Los tenis de Irene Vélez

 Por GERMÁN AYALA OSORIO

Días atrás, los términos “mayoras y nadies”, expresados por la vicepresidente Francia Márquez, atormentaron los castos oídos de aquellos que anclados al poder hegemónico de la lengua dominante, lograron naturalizar prácticas como el racismo, la violencia contra las mujeres y la exclusión social y étnica. Ahora, desde sus ojos atorados en los vestigios del colonialismo cultural europeo, brotan lágrimas de sangre al ver a Irene Vélez recibir en tenis a su homóloga española.

Las absurdas reacciones que provocaron la pinta informal de la ministra de Minas y Energía se explican por el eterno y pendejo clasismo con el que hemos asumido las relaciones con los demás, en especial, los protocolos propios del ejercicio del poder político. Aquel que no ande “elegante”, vestido de saco y corbata, no merece respeto alguno o no está a la altura de aquellos que apelan a ese tipo de ropa en muchos casos para ocultar sus mezquindades, el arribismo, sus egos maltrechos, incluso uno que otro delito.

Los críticos de los tenis de Irene son expresión clara del clasismo, el arribismo y la arrogancia de una sociedad que se acostumbró a poner las formas por encima de los asuntos de fondo.

Muchos delincuentes en este país y en el mundo se perfuman, compran sacos y corbatas carísimas, o mandan a tejer en las camisas las iniciales de su nombre. Buscan con ello ser únicos y sobresalir en medio de sus vacíos afectivos. Una oda al egocentrismo, de muchos machitos y féminas vanidosas que tienen un enorme rabo de paja. Justamente sus admiradores, patrocinadores y áulicos suelen salir de los grupos sociales que hoy atacan a la ministra Vélez por “atreverse” a recibir a una política europea, para más señas española.

Acostumbrados a discriminar por la apariencia de los demás, en particular a quienes son o ven como subalternos suyos, los críticos de los tenis de la ministra Vélez son la expresión clara del clasismo, el arribismo y la arrogancia de una sociedad que se acostumbró a poner las formas por encima de los asuntos de fondo. De ahí que aparentar sea el verbo más practicado por todos y todas aquellas que suelen defender a dentelladas secas una forma de vestir que deviene con una enorme carga de exclusión, también como una forma de dominación hacia la mujer. Hablo en particular del uso de los tacones.

En mi caso, uso tenis por comodidad. Dicen que los crocs son más cómodos. Es posible. Pero ese tipo de calzado me genera terror.  Este mini escándalo mediático bien podría servir para escribir una novela. Por lo menos, el título atrae: Los tenis de Irene Vélez.

@germanayalaosor

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