Concierto popular y decadencia: “la maldición” en el estadio

Por PUNO ARDILA

—No me iba a perder el concierto de la Feria Bonita, que estuvo de rechupete —dijo Maurén peinando su frondosa cabellera.

—Estos conciertos son una maravilla —saltó enseguida Osquítar—, y definitivamente la música popular es lo mío.

—No lo dudo —repliqué—. Esta decadencia de la música puede parecer el menor de los males, pero sí que corroe la cultura y la identidad del pueblo.

—Entre gustos no hay disgustos. ¿Es que acaso nosotros le estamos exigiendo que no oiga su música?; ¿qué le ve de malo a la música popular? —preguntó Maurén con cara de revólver.

—Por favor, no te enojes —le contesté antes de que me rociara con la sarta de vulgaridades que acostumbra acompañar esta clase de preguntas—. Lamento que te sientas afectada por mi comentario, pero hay quienes tienen criterio suficiente para opinar sobre estos personajes del escenario, que arrasan con los presupuestos que las comunidades debieran destinar a engrandecer su cultura, y no solo a propiciar el desorden con borrachos y bochinches. Un concierto como este de la “Feria Bonita” cuesta varios miles de millones de pesos.

—¿Cómo les pareció el video de Pablo Milanés? —interrumpió visiblemente interesado el ilustre profesor Gregorio Montebell.

—No lo conozco —contestaron en coro.

—Entonces, transcribo apartes para que lo conozcan —dijo, y envió este texto de lo dicho por el cantautor y guitarrista cubano: «Yo veo la decadencia de la música mundial, la que se oye por la radio, la que se vende […] Le veo poca calidad, tanto técnica, como armónica, como melódica, como poética. Creo que el mundo está sufriendo una crisis de calidad, impulsada por los medios de comunicación, por las transnacionales del disco y por la propia creatividad de los compositores, que se dejan comprar por las compañías, y venden su talento. Independientemente de eso, creo que, como siempre, hay trovadores por ahí, hay cantantes por ahí, hay músicos, hay compositores de calidad extraordinaria que no tienen acceso a ese mundo porque son “no comerciales”… Hay una decadencia absoluta de calidad, y una falta de calidad extraordinaria en la música popular mundial».

—¿Pero al fin cómo le fue en el concierto, Osquítar? —preguntó Maurén, sin prestar atención a las palabras del profesor— No lo vi por allá.

—Nos salimos temprano —respondió el interrogado— porque vimos mucho desorden, y se nos acabó la plata. Íbamos con ganas de oír a todos esos artistas de música popular, pero casi no aguantamos, porque la logística retrasó mucho la presentación de los grupos y el presupuesto no aguantaba para tomar trago toda la noche. Imagínense que me tocó gastar la plata del arriendo en una sola botella de trago.

—Pues doce horas es mucho tiempo para estar repagando trago a cambio de gente tan lejana a nuestros valores culturales… si es que todavía nos quedan algunos —intervine, con algo de temor de que me atacara Maurén con alguna vulgaridad. Y no me equivoqué, porque enseguida saltó ella con fuerza.

—Oh maigód; ¿cómo puede decir usted semejante cosa? La música popular se llama así precisamente porque todo el mundo se siente identificado.

—De acuerdo con el Diccionario, se llama “popular” porque “está al alcance de la gente con menos desarrollo cultural”, y es precisamente lo que acabo de decir —concluí.

—En medio de todo —intervino el ilustre profesor Montebell—, esta alcaldía y todas las demás, y la Gobernación, por supuesto, debieran hacer un alto y reflexionar sobre lo que han hecho. Debieran aceptar que han cometido errores crasos, como apoyar eventos de estos, con día de asueto para sus servidores, que terminan con gente atropellada y puñaleada, mientras que nuestros aires tradicionales, pacíficos, melódicos y armónicos son mancillados y parecieran no tener otra oportunidad sobre la tierra. Para aires y artistas extranjeros, que son apología a la violencia y al desorden, hay recursos abundantes; para la música tradicional y el folclor, limosnas, si acaso. ¿Para cuándo habrá planes de cultura en los municipios y en la Gobernación?; ¿para cuándo una política cultural? ¿para cuándo equidad entre el pago a extranjeros y el pago a los nuestros? Como dice “La maldición de Malinche”, de Ochoa y Palomares, «se nos quedó el maleficio de brindar al extranjero nuestra fe, nuestra cultura, nuestro pan, nuestro dinero».

@PunoArdila

(Ampliado y adaptado de Vanguardia)

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