Magnicidios paralelos

Por CARLOS MAURICIO VEGA

Especial para El Unicornio

En el caso del asesinato político como método electoral, la realidad de lejos supera a la fantasía. Rufianes disfrazados de políticos, en Colombia y en Estados Unidos, reemplazan a los estadistas y alientan teorías conspirativas y odios que sólo parecen tramitables a través de la violencia. Una mirada histórica a su proceder deja en pañales a Claudio y a Macbeth, los magnicidas shakesperianos.

“Do it, England”.  Hamlet, Acto IV, escena III

Los magnicidios son como los tsunamis. Cada tanto sucede uno, entre la marea de muertos olvidados: desde los cotidianos tiroteos de las escuelas gringas, hasta el líder social nuestro de cada día.

“Los demócratas son unos idiotas y están destruyendo América”, tuiteaba Meredith. Su perfil de fanático que paulatinamente se dio alas hasta convertirse en un potencial asesino masivo o en un magnicida.

No lo digo por posar de agorero ni de morboso. El asesinato político tiene una tradición tan siniestra como larga en Estados Unidos y en Colombia.

Desde los tiempos de Bruto ha sido elevado al estatus de estrategia y casi que de arte. Para acallar una idea, por ejemplo. “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”, decía Jorge Eliécer Gaitán, y entonces asesinaron a ese pueblo. O para quitar a alguien del camino hacia el poder: “mátalo, Pablo, mátalo”, fue la frase que dejó para la historia Alberto Santofimio tras su olvidable carrera de orador político. Pretendía convertirse en el primer (pero no último) jefe de un narco Estado.

Ha habido también conspiraciones de magnicidio nunca descifradas pero nacidas al amparo de amplios grupos ideológicos, como las muertes de Martin Luther King o de los hermanos Kennedy en 1963 y 68, enraizadas en el problema del fin del apharteid y en la férrea oposición de los supremacistas a las ideas de integración y equidad. En ocasiones, los móviles de los atentados y asesinatos han sido achacados a la teoría de la demencia o la obsesión solitaria. Así sucedió con Abraham Lincoln, Ronald Reagan, Jorge Eliécer Gaitán, Juan Pablo II o John Lennon. En todo caso, por más demencia y soledad que el magnicida alegue, su acto siempre tiene una raíz cultural: por ejemplo, en los últimos 40 años ha ejercido mucha influencia en ese renglón la inolvidable película “Taxi Driver”, de Martin Scorsese. En ella, el magnicida (protagonizado por Robert de Niro), se obsesiona con una joven prostituta encarnada por Jodie Foster. Veinte años después, Jodie Foster fue acosada en la vida real por un hombre que intentó matar a Ronald Reagan para llamar su atención.

En otro tipo de casos, el fanatismo religioso o las teorías conspirativas han sido aupados por políticos que utilizan la ignorancia de sus seguidores a ciencia y paciencia para desencadenar asesinatos que después se convierten en gambitos a su favor. Entre ellos podríamos citar a dos, separados por 80 años, en la historia de Colombia: los de Rafael Uribe Uribe y Álvaro Gómez Hurtado.

La hegemonía conservadora, ese contubernio entre iglesia y gobierno, llevaba décadas predicando que ser liberal es pecado mortal. Rafael Uribe Uribe, líder liberal como pocos ha habido, se hallaba a punto de alcanzar en las urnas lo que no había logrado por las armas durante la Guerra de los Mil Días. Fue así como dos labriegos ignaros, Galarza y Carvajal, lo destazaron en la esquina del Capitolio el 15 de octubre de 1914, convencidos de estar llevando a cabo un acto de justicia divina contra el ateísmo impío. Uribe Uribe había titulado uno de sus últimos escritos, precisamente, “De cómo se demuestra que ser liberal no es pecado”. Su erudito texto, donde abordaba el tema desde el derecho y la filosofía para desmontar la falacia que se alentaba desde los púlpitos, no le valió de mucho ante las hachas de Galarza y Carvajal, ni ante quienes las movieron desde la trasescena.

Ese asesinato fue también un ejemplo del rumor usado como método terrorista: en varias cartas simpatizantes suyos le avisaron a Uribe Uribe, muy pocos días antes de su atentado, que en Caracas y en Medellín se hablaba de su asesinato como un hecho ya cumplido.

A la luz de estos hechos resulta por lo menos curioso trazar el siguiente paralelo: durante los días posteriores a la invasión del Capitolio norteamericano del 4 de enero de 2020, un trumpista radicalizado, Cleve Meredith, fue detenido en su viaje de Georgia a Washington con un trailer cargado de armas, por manifestar constantemente en redes su intención de “volarle la cabeza de los hombros” a la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi. Su argumento:  Pelosi formaría parte, junto con Hillary Clinton y otros demócratas, de una red de venta de niños para fines pedofílicos, según el mito conspirativo Qanonn, el equivalente moderno de señalar como demonios a los liberales y legitimar la violencia contra ellos. Los tuits y posts de Meredith desafiaban tanto al FBI como a los congresistas demócratas y eran más que un llamado a la violencia, una proclama de desconocimiento al orden establecido, que en últimas es lo mismo que hizo y sigue haciendo Trump. “Los demócratas son unos idiotas y están destruyendo América”, tuiteaba Meredith. Su perfil de fanático que paulatinamente se dio alas hasta convertirse en un potencial asesino masivo o en un magnicida, está descrito en una excelente pieza periodística del New Yorker. Trece personas más con perfiles parecidos fueron detenidas por el FBI luego de los sucesos lamentables del 4 de enero.

La panda de fanáticos que ese mismo día coreó frente al Capitolio de Washington su intención de colgar de un árbol al vicepresidente Mike Pence (un ultracatólico azul de metileno, pero que al lado de Trump luce casi como un liberal progresista), lo tachan de traicionar a su patrón por negarse a revertir los resultados de las elecciones en su calidad constitucional de cabeza del Congreso.

Volviendo a los paralelos históricos, ideas parecidas surgieron hace 25 años cuando desde diversas orillas se intentó juzgar la posición de Álvaro Gómez frente a la crisis del gobierno Samper, poco antes de su asesinato. Se esgrimió el argumento de la traición, en diversos escenarios: traición a la conspiración contra el presidente Samper, traición al mismo Samper, traición al establecimiento… En todo caso, Gómez Hurtado, virulento periodista, exconstituyente, excandidato presidencial, exsecuestrado político del M19, murió a manos de lo que él mismo designó como “el régimen”, es decir, ese establecimiento al que él  pertenecía, y que lo usó como chivo expiatorio y también como gambito, al punto de que hoy organizaciones como las Farc se disputan, frente a señalamientos que apuntan a la propia familia de Gómez, el dudoso honor de haberlo hecho víctima de la Violencia que en su juventud tanto aupó en su condición de hijo del  Monstruo Laureano.

Los asesinatos de Uribe Uribe y de Gómez Hurtado fueron llevados a término. En el caso de Nancy Pelosi, Meredith no alcanzó a llegar a Washington a tiempo para la asonada contra el Capitolio porque se dañaron las luces del trailer donde llevaba las armas y tuvo que detenerse en un taller para no llamar la atención de la policía, pero su comportamiento en redes sociales ya lo había denunciado. Lo arrestaron en un hotel. En el caso de Mike Pence, su oficina del Capitolio fue asaltada y destruida por la turba que gritaba “cuélguenlo”, un minuto después de que el vicepresidente del país más poderoso del mundo huyera de ella, escoltado por algunos guardaespaldas fieles.

En el caso de que el segundo impeachment prospere y Trump sea expulsado de la presidencia a posteriori, no podrá volverse a postular para ningún cargo público. Por ahora, ese escenario no se ha dado, y es poco probable. El hecho de que haya perdido las elecciones no significa que haya dejado de ser la mayor fuerza política del Good Ol’ Party, al punto de que plantea la opción de fundar un tercer partido. Ha escindido la historia de su país y de la democracia en el mundo con su manera rufianesca de hacer política. Atrás quedaron la capacidad intelectual, la cultura y la oratoria preciosa de un Churchill, de un Lleras Camargo, de un Obama: lo que importa es el ejemplo, y Trump deja el mensaje de que la provocación, el matoneo y la grosería son las maneras más rentables de hacer política. Sus lecciones son muy bien aplicadas en Colombia por Cabal, Valencia y por Uribe, en Turquía por Erdogan, en Brasil por Bolsonaro, en Rusia por Putin y me quedo corto en describir la ola de autoritarismos que se extiende por el mundo.

El respaldo tácito a las teorías conspirativas sólo contribuye a que el odio se convierta en la fuerza política por excelencia, por encima de las ideas; y es a la luz del odio y la polarización que se ha producido esa triste lista de magnicidios que cito. Son muchas las teorías que funcionan a la manera del terraplanismo o de la que sostiene que el hombre no fue a la luna. Es increíble que personas educadas e informadas y no simples fanáticos de base sostengan sin pestañear que Juan Manuel Santos pasó años siendo adoctrinado en La Habana cuando en realidad trabajaba con la Organización Internacional del Café en Londres, o que Petro participó en la toma del Palacio cuando en realidad estaba en la cárcel, o que los demócratas son pedófilos satánicos o que todo izquierdista es propagador de un virus destructor de países llamado castrochavismo, cuando lo que destrozó a Venezuela es una dictadura vergonzosa. Imponer esas ideas mediante la amenaza o la violencia no es sino una muestra de la propia incapacidad para analizar o debatir y desde esa debilidad creer que las ideas contrarias se pueden suprimir a plomo. O a insulto limpio, que es una manera de asesinar con palabras.

Se me quedan entre el tintero de paralelos sangrientos los nombres del general Sucre, asesinado en Nariño en 1830 por enemigos de la Gran Colombia; los de los presidentes norteamericanos Abraham Lincoln y James Garfield, asesinados con dos décadas de diferencia y que tenían en común su posición antiesclavista; el atentado al dictador colombiano Rafael Reyes en lo que es hoy la calle 45 con carrera séptima de Bogotá, que precedió por ocho años al asesinato de Rafael Uribe Uribe. O la lista tan triste como interminable de atentados y asesinatos de los años 80 en Colombia: Guillermo Cano y Rodrigo Lara (cuya amistad fue tan bellamente recreada en la novela “Lara” de Nahum Montt), Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro, y por supuesto Galán, entre tantos otros, como el magnicidio colectivo de Palacio, en donde fue asesinada la justicia.

Desconocer las normas de juego y alentar el odio crea las condiciones para que de cualquier costado de la galería surjan balas desatinadas. Ojalá tanto Biden como Pelosi y Pence puedan continuar pacíficamente con sus cargos, sus vidas y sus ideas, al igual que todos los políticos, candidatos y líderes colombianos, y que el clima de incitación, verdades amañadas, mentiras acomodaticias y polarización extrema que se abre paso en Colombia, ceda el paso a la tolerancia. Eso comienza por las palabras: por las redes sociales, que se han convertido en caldo de cultivo del insulto y la condena virtuales. Por desgracia el límite entre la virtualidad y la realidad es cada vez más tenue. Ojalá pues no haya más idus de marzo, ni idus de 2022.

@karmavega22

3 comentarios sobre «Magnicidios paralelos»

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