpinilla

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