Una cerveza y un ajiaco con Johnny Hoyos en La Candelaria

Por GERARDO FERRO

Me fui a almorzar un ajiaco a la Candelaria con mi amigo Johnny Hoyos. Johnny es reportero gráfico, esencialmente político, desde hace más de 30 años, y por más de 20 ha sido el fotógrafo de El Heraldo en Bogotá. Cuando Johnny comenzó, Virgilio Barco era presidente; de ahí en adelante, los años le han dado toda la experiencia del mundo para moverse como pez en el agua entre los pasillos y salones del Capitolio Nacional. No existe un solo jefe de prensa de senador o representante, un solo periodista, así como tampoco una sola secretaria o personal de oficina u oficios varios que no sepa quién es el «el chino» Johnny. Su vasto conocimiento sobre el cuchicheo político, formado por los rumores de los pasillos, los murmullos de oficinas, los relatos tras bambalinas, chismes y chistes que resultaban siempre muy serios, fue fundamental para mis años de corresponsal; nada hubiera sido lo mismo sin la orientación de Johnny por aquel laberinto de amplios corredores, salones y charadas políticas de todo tipo.

—La vaina está difícil, mano —me confesó, y comenzó a hablar de la crisis laboral, económica, producto de la pandemia. Mientras el Congreso no se reactive en su totalidad, el trabajo de fotógrafos como Johnny seguirá siendo duro. Durante todo el 2020 no trabajó, y el confinamiento arrasó con los ahorros.

—¿Y no intentaste haciendo fotos en otra parte? Fotos sociales, por ejemplo.

—Claro, pero no funcionó. Es que ahora con los celulares todo el mundo se cree fotógrafo y no quieren pagar lo que es por el trabajo.

Lo anterior puede ser cierto, pero no hay duda que la principal razón es otra: a Johnny lo que realmente lo apasiona es el thriller y la sátira política. Rápidamente pasamos a hablar de eso.

Johnny me cuenta sobre la foto que le hizo a la Cabal. La encontró sentada en alguna parte en el Congreso, almorzando de una coquita plástica como cualquier parroquiano. Johnny evaluó el interés de la foto para una nota ligera, quizá de relleno para la página política, por ejemplo. Desde el punto de vista de la reportería gráfica, aquella imagen de la Cabal contrastaba con la estampa de la mujer dura con lo que era identificada, ahí radicaba la curiosidad de la foto. Johnny obturó la cámara y vendió su fotografía a un periódico que la publicó exactamente como parte de una pequeña nota política para llenar la página. A la Cabal le gustó. «Eso está bien, eso me gusta», le dijo a mi amigo. «Cada vez que vea algo así tómeme la foto, que eso es bueno que aparezca; lo importante es que hablen de uno, así sea mal, pero que hablen». En otras palabras (y aquí debo jurar solemnemente que la intervención de mi amigo se redujo a relatar el hecho sin hacer ningún juicio sobre el papel de la senadora; éstos son sólo míos) la Cabal estaba develando su rol en el Centro Democrático: ser la payasa que desvía la atención cada vez que abre la boca. Los medios necesitan ese tipo de personajes para seguir construyendo el melodrama de la política nacional.

Me contó también, mientras almorzábamos el mejor ajiaco del mundo con una cerveza, sobre la vez que Abelardo de la Espriella lo contrató para que le tomara fotos con la nueva colección de sombreros que acababa de comprar. Admito que la avidez con la que comíamos el potaje de papas, guasca y pollo, me distrajo, y olvidé precisar el lugar exacto de Bogotá donde se produjo aquel singular encuentro. El caso es que Abelardo, tan ocupado como suele estar siempre en sus asuntos, se citó con Johnny en un salón de algún social de la ciudad donde el leguleyo tenía una reunión con quién sabe quién sobre quién sabe qué. El caso es que eran más o menos unos 30 sombreros los que Abelardo se fue probando, uno a uno, frente al lente de Johnny. Salía de la reunión, se probaba un sombrero, Johnny hacía un par de fotos, Abelardo le pedía otro whisky y le decía que lo esperara, luego entraba a la reunión y volvía a salir al rato a probarse otro sombrero más. La rutina se repitió hasta que Abelardo se probó todos los sombreros; cada vez que salía de la reunión, Johnny ya había terminado su trago y esperaba sediento la próxima foto, de tal manera que al final de la sesión, «¡ya yo estaba jincho, mano!».

Le pregunté, por supuesto, por los chismes que había escuchado respecto a la candidatura de Alejandro Gaviria.

—Todo el uribismo se le está uniendo —me dijo y, especulando, añadió—: ese es el que va a decir Uribe, así que ese es el presidente.

—¿Y a Petro no lo ves con opciones? ¿Qué has escuchado por ahí?

—Está muy berraco, mano. No lo van a dejar. Se le está atravesando todo el mundo.

Luego de un buen mordisco a su mazorca, Johnny agregó:

—Donde sí va a haber una gran renovación es en el Congreso —consideró—. Los viejos van para afuera, ya lo saben, hay muchos en el uribismo que ni siquiera se van a lanzar porque saben que van a perder, porque Uribe fue el que les puso los votos.

—Ojalá —le dije—, y me concentré en lo que quedaba de sopa en mi plato.

El resto del almuerzo transcurrió entre los recuerdos de nuestros años de dupla periodística, y los desahogos soeces respecto a la ineptitud del gobierno actual. Le insistí en que moviera sus influencias para que me permitieran entrar al Capitolio y hacer algunas fotos.

—Ahora está más difícil la entrada —me dijo, mostrándome el listado de prensa en el que Johnny figuraba entre los últimos—, si de vaina me incluyeron a mí. ¡Es que este Covid lo jodió todo, mano!

Salimos del restaurante y lo acompañé hasta la entrada de prensa del Capitolio Nacional. A las 4 empezaba la plenaria y ya eran las 4 pasadas, pero a Johnny ese retraso de minutos no lo inquietaba, tenía ya demasiados años en medio de aquellas paredes y columnas como para saber que jamás en toda la historia republicana del país una plenaria del Senado había comenzado a la hora en punto. Nos despedimos con un abrazo y con la promesa de una próxima cerveza.

@GFerroRojas

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