Lo que va de Salomón Kalmanovitz a Vicky Dávila

Por CARLOS MAURICIO VEGA

No tiene presentación que un brillante hombre de izquierda agudo y profundo como el profesor Salomón Kalmanovitz tergiverse las ideas de Gustavo Petro y nos invite al abismo del voto en blanco. Entre tanto, empresarios prácticos como los Gilinski envían a sus perros de presa a buscar algún puente con quien parece ser el futuro presidente: Semana lo trata por primera vez con el respeto que merece un estadista.

A Kalmanovitz se le conocía como “el último marxista”, eterno contrapeso de la balanza económica frente a trogloditas como Alberto Carrasquilla o Rudolf Hommes. Pero hoy cae en la trampa de descalificar a Petro por una especie de rechazo visceral que supera lo técnico para pasar a lo personal. En su última columna de El Espectador, ridiculiza la bandera de Petro respecto a que somos una potencia mundial para la vida. Y lo hace citando contundentes estadísticas sobre el siniestro liderazgo internacional que ejercemos en el renglón de las muertes violentas y la disminución de la esperanza de vida a causa de nuestro inoperante sistema de salud. Dice además que al contrario de lo que promociona el lema de Petro, no encuentra la solución en su programa de gobierno.

Pero el lema de Petro se refiere a un potencial de vida y no de muerte: habla del banco genético de nuestros bosques tropicales, de nuestra capacidad de generar agua y de la necesidad de proteger ambientalmente, para el resto de la humanidad, la esquina más privilegiada del planeta. No pretende esconderse del problema de la violencia. Petro propone otra cosa, una política para detener los asesinatos políticos y a la vez apoyar la productividad del campesinado: es decir, invertir el modelo vigente, que consiste en expulsar al campesinado hacia las ciudades y convertir el campo en una gran agroindustria monopólica: el país concebido como una ubérrima finca.

Estamos de acuerdo en que Petro ha demostrado ser mejor polemista que administrador, y en que no tiene mucha muñeca política para negociar los privilegios que quiere quitarles a los ricos. También es cierto que dice cosas que no deberían caber en la cabeza a nadie, como detener la extracción petrolera para “salvar el mundo”, según cita burlonamente el profesor Kalmanovitz.  Saca su casta de tecnócrata y describe la catástrofe deficitaria que se derivaría de suspender exportaciones de crudo. Pero Petro tiene razón en el mediano plazo: si no se alcanza un acuerdo mundial para detener el consumo de plástico y la quema de combustible fósil, la especie humana no será viable. Sólo que los líderes como Petro deberían encontrar un camino mejor para ello que hacerlo a punta de ucases, que eran los decretos de los zares. Para evitar eso esperemos que le lleguen a Petro fuerzas moderadoras, en forma de coaliciones como las de los tibios que se le van adhiriendo ahora como los peces piloto cuando dejan la estela de un barco ballenero para seguir a otro.

En una columna anterior, Kalmanovitz había acusado a Petro de capar clases cuando en la facultad de Economía del Externado enseñaron qué es la devaluación. En esta, lo acusa de feminista de nuevo cuño y gaseoso demagogo. Para respaldarse, Kalmanovitz cita los programas aún más gaseosos del también profesor Sergio Fajardo y al final se pone la camiseta del voto en blanco, en caso de que lleguemos a segunda vuelta: morir de pie antes que votar por Petro. La misma actitud irresponsable que hace cuatro años sostuvieron Robledo y la izquierda más sectaria, y que dirimió el empate técnico entre electoral en favor de Duque, con los altos costos que ya conocemos.

Sin embargo, ni todos los muertos de estos cuatro años, ni la indolencia de un presidente incompetente ni el cinismo de su titiritero pasaron en vano. El señor Gutiérrez cae a plomo en las encuestas a medida que se aproxima el día decisivo, mientras que los partidarios que le quedan a la derecha a ultranza prefieren aventurarse con el autoritarismo de Rodolfo Hernández. El histórico Mayo de 2021, el movimiento de protesta social más grande desde el ya olvidado 14 de septiembre de 1977 le está pasando su factura al desvaído Centro Democrático y opciones intermedias. Hay un nuevo voto joven al que no lo afectan las difamaciones ni las raíces guerrilleras de Petro, y le va a cobrar en las urnas a un negligente Duque los ojos ciegos y los muertos que dejó el manejo cínico del paro, con sus balas legales de goma y sus balas ilegales arropadas en la ideología de los ‘camisas blancas’. Duque no fue sino una pobre reedición en rústica de su admirado antecesor Turbay Ayala.

Ante el pánico antipetrista, devenido en petrofobia, los verdaderos dueños del país asumen actitudes más prácticas. Más allá de los gestos caricaturescos de grabar a sus caddies de golf gritando vivas a Federico Gutiérrez (¿tenían otra opción frente al patrón?) o prohibir a sus empleados el voto por Petro (¡qué ignorancia del fundamento del país donde hicieron su fortuna!), los empresarios preparan alianzas con quienes la ciencia estadística señala como futuros ocupantes del solio de Bolívar. Algunos descalifican a Francia Márquez sobre la base de un supremacismo racial trasnochado donde los mestizos, desde hace 200 años, desprecian a los negros y se creen blancos. Otros, como Jean Claude Bessudo, invitan a cenar a Petro para ver cómo proteger sus pingües inversiones en los parques nacionales, que Uribe trató como fincas poco rentables pero que Petro enfocará como la verdadera riqueza de ese país que es potencia mundial de vida. Y otros más prácticos, como los Gilinski, envían a Vicky Dávila, su perro de presa, tinturada de oveja a que le haga a Petro una sorprendente entrevista en donde por primera vez lo trata con respeto y le concede talla de estadista, cuando en el pasado ese zombie que es la revista Semana lo difamó e insultó sin piedad.

Petro podrá tener sus sombras (¿megalómano, intolerante, soberbio?), o actuar a lo James Rodríguez como si él mismo fuera su peor enemigo, pero a ambos les cabe el país y el balón en la cabeza. A James le dieron la oportunidad de liderar equipos como el Madrid y el Bayern y no alcanzó ni con el Everton, porque el ego le pudo. Por eso terminó en el exilio del fútbol árabe. Esperemos que a Petro no le pase lo mismo.

Para ello sería bueno que tecnócratas brillantes como Kalmanovitz se sienten en la banca del nuevo equipo que salta a la cancha, para ayudar a moderar al nuevo 10, de manera que no haga barbaridades como encender la imprenta de billetes y acabar de desestructurar la junta del Banco de la República, ya bastante afectada con la vieja táctica uribista de carcomer desde adentro instituciones y poderes que deberían ser independientes ubicando en ellas a sus fichas de bolsillo.

@karmavega22

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