EXCLUSIVO – El legado político de Serpa sobre Uribe: “Venció, pero no convenció”

El Unicornio publica en exclusiva el capítulo 25 de El país que viví, libro póstumo del patriarca liberal Horacio Serpa, editado por Planeta. Sorprende que pese a haber sido escrito con motivo de su segunda derrota presidencial frente a Álvaro Uribe Vélez, las palabras que empleó para referirse al expresidente y exsenador, hoy sujeto sub judice, siguen teniendo plena vigencia.

“Pasé los últimos veinte años inmerso en los debates democráticos por la Presidencia de la República. Desde Virgilio Barco hasta las elecciones presidenciales de mayo de 2006 siempre

estuve en las primeras líneas de la lucha, en nombre del Partido Liberal y a favor de su candidato; las últimas tres veces agitando mi propia candidatura. Antes de la campaña electoral de Barco

trabajé en la escala regional desde mi tierra santandereana en las dos campañas de Alfonso López Michelsen y en la de Julio César Turbay Ayala. Ganamos y perdimos.

Lo recuerdo para recoger la frase con la que la noche de las últimas elecciones reconocí el triunfo de Uribe y manifesté mi escepticismo por la forma como lo logró: “Venció, pero no convenció”. Cuando decidí incluirla en mis palabras esa noche en la que reconocí otra derrota, sabía que esa afirmación produciría un rechazo grande dada la magnitud de la victoria electoral del presidente reelegido. No obstante, creí necesario dejar constancia de la manera como el mandatario alcanzó el triunfo.

La contundencia de la mayoría no podía, ni puede, ocultar la falta de transparencia del resultado. Formalmente podrá decirse que se cumplieron los requisitos legales, pero los medios utilizados para alcanzarla dejaron una estela de manipulaciones, constricciones y abusos de poder. No hubo fair play, pues se jugó con cartas marcadas muchas veces, y el debate transcurrió sin garantías, sin equilibrios, en medio de actos antidemocráticos, con frecuencia rayanos en la ilegalidad y el delito. Nunca en mi vida política había visto tanta desvergüenza en el mal uso del poder público, tanta desatención cívica sobre la manera como se cumplía el proceso electoral, tanta impunidad. Se podrá argüir que fue una situación consentida por los diferentes actores de la política, especialmente los de la oposición, entre ellos el Partido Liberal y su candidato. A ello respondo: ¡consentida, no! Sufrida y soportada con algunos niveles de resignación, como lo expliqué en el capítulo correspondiente.

A lo largo de la campaña fui dejando expresa constancia de tantos excesos, atropellos e ilegalidades.

Todo este tiempo transcurrido desde mayo de 2006 he estado pensando en hechos pasados, en acontecimientos recientes, en lo que está pasando ahora, y me he dedicado a examinar situaciones, a atar cabos, a juntar hechos y actitudes que considerados aisladamente ninguna sospecha despiertan.

Con toda franqueza y responsabilidad digo que ya no tengo elementos de juicio para defender la inocencia de Uribe. Tampoco creo que su manera de reunir delincuentes, políticos corruptos o desleales, alcaldes y gobernadores sin carácter ni ideología, asesores inescrupulosos en misiones de enriquecimiento ilícito y correveidiles de oficio, con empresarios ricos y medios de comunicación sin mayores requerimientos éticos, haya sido simplemente una habilidosa manifestación de genialidad electoral. Como dijo apropiadamente la senadora Piedad Córdoba: “Todos los caminos conducen a Uribe”.

Pienso, cada vez con mayor firmeza, en la teoría del proyecto político con características autoritarias y mafiosas, planeado hasta 2018 (lo de esa fecha como límite para entregar el Gobierno se lo oí directamente a Uribe, por radio, en octubre de 2006), para lograr un país sin disentimientos, con una paz impuesta a la fuerza, con severas limitaciones a los derechos fundamentales de los ciudadanos, en el que la justicia social solo sea una vana aspiración de los irredentos, la prosperidad se mida por las ganancias de los poderosos, la equidad se identifique con el estándar de vida de los estratos altos, y el respeto internacional se logre a gritos, con arrogancia, bajo la tutela única e incondicional de Estados Unidos.

«Uribe es responsable políticamente de haberle mentido al país, de malversar en actos de politiquería el enorme poder que tuvo, de festinar la inmensa oportunidad que antes nadie tuvo de transformar a Colombia».

Un proyecto político del cual Uribe fue comprometido como instrumento realizador, encargo que cumplió a satisfacción. Es un proyecto político victorioso, porque llegó al poder y pretende quedarse directamente con Uribe, “insustituible” como es, o en el peor de los casos si las circunstancias variables de la política no lo permiten, mediante un sucesor que el propio Uribe se encargará de señalar.

Mis observaciones, expuestas en la tranquilidad de la madurez intelectual, sin odios ni ambiciones, en la reserva política, pero con la responsabilidad que me impone mi condición de orientador público y de militante insobornable de la democracia con compromiso social, no pretenden desconocer las condiciones políticas ni las calidades intelectuales de Uribe. Sé muy bien de su inteligencia y sagacidad, condiciones requeridas para ejercer un buen mandato. Pero para lograrlo de verdad se requiere, además, obrar con ética, planificar el accionar oficial, sin soberbia, con sentido de la equidad. Tampoco pretendo desconocer los éxitos de Uribe en su gobierno. Un buen número habrá alcanzado. Claro que diferentes personas se han beneficiado, así hayan sido los que menos necesitan. Pero los fundamentales, los logros del gran compromiso con el país no han llegado. No van a llegar.

Uribe es responsable de muchas faltas, política y administrativamente. Penal y fiscalmente lo dirán las autoridades, si se atreven, como les corresponde averiguar a fondo los comportamientos gubernamentales y deducir en qué medida el presidente fue connivente o tiene algún grado de culpabilidad con las numerosas irregularidades y faltas de todo orden que se cometieron en su gobierno. Pero en este aspecto de lo penal no debo adelantar conceptos. Mi buena fe me lleva a creer que la Cámara de Representantes, mayoritariamente uribista, se va a librar voluntariamente de la coyunda, y sus miembros, mientras no los metan a la cárcel –como ladinamente dijo el presidente– cumplirán el deber que les exige la ley: examinar imparcialmente, como jueces, si Uribe ha sido indigno de ejercer la Presidencia de la República y si su conducta merece ser examinada y juzgada penalmente por la Corte Suprema de Justicia.

Personalmente creo que Uribe es responsable políticamente de haberle mentido al país, de malversar en actos de politiquería el enorme poder que ha tenido, de festinar la inmensa oportunidad que antes nadie tuvo de transformar a Colombia, de superar la pobreza de su pueblo y de lograr la convivencia interna que tanta falta nos hace. Uribe es responsable, cuando menos políticamente, de haber aceptado el apoyo electoral de los paramilitares en 2002 y 2006, brindado a sangre y fuego.

Uribe es responsable políticamente de haberse aliado con lo más corrupto de la clase política para acrecer su poder electoral y lograr mayorías sumisas en el Congreso de la República.

También Uribe es responsable de haber omitido diligencias y órdenes de control y vigilancia, que permitieron la prosperidad de la corrupción y el pillaje.

Uribe es responsable de haber abandonado a los colombianos secuestrados por las Farc, en cambio de procurar un acuerdo humanitario que los devolviera a la libertad.

Uribe es responsable políticamente de haber olvidado al pueblo pobre y a la clase media de Colombia para entregarse en manos de los poderosos. También es responsable de haber afectado la institucionalidad y de propiciar el desprestigio y la corrupción al interior de las Fuerzas Armadas.

Uribe es responsable políticamente de haberle creado a Colombia y a los colombianos una pésima imagen en el exterior, especialmente en los países colindantes, donde ya no se nos tiene respeto ni la amistad de otras épocas.

En especial, Uribe es responsable políticamente de haber dividido al país, de haber generado desconfianzas y temores, de incrementar el rencor, de generar prevenciones y desesperanzas donde antes hubo anhelos y optimismo.

No soy juez, ni fiscal, ni congresista. No cuento con instrumentos para investigar, ni autoridad para sancionar. Ni siquiera los más importantes medios de comunicación les dan espacios a mis denuncias. Pero soy un profesional de la política y un ciudadano correcto que para terminar estos recuerdos y reflexiones sobre el país, considero un deber volver a decirles a los colombianos por qué “Uribe venció, pero no convenció”.

@HoracioSerpa

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