Una loca en El paso de las flores

Por FREDDY SÁNCHEZ CABALLERO

Cuando salió preñada, Nisperuza quiso saber quién era el padre de la criatura.

—Yo que voy a saber—, dijo ella encogiéndose de hombros, —tanta gente que echó maíz en ese pañol…

Con un pasado oscuro y conflictivo, El paso de las flores es un caserío pequeño, ubicado en un rincón escondido de Córdoba. Antes se llamaba Basura, un enclave de peones con parcelas tan reducidas, que solo alcanzaban para alimentar a un burro o sembrar unas diez matas de yuca. Avergonzados con su pasado, y con las connotaciones impuras de su nombre, decidieron rebautizar el pueblo: en adelante se llamarían El paso de las flores. Su fuerza de trabajo la tenían empeñada a la hacienda del turco Elías, de ello dependía su sustento. Supeditado al sol, las lluvias o la luna, durante el año el turco Elías sembraba cientos de hectáreas de maíz, arroz, algodón o sorgo. En un bus viejo, con cornetas que parecían anunciar el fin del mundo, los peones eran recogidos cada madrugada, antes de cantar el pájaro del alba, y devueltos pasado el mediodía, cuando el sol arreciaba. El único esparcimiento del pueblo era la fiesta del once de noviembre, o las corralejas ajenas. Antiguamente hacían casetas monumentales, contrataban juglares de moda como Juancho Polo, Enrique Díaz o Rúgero Suarez, a las que invitaban a todos los pueblos circundantes: El Bongo, Cotorra, El Carito, la Culebra… pero su hostilidad, su tendencia a las peleas, y el abultado número de heridos y macheteados en cada fiesta, ahuyentó a los vecinos. No era un pueblo amable con los extraños, eran altaneros, llevados de su parecer y cerreros.  

Dado su espíritu sandunguero, ellos asistían con tropel a las fiestas de toros de Carrillo y San Antero, iban en patota a la Fiesta de la chicha en el Carito, y borrachos se metían al ruedo en la corraleja de Cotorra, cuando el Tapa e’ tusa y el Arrancatetas, los toros más célebres de la región, hacían de las suyas. En vista de que los vecinos no volvieron a su pueblo, ellos optaron por llevar la fiesta hasta sus vecinos cada 11 de noviembre. Tambaleantes iban a la orilla del caño, se empelotaban, se embadurnaban de barro de pie a cabeza y salían por las calles polvorientas con parazcos de avispas en cajas de cartón y calabazos repletos de pantano, para embarrar o amedrentar a quienes se encontraban en el camino y no les dieran plata para comprar trago y seguir la vaina.  Detrás de ellos, en un improvisado cortejo con ripios de trajes negros y los rostros tiznados con carbón, un puñado de mujeres golpeaba tapas de ollas con un manduco, parodiando la algarabía de un aquelarre. Cuando los veía venir, la gente se encerraba en sus casas, y con trancas de guayacán aseguraba puertas y ventanas como si viniera un toro bravo o un perro con mal de rabia.

Ese noviembre, por cuestiones de la luna, Nisperuza tenía amarrada a su hija en el patio: una Chilapa aindiada, de cabello negro y tetas empinadas. Grabado del autor del cuento.

Ese noviembre, por cuestiones de la luna, Nisperuza tenía amarrada a su hija en el patio: una chilapa aindiada, de cabello negro y tetas empinadas. Algunos hablaban de un maleficio, otros decían que desde que la dejó plantada el novio para casarse con otra, ella comenzó a desquiciarse. A lo largo del mes la muchacha parecía normal, colaboraba con los oficios domésticos de la casa y hacía vida social con las muchachas del pueblo. Pero cada luna llena, o cuando probaba una gota de alcohol se alebrestaba, se arrancaba la ropa y salía desnuda a la calle a perseguir a los hombres que pasaran. Angustiados, Nisperuza y su mujer salían tras ella por los callejones y potreros, la ataban y la encerraban hasta que, pasada la luna, se le pasaba la arrechera y se componía. Por los inconvenientes de tenerla allí metida, en el único cuarto que la casa tenía, Nisperuza construyó una enramada en el patio; compró una cadena larga, y amarró a la muchacha de un palo de mamoncillo cercano. Ahí la veían los muchachos traviesos a través de la cerca de cactus, le hacían morisquetas y le gritaban plebedades que ella contestaba con gestos obscenos. Ahí la descubrió la barahúnda proveniente de Basura esa tarde: rebasaron las barreras, le ofrecieron trago e hicieron fiesta con ella hasta el amanecer. Nisperuza y su mujer apenas si tuvieron tiempo para trancar las puertas y evitar que les tiraran las avispas por la ventana. Ahí la encontraron al día siguiente, borracha aún y embarrada, como si una manada de cerdos salvajes la hubiese atropellado.

Semanas después, cuando vieron inflar su barriga, supieron que no importa lo jodido que alguien esté, la desgracia siempre puede llegar más bajo. (F)

www.fsanchezcaballero.net

@FFscaballero

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