¿Es un error reconocer un error?

Por JORGE GÓMEZ PINILLA

No sé si sea cierto lo que dicen por ahí, que en el idioma chino la palabra crisis traduce oportunidad, pero en medio de la tormenta mediática y del más feroz matoneo al que he sido expuesto solo me queda tratar de revertir la situación en esos términos: de crisis a oportunidad.

La primera lección que saco es que en Colombia reconocer un error es peor error que mantenerse en él, pues en lugar de que la gente lo juzgue como un acto de nobleza, te caerán encima a tratar de despedazarte.

¿En qué consistió mi error? En que publiqué una columna en El Espectador donde, producto de una investigación que adelanto para una “biografía no autorizada” sobre Rodolfo Hernández, en medio de la calentura de la campaña electoral y preocupado por la posibilidad de que seamos gobernados por alguien a quien considero emocionalmente inestable, me adelanté a dar como cierto algo que todavía está sujeto a verificación.

Entrando al terreno de lo emotivo, lo primero a reconocer es que terminé por emparentarme con el objeto de mi crítica, pues fue mi inteligencia emocional -o la ausencia de esta- la que terminó por ganarle la partida a la inteligencia racional. Actué precipitadamente y estoy pagando las consecuencias, del mismo modo que el señor Hernández estuvo pagando las consecuencias (electorales) de haber dicho que “yo recibo a la Virgen Santísima y todas las prostitutas que vivan en el mismo barrio con ella”. Hasta que reconoció el error en un video. Y que conste, no es la única barbaridad que se le ha escuchado.

En todo caso, este al parecer ya pagó su culpa y he de suponer que fue perdonado por las ofendidas beatas que integran la Legión de María, pero me preocupa que en mi caso obró el efecto contrario, pues no fue sino reconocer el error para que rodolfistas y uribistas (y hasta centristas indignadas como Angélica Lozano) me cayeran en ánimo de vindicta, como si me hubieran sorprendido violando a una monja o asesinando a un hermano. Y digo esto último porque es como si quisieran ponerme a cargar con el estigma de Caín en lo que me resta de vida y de carrera profesional.

No pretendo victimizarme, pero sí conviene brindar claridad en que no he cometido ningún crimen. Quise tan solo actuar con entereza de carácter y con responsabilidad ética al pedir a El Espectador que retirara mi columna, y lo que obtuve a cambio fue una especie de lapidación pública, como las que practican en el Islam contra una mujer infiel.

Esta reflexión apunta entonces a preguntarme si quizá el error estuvo en reconocer el error, en lugar de justificar el texto sobre consideraciones como que en más de una ocasión quise entrevistar al personaje aludido para que diera explicaciones y nunca las dio, o que allí tan solo narré los pasos que di en busca de confirmar o negar si Juliana Hernández estuvo o no recluida en esa institución psiquiátrica, sin haber acusado a nadie ni hacer señalamientos personales. Que pude haber sacado conclusiones no comprobadas, es cierto, y fue eso lo que decidí reconocer.

¡Pero tampoco es para que me estén tratando como al peor de los criminales!

Reitero que el motivo básico por el cual pedí el retiro de la columna fue para no causarle ningún daño a El Espectador, donde escribo desde febrero de 2015. Pero es también mi obligación sostenerme en algo que allí dije: lo que debería ser una información reservada a la familia por lo que significa el dolor del secuestro y desaparición de un ser querido, saltó a la luz pública no por indebida intrusión de los medios y periodistas que se han referido al suceso, sino por las contradicciones en las que el mismo Rodolfo ha caído. Cuando se lanzó a la alcaldía de Bucaramanga sostuvo que había sido plagiada por las Farc, y tras lanzarse a la presidencia cambió su versión y pasó a decir que fue el ELN, algo que ese grupo desmintió.

También me sostengo en que ahí no para el rosario de incoherencias, pues en días recientes sumó otra cuando le dijo a Univisión que “después de 17 años de estar buscando, dimos ya con unas informaciones que nos dijeron que hacía poquito la habían matado, le pegaron un tiro aquí en la frente’’. Como dije para ese medio, si cree que le pegaron un tiro cae en una nueva contradicción, pues no podría pedir que la definan como desaparecida sino como víctima de homicidio. (Ver informe de Gerardo Reyes).

Siempre he procurado actuar con rigurosidad en el manejo de mis fuentes, y en esto me reconocen como un periodista serio, que desarrolla un ejercicio genuino de búsqueda de la verdad. En el caso del enigmático secuestro y desaparición de la hija de Rodolfo, esa verdad tarde o temprano saldrá a la luz pública. Esta vez, parece que será más tarde que temprano.

Sea como fuere, esperaría de mis lectores su comprensión o indulgencia -nunca su compasión- en lo aquí expuesto. Prometo enmendar mis errores en función de ser cada día un mejor columnista, menos explosivo y más autocrítico.

@Jorgomezpinilla

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