Racionamiento en Bogotá: ¿más embalses o mayor conciencia?

Por JAIME DAVID PINILLA*

Me llegó un mensaje de WhatsApp que dice “reenviado muchas veces”, por lo que deduzco que se ha hecho viral. Dice que la culpa del desabastecimiento de agua en Bogotá es de Petro, por haberse opuesto al proyecto de Chingaza II. En efecto, Petro en su momento privilegió los criterios ambientales, pues es un tipo que piensa distinto. Pensaba distinto cuando era senador, cuando fue alcalde y ahora también, como presidente: él sabe, a contracorriente, que el problema de la seguridad no se resuelve poniendo más policías, que el de la droga no se arregla asperjando más glifosato sobre los campesinos de las zonas cocaleras y, cómo no, que la solución al abastecimiento de agua no es construir embalses. Esto es algo más complejo de lo que parece, pues no se trata de “acaparar” agua sin considerar quién salga perdiendo. Al fin y al cabo, como dijo Petro en su momento, ese embalse estaría hoy tan seco como los demás, o quizás Bogotá tendría más agua, pero a costa de la sequía en todas las poblaciones de Cundinamarca que están en la vertiente de la vía al Llano. Es decir, habría trasladado el problema sin solucionar nada.

Más allá de la responsabilidad política que pudo tener aquella decisión, ejemplifica la diferencia entre el pensamiento político de derecha y el de izquierda. El de derecha, más cortoplacista y en función de lo privado, habría concluido —en la cabeza de un alcalde— más o menos lo siguiente: «que mi ciudad tenga agua, así los demás se mueran de sed”. Sin embargo, primó el de izquierda, más centrado en lo público, en el largo plazo, en la pluralidad de voces y en el bienestar público sobre el privado, y la ampliación de Chingaza no vio la luz.

Ahora bien, no vamos a entrar aquí en si esa decisión estuvo mal o bien, simplemente fue la que se tomó. Más que “llorar sobre la leche derramada”, sería útil reflexionar sobre el apetito voraz de energía de la especie humana, para el cual parecen no bastar todas las fuentes posibles. Al fin y al cabo, levantando un poco la vista, la crisis por la insuficiencia de energía es global.

Por ello, más allá de preguntarnos si necesitamos más hidroeléctricas, termoeléctricas, parques eólicos, paneles solares (las energías limpias no están limpias de pecado), plantas de energía nuclear o cualquier otra fuente generadora de energía deberíamos preguntarnos ¿cuánta energía necesita un hombre? O, para el caso que nos atañe ¿cuánta agua necesita un hombre? Recordemos que los embalses además de suministrar agua generan energía, como lo hace Chingaza en El Guavio. Desde otro punto de vista, la pregunta podría ser ¿cuánta agua/energía desperdicia un hombre?  Veamos.

Además de que cada vez tenemos más electrodomésticos y dispositivos electrónicos que demandan energía, el “consumo fantasma” se estima en el 7 % en el mundo, y refiere a toda la energía que consumen los electrodomésticos mientras están conectados sin usarse. Un reciente estudio citado en una nota de Portafolio del 28 de febrero de 2016 refiere que el desperdicio de energía —incluyendo el gas— en el país costaba en ese momento cuatro billones de pesos, y abarcaba todos los sectores: industrial, comercial, residencial y de transporte. Otro artículo más reciente, publicado por EL TIEMPO en 2021, estima que podría costar hasta US$11.000 millones al año solo en Colombia.  

Y aún hay más. Pocos se preguntan, por ejemplo, cuánta energía consume hoy la Inteligencia Artificial (IA). El portal español La Vanguardia publicó recientemente un artículo con un título que raya en lo apocalíptico: «La IA es una amenaza para el planeta: consume más electricidad que muchos países». Basado en datos de Schneider Electric, una compañía global especializada en manejo de energía que también tiene sede en Colombia, cita que «la IA consume actualmente unos 4.3 GW de energía en todo el mundo», y estima que para 2028 «el consumo de energía por la IA será de entre 13.5 y 20 GW, lo que supondría un crecimiento de hasta el 36%». Solo la IA.

Si bien estos últimos datos son globales, también son perfectamente extrapolables a Bogotá, guardando las proporciones. Más allá de las métricas, al paso que vamos ningún aumento de embalses ni decisión política alguna será suficiente para alimentar este minotauro hambriento de energía llamado humanidad.

Con el agua sucede algo similar. Una organización con un nombre bastante sugerente, Water, estima que solo por fallas en las redes de distribución se desperdician 40.000 millones de litros en el mundo. En Colombia, la Universidad de Los Andes estima que el desperdicio solo en distribución puede ser hasta del 48%, una barbaridad. En el caso particular de Bogotá, una ciudad fría y con un cubrimiento de acueducto del 99.5%, la discutible “necesidad” del agua caliente a la hora del baño diario hace que se puedan desperdiciar hasta cuatro litros por persona si el tiempo que transcurre para que el agua salga tibia es de 30 segundos. En 2.5 millones de hogares, si una sola persona se bañara con este desperdicio —cifra bastante conservadora— estamos hablando de 10 millones de litros desperdiciados por día. Solo en la ducha.

Así las cosas, no es Petro ni El Niño, somos todos. Urge una nueva conciencia sobre nuestro comportamiento frente al agua y la energía. Frente al agua, la que por ahora está racionada en Bogotá, la cuestión es dramática desde hace mucho tiempo: defecamos en el agua limpia, ¿qué podría ser peor?

@cuatrolenguas

*Historiador de la Universidad Industrial de Santander. Corrector de textos para editoriales. Ha colaborado en publicaciones de la FAO y varias ONG. Fue presidente de la Asociación Colombiana de Correctores de Estilo (Correcta), de la que además es miembro fundador. Formó parte del equipo editorial que tuvo a cargo la edición del Informe final de la Comisión de la Verdad.

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