Periodismo y manipulación, a la orden del día

Por GERMÁN AYALA OSORIO

Existe una fuerte conexión entre el ejercicio periodístico y la democracia. Mientras más concentrada esta la propiedad de los medios masivos en manos de empresarios o banqueros, el modelo democrático más se debilita. Esto obedece a que los controles de la prensa sobre el ejercicio del poder y en particular sobre la corrupción, se tornan selectivos.

Lo que ocurre en Colombia es paradigmático, pues la operación de los medios masivos está atada a intereses de poderosas corporaciones que los usan como instrumentos para la manipulación de la opinión pública.

Infortunadamente, el tema de la concentración privada de las empresas mediáticas no se puso en la mesa de diálogo entre el Estado y las Farc-Ep durante el gobierno de Juan Manuel Santos. Allí se perdió la oportunidad de darle el lugar político que se merece esa negativa circunstancia, que afecta la generación de opinión y que consolidó a los medios masivos como actores políticos, que utilizan la información para el usufructo personal o corporativo de sus poderosos propietarios. 

Por cuenta de los intereses políticos de esos poderosos agentes económicos que operan medios, como El Tiempo (en manos del banquero Luis Carlos Sarmiento Angulo, involucrado en el caso de Odebrecht), Semana (de la familia Gilinski), y la irrupción de los canales privados RCN y Caracol en 1998, se consolidó una opinión pública acrítica.

Sea como fuere, las narrativas alienantes de esos medios hoy se vienen desmontando o sufren un proceso fuerte de erosión en su credibilidad, por cuenta del nacimiento de medios alternativos, sobre un escenario donde la nueva revista Cambio brilla con luz propia y arroja una luz de esperanza en cuanto al regreso del periodismo a su verdadero cauce, el de una vigilancia estricta de los poderes públicos y privados.

Ligado de algún modo a lo anterior, un segundo aspecto positivo es la llegada del primer presidente de izquierda, en un país hasta ahora manejado por la sempiterna derecha. Durante dos décadas, esos medios masivos le cubrieron la espalda a Álvaro Uribe Vélez y su discutido pasado con un fuerte teflón, hoy debilitado.

Lo cierto es que la operación de los medios masivos en manos de poderosos agentes económicos instrumentalizó el ejercicio del periodismo, con un resultado profundamente negativo para el oficio y para la democracia: los periodistas de varios de esos medios se convirtieron en activistas políticos y las estructuras informativas en generadoras de noticias falsas.

Les corresponderá a la academia y a los investigadores certificar que el periodismo emanado de esos medios masivos atraviesa por una fuerte crisis de legitimidad y credibilidad. Sus editores y periodistas están más interesados en salvaguardar los intereses de sus patrones, que en entregar información veraz e imparcial.

El caso del exfiscal Néstor Humberto Martínez Neira, para hablar del más reciente, resulta clave para explicar dicha crisis: el mismo medio publicó una carta que el controvertido NHM envió a la embajada de Estados Unidos y a otras dependencias del gobierno americano, en la que denuncia que es víctima de una conspiración de sus enemigos para enlodarlo por sus silencios frente a la investigación que debió adelantar en el caso de corrupción de Odebrecht.

De otro lado, para probar que El Tiempo cuida muy bien los intereses del propietario, a continuación se presentan dos titulares. Uno del diario del banquero y el otro, del diario El Espectador

“Desplome de puente deja nuevo muertos en vía al Llano”. (El Tiempo)

“Coviandes debe responder por caída de puente: Mintransporte (El Espectador)

Mientras que el diario de los Cano responsabiliza a Coviandes, filial del grupo Aval cuyo propietario es el banquero mencionado, El Tiempo evita cualquier señalamiento.

El “oficio más bello del mundo” terminó afeado por cuenta de quienes compraron medios con un glorioso pasado, como Semana y El Tiempo, para convertirlos en apéndices de sus mezquinos intereses.

@germanayalaosor

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