Propuestas simplistas frente al agua en La Mojana

Por ISIDRO ÁLVAREZ JARABA

No es fácil manejar el agua en más de 1 millón de hectáreas habitadas por casi medio millón de personas y un universo de vida, no semejante a sus pobladores; menos si el territorio es el espacio donde convergen dos cuencas ( Magdalena y Cauca) y tres grandes ríos ( Cauca, San Jorge y Magdalena) y «además alberga decenas de ciénagas,  caños, zápales, meandros, bosques inundables, humedales productivos, ecosistemas indispensables en la regulación ambiental y el equilibrio ecológico del Caribe y Colombia».

En La Mojana coexiste un universo vivo, que se permite resistir y existir; 405.625 mil hombres y mujeres, organizadas en más de 100 mil familias, ubicadas a lo algo y ancho de ese mundo de agua – tierra. Ahí nacieron y crecieron y desean morir; ahí tienen sus modos de vida, sus formas de producción. Ahí tienen sus raíces, sus historias; desde ese espacio han creado sus creencias, sus dioses; un imaginario que arma el universo cosmogónico del ser, en cualquier punto de la tierra, y que lo hace auténtico.

Proponer rápidamente, para «mejorar sus modos de vida», reubicarlos en «tierra alta», es correr o nadar en río riesgoso, más si no se ha recorrido el territorio de agua – tierra, si no se dialoga con el poblador, si no se sabe lo que piensan y sienten las gentes cuando se les nombra la palabra «reubicación». Cuidado, no vaya a ser que estemos proponiendo desde la institucionalidad un abandono del territorio para dejarlos a merced de los que hace 30 años lo iniciaron, para que les quedaran las tierras desocupadas y luego tirar alambres y anexarlas a sus escrituras. Que no vaya a ocurrir que estemos impulsando un desplazamiento forzado con buenas intenciones, con ideas simples, desde un ejercicio de poder, que no beneficie a los verdaderos damnificados y sufridos hombres del agua y si le ponga en bandeja de plata a los usurpadores históricos del territorio.

Con la reubicación, ¿dónde quedarían los saberes ancestrales, a dónde irían a parar los pensamientos de los niños y jóvenes, que ya no tendrán una raíz que los identifique con el espacio que fue de sus abuelos, a qué actividades y sistemas de producción se deberían acomodar las gentes que toda su vida e historia ha estado ligada a estos territorios? ¿Qué será de sus bienes, de sus usos y costumbres, de la tumba del abuelo, de los espacios de contemplación, del canto de las aves, de los juegos con los peces?

Cuidado y no les estén proponiendo engrosar los cinturones de miseria de los barrios periféricos en las cabeceras municipales y las ciudades aledañas, cuidado con esas ideas simples que en vez de solucionar el problema de los pobladores de La Mojana, le estemos invitando a un viaje de aguas turbulentas, en donde, aunque sean hombres anfibios, no sepan nadar y menos se puedan adaptar.

* Isidro Álvarez es filósofo e historiador, pedagogo ambientalista.

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