Petro y el M-19: se cumplió el sueño revolucionario

 Por GERMÁN AYALA OSORIO

Con la llegada de Gustavo Petro a la presidencia de la República, el sueño revolucionario de la guerrilla del M-19 se cumplió. Uno de sus miembros, más ideólogo que guerrillero en armas, amaneció hoy, 8 de agosto de 2022, convertido en jefe de Estado. Petro llegó después de una lucha armada y de acciones efectistas unas, crueles otras; con el ideario de una guerrilla nacionalista, popular y profundamente crítica de la vieja oligarquía, la misma que se sirvió del levantamiento armado, para consolidar uno de los regímenes más violentos de América Latina.

Desde robar leche en barrios populares para dárselas a los más pobres (la guerrilla Robin Hood), el espectacular robo de la espada de Bolívar, sustraída de un museo; el robo de 5 mil armas del Cantón Norte; la toma de la embajada de República Dominicana en Bogotá durante el gobierno del violador de derechos humanos, Julio César Turbay Ayala; su activa participación en la Asamblea Nacional Constituyente y la popularidad alcanzada, hasta la toma del Palacio de Justicia, el M-19 siempre fue una guerrilla distinta a las demás: en sus métodos, en la formación de sus cuadros, en sus ideales y hasta en la forma de concebir el Estado, la sociedad y el mercado. Eso sí, la toma del Palacio de Justicia fue un gravísimo error político y militar, que desdibujó su lucha y los expuso al escarnio público, más por la respuesta violenta del estamento militar que por las acciones adelantadas dentro del edificio con los rehenes.

Como exguerrillero, Petro dio los primeros pasos que les permitió la ley de perdón y olvido que el Estado les brindó en su momento. Ya dentro de la institucionalidad, varios de ellos llegaron al Estado en los ámbitos regional y local. Otros, mediante volteretas ideológicas terminaron en las toldas del Centro Democrático, un partido que representa las pasiones de una ultraderecha criminal.

El primer paso de Petro fue llegar a la Alcaldía de Bogotá. Sabían él y sus amigos del M-19 que sería el primer escalón en su propósito de conquistar la Casa de Nariño. En su papel de congresista hizo con el discurso, lo que años atrás él y sus compañeros de armas hicieron: confrontar al poder tradicional y a sus exponentes más visibles. Se enfrentó al temido Álvaro Uribe Vélez, un vulgar latifundista, usado por el régimen para medir hasta dónde podían estirar la pita con la que medían sus logros en materia de violación de los derechos humanos. Petro, el exguerrillero, develó el maridaje que desde los años 80, políticos y militares tenían con las fuerzas paramilitares.

Con la posesión de Petro como presidente de la República, el mensaje es claro para el ELN y las disidencias de las extintas Farc-Ep: no vale la pena insistir en una anacrónica guerra, cuando todo está servido para que dentro de la legalidad se alcance el sueño de todo revolucionario: hacerse al poder político.

El Pacto Histórico de Gustavo Petro y las fuerzas que lo acompañan han logrado más que lo que buscaron las Farc y el ELN en 50 años de guerra interna. La misma que solo sirvió para que el régimen se hiciera aún más fuerte y violento. Las cifras que entregan la JEP y el informe de la Comisión de la Verdad son contundentes y permiten colegir que la guerra no es el camino. Ojalá los miembros del Comando Central del ELN entiendan y lean bien el momento histórico que empieza el país a vivir. Para ellos también hay una segunda oportunidad. Esta coyuntura política les debe llevar a reflexionar y a aceptar que no pudieron con las armas tomarse el poder. Están obligados los elenos y los exfarianos a leer con altivez y responsabilidad histórica esta sinigual coyuntura política y cultural.

Las banderas que del M-19 ondearon ayer en Cali y en la Plaza de Bolívar de Bogotá dan fe de que los sueños revolucionarios se pueden alcanzar sin el poder de las armas. Podemos decir, con un sentido democrático amplio y con la convicción de que la guerra no es el camino, que el M-19 hoy tiene a uno de sus íconos al frente del Estado, empuñando la espada del libertador Simón Bolívar, para ampliar la democracia.

Dijo en su momento Carlos Pizarro León-Gómez que “intentar la paz en Colombia es colocarse de frente contra los caminos trillados por el odio y la falta de imaginación”. Insistir en la violencia armada, con el tiempo, anula la imaginación que suele acompañar a los revolucionarios.

@germanayalaosor

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