Compendio de las desgracias cotidianas

Por F SÁNCHEZ CABALLERO

Desde la tragedia griega, que es cosa de dioses, ha sido costumbre que la historia de los hombres la escriban los vencedores. Las epopeyas, las gestas heroicas y memorables, apenas si hablan de los vencidos. Los protagonistas de los grandes amores suelen ser los más fuertes y apuestos guerreros, las princesas más virtuosas, las más hermosas. Pero un poema, un canto de despecho o una trova la pueden hacer tanto el bienaventurado como el infeliz, el vencedor o el vencido. La desgracia, como la derrota, se oculta en el lado más oscuro y profundo, donde se hospedan el dolor, la desesperanza y las cosas que más hondamente perduran. La desdicha puede llegar por efectos naturales, por voluntad humana o por la maldición de los dioses. Incapaz de desprenderse de ella, vaciado de sí mismo y presa del desespero, el desgraciado huye hacia atrás. Para contrarrestarla, suele acudir a rezos, conjuros o autoflagelaciones hasta satisfacer el voraz apetito de esos seres imaginarios.

En la historia de la literatura encontramos ejemplos monumentales de la desgracia humana: Los Miserables de Víctor Hugo, La Peste de Camus, Crimen y Castigo de Dostoievski, y todo Kafka… La pintura nos trae nombres excepcionales como Van Gogh, Frida Kahlo y Eduard Munch. Sus obras son el reflejo de su oscuro y sinuoso destino, de sus visiones tortuosas. “Un dibujo es simplemente una línea que va a dar un paseo”, decía Paul Klee para tratar de explicar sus ficciones inaccesibles. Con Verlaine se inició un movimiento de poetas malditos que rápidamente se extendió por el mundo como una mala semilla. Su predisposición hacia la vida bohemia, los distanció de las reglas y convencionalismos sociales; sus versos son provocadores y pendencieros. Julio Flórez, Porfirio Barba Jacob y Raúl Gómez Jattin son algunos ejemplos cercanos a nosotros, para quienes el desamor y la muerte fueron siempre una posibilidad cercana. Por algún motivo, es en Latinoamérica en donde con mayor frecuencia encontramos historias inspiradas en el dolor, la miseria y las bajas pasiones. “desde José Hernández hasta Borges, nuestra mejor literatura es triste, melancólica y pesimista”, dice Ernesto Sábato. El bolero, la ranchera y algunos temas de salsa así lo reflejan, generando todo un sentimiento subcultural taciturno y tormentoso. Las letras del tango a menudo están inspiradas en el drama de los arrabales, en el marginal, en la barriada. Quizá por ello ese aire musical ha encontrado tanto eco entre los malevos, junto a los nadie, los rotos por dentro.

Moriré de mí mismo

sin confesión y sin dios…

no quiero apuntador

Moriré de un mordisco de mi corazón

como abrazando a un rencor.

(Milonga en ay menor – Ferrer – Piazzola

En el sur es común encontrar historias de malandanza, que de algún modo le hacen el quite a la fatalidad como el Martín Fierro de José Hernández. Con un lenguaje sencillo, al alcance de todos, su fama se extendió rápidamente entre los más humildes que se sentían identificados con sus penurias.

Amigazo, pa´ sufrir

han nacido los varones

estas son las ocasiones de mostrarse un hombre juerte

Hasta que venga la muerte

Y lo agarre a coscorrones.

En pantalla grande hemos presenciado los dramas del día a día, directamente narrados por sus protagonistas en medio del desmadre de su intrincado verbo barrial y la posibilidad siempre latente de su “no futuro”; la desilusión y el fracaso circundan el mundo suburbano con un lenguaje amañado que solo ellos entienden. Su desencanto es el reflejo de la sociedad que habitan. Más hacia el norte encontramos historias duras, amargas como las de Juan Rulfo, historias sufridas con todo rigor por los oprimidos, los desarraigados, exiliados de su propio valle, de su sierra, que andan arrastrando su desgracia por calles y callejones como muertos vivientes. No es fácil contar esas historias sin un poco de hervor en la sangre, sin haberse asomado al abismo, sin sentir el polvo caliente bajo su huella. Todos conocemos hechos así, amigos o extraños que, empujados a esa estirpe en desahucio, han padecido los horrores de un destino inevitable.

Grabado del autor de la crónica: Desgraciados (2017)

                                                              II

Me hubiese gustado saber, por ejemplo, qué fue de esa muchacha de minifalda a cuadros que en un paradero de bus en Medellín fue subida a un auto negro por tres individuos una tarde de 1978. Sus gritos se mezclaron con el ruido del tráfico como el gemido de una sirena. Inútil resultó su resistencia enérgica. Sus objetos personales quedaron esparcidos en el pavimento y unas señoras los recogieron en silencio haciéndose la señal de la cruz. Su caso no fue reportado en los sucesos de orden público en la radio; tampoco salió en las páginas rojas de la prensa escrita que por esos días devoré con impaciencia; pero alargando el pensamiento, pude presentir su trágico fin, su fatalidad. Me pregunto si su terrible encanto pudo ser la causa de su desgracia, nunca lo sabré. Su presencia pasó frente a mi tan solo en un instante. Vivo con la amargura de que quizá, tan solo haya existido en mi recuerdo. Ya no sé si la vi, si alguien me lo contó, o lo soñé. Nunca más podré reconstruir la partitura de su llanto.

                                                                III

Le gustaba admirar la luz crepuscular entre los árboles. Un fulano alto y burdo la alcanzó en el potrero cerca de su casa y la arrastró lejos del camino. Ultrajada, fue abandonada entre los arbustos. Durante meses un ataque de llanto le sobrevino. Para mayor desgracia, quedó en embarazo. Dejó el colegio y trabajó en cuanto oficio pudo encontrar para alimentar a su hija y educarla. Su mirada recelosa se veía reflejada en la expresión de la niña cada vez más parecida al rostro de sus pesadillas. Su ira aumentaba cuando en ocasiones veía al individuo en una esquina del barrio tomando cerveza, tal vez asediando a la siguiente víctima. Consiguió trabajo en el servicio doméstico de los curas claretianos. Ellos le arrancaron esa chispa de venganza en la mirada, que junto a su cuchillo llevaba a todas partes desde su revés. Ahora era una mujer desprotegida, resignada y con una estampita del arcángel Miguel en su cartera. Veinte años después fue sorprendida por el mismo individuo, en el mismo potrero cerca al Picacho. Aunque quizá él no la reconoció, ella supo que era él desde el primer instante. Los agresores suelen olvidar el rostro de los agredidos. Esta vez no opuso resistencia; se dejó conducir hasta el matorral y mientras él la desnudaba y aspiraba el aroma canela de su piel, ella le hizo una confesión inesperada, —tenemos una hija, va a cumplir veinte años. Él titubeó desconcertado, cerró su bragueta con afán y emprendió la retirada. Nunca más lo volvió a ver. (Cont.)

www.fsanchezcaballero.net

@FFcaballero

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