Los riesgos de la renovación política y la “paz total”

 Por GERMÁN AYALA OSORIO

Las consignas y promesas de campaña operan bajo la misma lógica de la publicidad: vender un producto. Al final, lo prometido en campaña puede terminar acercándose a lo que se conoce como publicidad política engañosa. Y hay que decirlo sin ambages: la política en ocasiones luce falaz o engañosa, porque detrás de ella actúan seres humanos que solo buscan satisfacer su hambre de poder o alimentar sus egos.

El Pacto Histórico alcanzó la victoria electoral y política gracias a la desastrosa administración de Iván Duque Márquez, al agotamiento que millones de colombianos sentían frente al uribismo y en particular a la raída imagen de su líder, Álvaro Uribe Vélez. Pero también hay que decir que ese triunfo se dio en virtud también a lo que se prometió en campaña: el Cambio y la Paz Total.

Ambas consignas tienen el grave problema de que son totalizantes, lo cual deja sin margen de error a quienes asumirán la responsabilidad, desde el nuevo gobierno, de alcanzar la Paz Total y el Cambio. Por lo visto, hasta el momento en el modo como se están entregando presidencias en las comisiones al interior del legislativo, el cambio quedará aplazado, ya no cuatro años más, sino por la eternidad. O al menos hasta que se dé un verdadero cambio cultural.

El aplazamiento del cambio en las maneras de hacer política y establecer las reglas de juego dentro del Congreso, se explica por el comportamiento egocéntrico de algunos miembros de la mega coalición de gobierno, convertidos hoy en nuevos ‘Manguitos’. Es el caso por ejemplo del exactor de farándula Agmeth Escaf, recién elegido representante a la Cámara, quien pasó por encima de la Colombia Humana y el Pacto Histórico para quedarse con la presidencia de la Comisión VII, mediante acuerdos por debajo de mesa con miembros de los partidos Conservador, Liberal, Cambio Radical y Centro Democrático. Así, logró usurparle ese lugar a quien de verdad lo merecía, María Fernanda Carrascal, copartidaria suya.

Así las cosas, la reproducción negativa de la imagen de ‘Manguito’ dentro del Pacto Histórico desdibuja el proyecto de cambio y aporta al lento proceso de desencanto social frente al Congreso, que bien puede extenderse al nuevo gobierno cuando las reformas prometidas naufraguen en el legislativo, por cuenta de las componendas y los intereses particulares de los nuevos Manguitos y Anatolios. 

Las desavenencias y disputas de poder entre miembros del Pacto Histórico son la expresión de los riesgos que conllevan las listas cerradas, en las que suelen colarse verdaderos “paquetes chilenos”. Es un hecho irrefutable que muchos de los que se hicieron elegir bajo esa coalición no están verdaderamente convencidos de la necesidad del cambio, pues en el pasado aprobaron, desde diversas instancias, proyectos de ley o prácticas propias del uribismo. Otros llegaron por «famosos» o porque alguien creyó que podrían defender los intereses de la comunidad afro, por ejemplo.

En torno a la idea también maximalista de la paz, también se debe decir que esta puede resultar engañosa, debido a la complejidad de los problemas que agobian al país y al histórico desinterés de un sector de las élites por superarlos. Doy dos ejemplos: el narcotráfico y el tráfico de armas. El primero tiene un carácter geopolítico, que hunde sus raíces en las relaciones Norte-Sur, donde actúan desde banqueros y empresas relacionadas con los precursores químicos, hasta los que dan vida a la práctica del microtráfico.

Respecto al tráfico de armas, en este participan agentes estatales que conocen muy bien del negocio y están comprometidos su uso ilegal. Esto impide que prosperen las propuestas de sometimiento del nuevo gobierno, debido a que los dos negocios citados y sus agentes trabajan de la mano, además de que cuentan con el respaldo político de poderosos actores económicos, sociales y políticos que saben moverse entre lo legal y lo ilegal.

En lo referente a darles continuidad a los diálogos con el ELN o sentar a conversar a las disidencias de las Farc, depende no solo de la madurez política de los comandantes del Comando Central (COCE) y de la lectura que hagan del momento histórico por el que atraviesa el país desde que se logró poner fin al conflicto armado con las entonces Farc-Ep. Dudo mucho que la dirigencia del ELN esté en capacidad de asumir el compromiso de negociar la agenda ya establecida. Sus mesiánicas convicciones impidieron en el pasado acordar ceses al fuego y por supuesto, negociar para lograr la reincorporación de los guerrilleros a la vida social, económica y política del país. Se suma a lo anterior que la dirigencia del ELN tiene una idea maximalista de los cambios que se deben dar para lograr su desmovilización y desarme.

Así las cosas, lo mejor es que como ciudadanos dejemos de magnificar las expectativas en torno al Cambio y la Paz Total, pues las buenas intenciones del nuevo presidente chocarán, inevitablemente, con el ethos mafioso que la sociedad de tiempo atrás hemos validado.

@germanayalaosor

* Imagen de portada, tomada de Semana.com

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