Pitalúa*

Por FREDDY SÁNCHEZ CABALLERO

Era experto en trampas para toda clase de animales. Su piel áspera y gruesa, y su cabello encrespado y desordenado le daban un aspecto de hombre primitivo. Llevaba un trozo de cuero en la cintura, sobre un pantalón ripiado del cual ya no se sabía el color. En el cuello robusto lucía el colmillo gigante de un animal impreciso. Al cinto un cuchillo, un yesquero de ojo de buey y un zoco de machete. Su negocio eran las pieles. Despellejaba a sus presas y asoleaba el cuero templándolo en el patio con pequeñas estacas y embadurnándolo con ceniza para venderlo en la sabana. Luego salaba la carne, que más tarde intercambiaba con vecinos distantes por cualquier vitualla. Era un hombre solitario y de costumbres simples. Su dieta consistía en un trozo de carne con una astilla de yuca y plátano asado. Como un manjar caprichoso, comía hormigas soasadas sobre una tapa de olla. Para atraparlas frotaba las manos en sus sobacos, luego las metía en la cueva de las “Congas”, cuya picadura ardiente producía fiebre y nauseas, pero aturdidas con su fuerte humor, a él lo recorrían mansamente sin hacerle daño.

Cuando fundaron el pueblo, él ya estaba allí. Era un hombre de pocas palabras, por su falta de uso quizá solía trastocarlas. No obstante, se hizo célebre su narración sobre el enfrentamiento con el tigre que andaba cebado en las riberas del Tibirre.

Ese día, mientras bajaba para abastecerse sintió el crujir de ramas y hojas secas a su espalda. Su piel se erizó y todos sus sentidos se aguzaron. Por el olor supo que el felino estaba cerca. Se paró de repente y el ruido cesó. Avanzó cinco pasos y se detuvo de nuevo. El crujido era cada vez más imperceptible. Siguió despacio hasta la orilla del río en un tira y afloje aventurado, sin sobresaltos, sin prisa. No tuvo que mirar atrás, sabía que era él y a qué distancia venía.

Ese día el tigre lo había seguido hasta el río. De regreso, Pitalúa vio que unas huellas enormes superponían sus pisadas descalzas y disminuyó el paso.

En el pueblo se aprovisionó con sal, petróleo y café; solo eso necesitaba. Aparte del dueño de la tienda, no habló con nadie más.  ― ¿Por qué tanto afán, Pitalúa? ―, le preguntó el tendero. ― Tengo una cita―, contestó, ―la muerte me espera. El tendero sonrió, pensando que discurría. Regresó antes que lo cogiera la tarde, no quería postergar el momento, nada debía interponerse entre los dos.

Pitalúa había cazado pumas, panteras, dantas, jabalíes, tigrillos, cocodrilos, pero algo le faltaba: el tigre, la piel más cotizada en el mercado. Sabía que su fama y su espíritu no estarían completos hasta no tener ese trofeo. Oyó decir que poseerla daba cierto poder, que oculto entre sus manchas estaba el secreto de la vida y de la muerte. Para el tigre, él representaba su presa mayor. Nunca nadie se había atrevido a retarlo con tal desprecio por la vida, con tanto coraje. Hacía mucho tiempo se presentían. Desde que Pitalúa construyó ese rancho en sus dominios le hacía rondas nocturnas para observar su rutina, sus desplazamientos en el monte, el más mínimo de sus movimientos. Si no lo hallaba, recorría su casa por completo, husmeaba su chinchorro, sus trapos viejos y orinaba en sus horcones. 

Pitalúa por su parte estudió sus hábitos. Siguió sus huellas, hurgó los sitios donde dormía, los árboles donde hacía la siesta, y supo que tenían mucho en común: ambos podían patrullar de día o de noche, ambos eran cazadores solitarios, los dos eran capaces de arriesgarlo todo en un instante. Con frecuencia visitaba sus bebederos y auscultaba en su mierda para detectar plumas o trozos de huesos que le dijeran de qué se alimentaba. Le puso varias trampas en la montaña con todos los cebos que sospechaba que a él le gustaban: perdices, paujiles, armadillos, incluso una guartinaja gorda, pero el felino se las ingeniaba para sacar las presas y escapar sin un rasguño dejando la jaula intacta. Una vez lo veló tres noches sobre un árbol en cuyo pie amarró a un puerco, al que aguijoneaba de vez en cuando para que chillara y el tigre pudiera oírlo en la distancia; pero una madrugada el chancho desapareció. Solo encontró el lazo y la impronta de su rastro en el barro.

Ese día el tigre lo había seguido hasta el río. De regreso, Pitalúa vio que unas huellas enormes superponían sus pisadas descalzas y disminuyó el paso. ―Le digo compa, que donde yo ponía la pata, el tigre ponía el pie―, dijo. Ya no sabía quién era quien. Sus huellas casaban perfectas. Se estremeció al pensar en la posibilidad de que quizá el tigre y él fueran uno solo. Analizó el entorno. Podía sentir su presencia en el aire. Apretó con fuerza el machete y caminó con sigilo, sabía que su enemigo andaba cerca. Junto al camino había un lomo de caimán gigante, un árbol de raíces planas en forma de aletas verticales. Él se agachó y observó una vez más las huellas que se internaban en la hierba. Dos guacharacas volaron hacia las copas más altas y desaparecieron devoradas por el follaje. Un silencio filudo se abrió paso en medio del bosque. Hizo un rodeo, sentía los latidos primitivos del tigre, su olor salvaje impregnaba la atmósfera. Darle la vuelta al árbol le tomó algunos segundos, pero le parecieron interminables. Apenas si se atrevía a respirar, no encontraba aire, sabía que en cada paso se jugaba la vida, no podía equivocarse. Se acercó con cautela y se asomó. Ahí, erguido en dos patas, afilando sus garras contra la corteza del árbol estaba el tigre oculto esperando su paso. Se impresionó con su tamaño. Consciente de la ocasión lo sorprendió por la espalda, se le abalanzó con el zoco y le asestó el primer golpe en el lomo. Levemente herido, el animal dio la vuelta, le descargó un zarpazo en el pecho lanzándolo a tres metros y de un salto se le fue encima, destrozándole el hombro izquierdo con sus garras. Cuando se disponía a despedazarle el cuello de un mordisco, Pitalúa, que había esperado ese momento durante años, jugó la última carta: sacó su cuchillo y con pulso firme buscó su corazón. Malherido, el tigre emitió un rugido ensordecedor y emprendió la retirada, internándose en el monte.

Las nubes ocultaron el sol y en medio de la selva la oscuridad se hizo mayor. A paso lento, Pitalúa siguió su rastro de sangre un largo trecho. Subió montañas, se aventuró por precipicios, cada vez más débil cruzó valles y quebradas; pero al final, agobiado por la herida en el hombro, perdió el sentido. Al despertar, la noche lo cubría todo. No supo cuánto tiempo había pasado. Los árboles parecían fantasmas que el viento movía y el canto de las lechuzas y animales nocturnos se multiplicaba contra las ramas en un murmullo perturbador. Un frío recorrió sus huesos. Se sentía observado por ojos de colores encendidos que lo asediaban. A corta distancia, entre la maleza, distinguió los ojos rojos del tigre que como brasas lo atisbaban, velando su sueño. Era el respeto leal del guerrero por el enemigo caído en desgracia. Sin espabilar, se observaron largo rato. Se levantaron al mismo tiempo, caminaron unos pasos, se dieron una última mirada y se marcharon en sentidos opuestos.  (F)

* Segundo lugar en el concurso de cuento corto de El túnel y la Cámara de Comercio de Montería, 2018.

Sobre el autor o autora

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial