¿Una democracia sin partidos?

Por GERMÁN AYALA OSORIO

Como régimen de poder, la democracia se ha servido de los partidos políticos para mantener altos niveles de legitimidad y para darle a la competencia electoral un carácter institucional y formal, en aras de consolidar la idea de que se trabaja para el bienestar colectivo.

Hoy los partidos políticos tradicionales atraviesan por una profunda crisis de identidad, asociada al debilitamiento de sus ideas y programas. Las dificultades que enfrentan para captar votantes se conecta con la “evolución” de las sociedades, cuyos miembros deambulan entre llevar sus vidas ancladas al individualismo posesivo o consumista, o prevalecer en la defensa de lo público, esto es, lo que nos conviene a todos.

Asistimos al debilitamiento de los partidos y al surgimiento de microempresas electorales, guiadas por líderes-pastores que fungen más como mesías que como dirigentes defensores coherentes de una particular ideología partidista o preocupados de verdad por las mayorías. Personajes megalómanos que en lugar de formar cuadros para que los sucedan en un inmediato futuro, actúan como los únicos capaces para gobernar los destinos de un país.

Las crisis de los partidos políticos  no es un asunto exclusivo de la restringida democracia colombiana, aunque es posible que la sostenida crisis de los partidos tradicionales como centros de pensamiento tenga mayores efectos en un país como Colombia, donde lo que más desprecian los operarios políticos es el respeto a la institucionalidad.

De cara a las elecciones de 2022 dos engañosas Coaliciones, la del Centro Esperanza y de la Experiencia -incluso el ahora impreciso Pacto Histórico- contribuyen a la consolidación de las crisis de los partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador; además, confirman que los movimientos políticos que se hacen llamar partidos son tan solo congregaciones cuya única misión es imponer ideas de gamonales, mesías, líderes de opinión o poderosos electores individuales; esas ideas ya no alcanzan para revivir partidos otrora poderosos, menos para contribuir a la creación de una doctrina que recoja la complejidad de los problemas de la sociedad colombiana y fortalezca el espíritu democrático.

Lo anterior se ilustra a cabalidad con los casos de los partido Liberal, Conservador y agrupaciones de coyuntura como Cambio Radical y Centro Democrático. Estas dos últimas, al ser fruto de acciones disidentes, están soportadas de tiempo atrás en los negativos liderazgos de Germán Vargas Lleras, ficha del Clan Char, y Álvaro Uribe Vélez, el vulgar arriero que el régimen de poder usa para consolidar la violencia estatal,  los privilegios de una clase empresarial y política parasitaria y los más preocupante, para impedir que el Estado y la sociedad se hagan modernos.

Estos dos nefastos políticos representan el clientelismo y las oscuras prácticas políticas, así como el debilitamiento del pensamiento político. De los ya insepultos partidos Liberal y Conservador se debe decir que César Gaviria y Omar Yepes son la más clara muestra de la decadencia del liderazgo político sobre la sociedad. Son los sepultureros de los otrora partidos tradicionales.

La principal consecuencia negativa de una democracia sin partidos (partidos con ideas claras, programas estructurados y viables y prácticas democráticas, con centros de pensamiento) es que los ciudadanos se acostumbran al monte y desmonte de colectivos con apariencia de partido, sin que se consolide el pensamiento político de quienes los orientan. Si algo le hace daño a la discusión de lo público, a la construcción de una verdadera democracia y a la viabilidad del Estado social de derecho, es crear y dejar morir micro empresas electorales para saciar apetitos políticos individuales, o pertenecientes a pequeños grupos de poder. Es tal el grado de inercia que provocan dichas agrupaciones, que la política se va vaciando de sentido hasta el punto de reducirse a pactar acuerdos burocráticos. En eso, hay que decirlo sin ambages, están todos los precandidatos. Quizá sin excepción alguna.

Adenda: Alex Char, Federico Gutiérrez  y Óscar Iván Zuluaga son los fusibles con los que Álvaro Uribe Vélez pretende que su “ideario” siga brillando. El 1087985 sabe que un triunfo de Gustavo Petro lo obligaría a un retiro forzoso o a liderar el movimiento con el que buscarían hacer invivible la República. Si por el contrario, quien triunfa es Alejandro Gaviria, el Gran Imputado confía en que el miedo generalizado que genera, impulse al ex rector de los Andes a darle juego político.

@germanayalaosor

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