Mancuso y Timochenko: ¿para qué les sirve el Estado?

Por GERMÁN AYALA OSORIO

Aunque lo dicho por Mancuso ante la Comisión de la Verdad el país ya lo sabe, su ratificación por parte de un alto comandante del paramilitarismo debería suscitar las más encendidas reacciones en la opinión pública. Pero no es así porque medios como Semana, El Tiempo, Noticias RCN, La FM, La W o Blu Radio, trabajan para hacernos regresar al unanimismo ideológico que esas mismas empresas mediáticas apoyaron en 2002, presionados unos y fascinados otros por la figura intimidante de Álvaro Uribe Vélez.

En oposición al invento mediático según el cual el país está polarizado, a lo que realmente asistimos es a la exacerbación de la violencia física y simbólica, y a la reinstalación de un pensamiento único, cuyo correlato es el unanimismo ideológico vivido en el aciago periodo 2002-2010.

El jefe de las entonces Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Salvatore Mancuso, contó ante sus víctimas, los comisionados de la verdad y su contraparte por las Farc-Ep, Rodrigo Londoño (Timochenko), cómo terminó metido en las dinámicas del conflicto armado interno, por qué nació el fenómeno paramilitar y de qué modo se dio la estrecha cooperación criminal de sus estructuras armadas con agentes del Estado, en particular miembros activos del Ejército, el DAS y otros organismos de seguridad.

Más allá del hecho político y militar que indica que fueron los paramilitares los que llevaron a Uribe a la presidencia, debemos reflexionar sobre la concepción de Estado allí implícita: qué es eso del Estado, para qué sirve, cómo debe operar en condiciones ideales.

Subsiste como norma latente entre millones de colombianos una muy baja cultura política, que se expresa en la falta de criterios a la hora de elegir a sus gobernantes. Esa baja cultura política supera el escenario electoral y se extiende a otros ámbitos, en particular a lo que tiene que ver con el Estado, su sentido y las relaciones que sus asociados deberían consolidar, de cara a que no solo gane en legitimidad, sino que cumpla con lo establecido en la Carta Política.

Cuando Mancuso justifica la creación de las AUC porque el Estado no podía protegerlos de las arremetidas de las guerrillas a él y a otros en su calidad de hacendados y finqueros, se instala en la perspectiva weberiana del monopolio ‘legítimo’ de la fuerza militar para legitimar el proyecto político-militar que él ayudó a consolidar, de la mano de multinacionales, ganaderos y agroindustriales que jamás han entendido que el Estado no puede operar con un carácter privado o corporativo. Con un agravante: de un tiempo para acá lo hacen operar con un espíritu criminal y neofascista.

Salvatore Mancuso en su discurso-confesión responsabilizó al Estado del genocidio político de la Unión Patriótica (UP), porque sabe que ese señalamiento deviene con un carácter abstracto, así se logren establecer responsabilidades individuales en agentes públicos y en instituciones como el DAS, previamente capturadas por las estructuras paramilitares.

Por todo lo anterior, podría resultar aleccionante discutir con los agentes estatales involucrados en los procesos que llevaron, por ejemplo, a facilitar la importación de armas para las AUC: qué entienden y cómo asumen eso que llamamos Estado, pero que en la práctica se reduce al poder decisorio de unos funcionarios que, amenazados o no, terminaron haciendo parte de una organización criminal.

Lo mismo se podría hacer con los oficiales del Ejército que delegaron en los paracos el trabajo sucio de acabar con las guerrillas, bien por el miedo al Síndrome de la Procuraduría o debido a la presión internacional por las evidentes violaciones a los derechos humanos, en particular durante los años 90. Muy seguramente la noción de Estado con la que los formaron en las escuelas, asociada a la doctrina del enemigo interno, es quizás el más claro ejemplo de un orden sujeto al complejo escenario internacional de la guerra fría. Habría que indagar si dentro de la academia militar se defiende el tipo de Estado privatizado y corporativo que aúpan los presidentes neoliberales y comandantes supremos de las fuerzas militares, o si por el contrario, se asume como norte el ayudar a consolidar un Estado social de derecho tal y como se presume que somos, en virtud a lo proclamado en el artículo primero de la Constitución de 1991.

No hay nada que se oponga más a la urgente necesidad de repensar qué es el Estado, que la guerra. Y por supuesto, la baja cultura política de los ciudadanos. De lo sucedido en Colombia durante este largo y degradado conflicto armado interno, va quedando claro que los miembros de la élite, militares, paracos, guerrillas y millones de colombianos, poco se han sentado a discutir a qué tipo de orden le apuntan y piensan cuando hablan del Estado. Quizás nos hubiéramos ahorrado cientos de miles de muertos, si quienes de tiempo atrás hacen operar esa estructura de dominación hubiesen sido formados de manera distinta en filosofía política y no en las ideas feudales bajo las cuales, tanto los miembros de la élite como los paramilitares vienen asumiendo el papel de las instituciones.

Adenda: Le queda un año a Iván Duque.  Ya casi se va. Ojalá opte por abandonar la vida pública, como lo hizo Belisario Betancur Cuartas luego de lo ocurrido con la salvaje retoma del Palacio de Justicia. Si decide hacerlo, no será un acto de grandeza. Lo asumiremos como una forma de pedirle perdón al país que terminó de hundir en el fango de la ignominia. O como diría la famosa comediante, en el más oscuro y fétido de los sótanos del infierno.

@germanayalaosor

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