La falsa quietud del río

Por FREDDY SÁNCHEZ CABALLERO

Tal vez cuando lo mataron ya estuviera muerto. Ese medio día su mamá lo vio llegar como una visión esquiva, una aparición, una corazonada, y sin decirle nada, él le dio un desafectado abrazo, vacío y frío, antes de echarse a dormir treinta horas continuas. Ella supo que huía de algo o alguien desde que advirtió su mirada atormentada y su expresión sombría. Era el fantasma de lo que una vez fue su hijo.

El muerto era un predador solitario, un ave nocturna que se desplazaba con sigilo en la oscuridad de ciudades y pueblos, en calles y recovecos, llevando a cabo ajusticiamientos encubiertos que convenientemente la voz oficial atribuía a la delincuencia común o a un grupo armado. Entrenado para ejecutar órdenes y sin otro ideal que no fuera el abstracto amor patrio y el honor, erró como alma en pena sin echar raíces en ninguna parte, dejando a su paso un rastro anónimo de muerte y dolor, de sangre y llanto.

Su asesino era un muchacho de pueblo encerrado en un mundo pequeño, huidizo, endurecido. Nunca fue más allá de una jornada en champa del sitio donde nació. Todo lo que precisaba se hallaba a su alrededor: el racimo de plátanos, de chontaduro, el pescado. No pudo encontrar las palabras para explicar lo sucedido, quizá no las sabía, apenas si aprendió a leer. Los maestros, instalados en la cabecera municipal, iban en bote cuando no llovía, y llovía todo el tiempo. Casi dos días después del infortunio aún parecía embarbascado y fue necesario atarlo de pies y manos a un canalete para someterlo. Inicialmente cuatro agentes fueron por él, pero incapaces de hacerlo mover del alambique donde se atrincheró con su machete, tuvieron que pedir refuerzos. En esa misma travesía trajeron al muerto. El hedor era apenas soportable. Tendido boca abajo en el plan del bote, su espalda se veía como un bocachico tasajeado a machetazos.

Aunque nadie quería que lo mataran, todos en el pueblo estaban ávidos de un poco de acción: las fiestas ya no eran como antes. Cuadro del autor

Todo transcurrió en un estancado caserío del río Buey. Un sitio remoto, desolado. El soldado llegó allí en busca de sosiego, o como algunos dijeron, recogiendo sus pasos. Hacía más de siete años no venía a su pueblo y encontró que por algún motivo estaban en fiestas. Daba igual, ya nada parecía importarle. Esa tarde, al despertar bajo el zumbido de las moscas fue al río, se dio un baño extendido capaz de redimir sus culpas, y como un ánima atravesó la calle en que escandalosamente jugaban niños y perros que pasaban junto a él, o a través de él sin detenerse. Nadie lo saludó en el trayecto; pocos en el pueblo lo reconocieron. Impresionadas con su porte y la desinhibida ostentación de sus músculos, las mujeres seguían cada una de sus pisadas con celo. Entrada la noche apareció en la cantina del pueblo, vestido con una camiseta negra, pantalón y boina de uso militar. Se sentó en la barra y pidió una cerveza.  

Desde el fondo, el asesino y su novia lo vieron entrar con paso decidido. Observaron el sobrevuelo de las moscas y cuando limpió el pico de la botella con la parte interna de su boina, la llevó a su boca con desmesura y saboreó un buche lentamente. Avistaron sus bíceps, su porte de guerrero. Vieron cuando giró su cuello de toro para inspeccionar el local en una rutina aprendida. El asesino y su novia se miraron, y descubrieron avergonzados que ambos estaban viendo lo mismo. No volvieron a decirse nada. Él tomó varios tragos a prisa y ella, sin poder evitarlo, siguió lanzando miradas furtivas al soldado cuyo rostro creyó conocer. Un risueño grupo de amigas se apiló a conversar en la entrada, ella se encaminó a saludarlas. Supo de inmediato que todas estaban allí impulsadas por esa fuerte atracción animal. Hablaron unos instantes y como arrastradas por un embrujo maligno fueron directo a donde estaba el militar que sin interés las saludó una por una. El lugar se llenó de una fragancia perturbadora; una extraña mezcla de humores, flor de amor, heliotropo y sexo. La suerte estaba echada. Ante su indiferencia las muchachas se apartaron. Cuando ella volvió a su mesa recibió una cachetada artera, sonora, despiadada. Las moscas se espantaron, pero nadie en el salón dijo nada.  El soldado miró de reojo, ponderó la situación y se tomó un trago. Sin quitarle la vista de encima, el asesino se levantó y se marchó. Las amigas que presenciaron la escena desde la puerta, corrieron hasta su mesa para averiguar lo sucedido, pero ella tampoco tenía respuestas. Minutos más tarde, el novio regresó arrastrando una pierna todavía con el rostro desencajado, tomó a su novia del brazo y la sacó a bailar. Con gestos bruscos trató de besarla, pero ella apartó su rostro con desgano. Fastidiado él le propinó un par de cachetadas más. Igual que antes nadie se inmutó. Con angustia ella miró al soldado que permanecía inexpresivo, esa sola mirada sería suficiente. Empujada con fuerza la muchacha cayó en sus brazos y este apenas si pudo reaccionar cuando vio el machete agitándose en el aire. Por instinto, el militar se llevó la mano a la cintura, pero no encontró su arma, lejos estaba de imaginar que en su pueblo pudiera necesitarla. Con una reacción felina saltó tras el mostrador justo a tiempo para evitar el planazo. El agresor arremetió de nuevo, sin otra ruta de escape el soldado se arrojó por la ventana y cayó al río. El gentío se amontonó blandiendo machetes y arpones que sacaron nadie sabe de dónde. Temeroso el soldado se metió bajo el tambo del local por el que corría aproximadamente medio metro de agua. Desde abajo pudo ver cuando los machetes eran introducidos por las rendijas del piso de tablas tratando de alcanzarlo. Entonces se escabulló hacia la casa vecina, donde fue detectado por la turba que ya era conformaba por, al menos, la mitad del pueblo. Acorralado, el fugitivo se encaramó al tanque de aguas lluvias, instalado sobre unos postes de guayacán a unos seis metros de altura sobre el techo. Abajo los perseguidores le gritaban todo tipo de insultos, desde cobarde quita mujeres, hasta badulaque metido a gente, malacostumbrado a cagarse en la trocha. Él sabía que para morir no hacían falta pretextos ni motivos, tampoco le servirían las súplicas. Muchas veces mereció ser condenado por sus crímenes y nadie lo juzgó, paradójicamente ahora todos lo señalaban. Echó un vistazo a la muchedumbre en busca de un rostro conocido, pero no encontró ninguno, y era tarde para hacer amigos. El panorama no podía ser más desalentador; la noche se hizo más oscura y la amenaza recurrente de un aguacero era latente.

Los hombres volvieron a la cantina para seguir en lo suyo. Pero salían con gran tropel cuando oían a los muchachos gritar que el soldado trataba de bajarse. Aunque nadie quería que lo mataran, todos en el pueblo estaban ávidos de un poco de acción: las fiestas ya no eran como antes cuando las chirimías tocaban hasta el amanecer y los cuenteros llenaban de historias y fantasías el pueblo.  El licor era abundante y la excitación permanecía. Sentado en la mesa de siempre, con las piernas extendidas, el asesino recibía palmaditas en la espalda y tragos de biche a tutiplén. Las mujeres desaparecieron. Aquello era cosa de hombres. Después de un rato sin que nada ocurriera, alguien trajo un hacha y se dieron a la tarea de cortar los cuatro horcones de guayacán que sostenían el tanque. Era un asunto de pundonor. Las risas y gritos de la gente aupaban a los hombres que frecuentemente eran obsequiados con buches de cualquier licor. Arriba, acurrucado contra el tanque, el fugitivo era un solo temblor. Tal vez ahora experimentara lo que sentían sus víctimas en ese último y definitivo instante.  Los hacheros cortaron un poste y arremetieron contra otro. La estructura comenzó a tambalear. De un salto, el militar se arrojó al techo de la casa, atravesó las tejas de zinc podridas y cayó en la cocina. La multitud se tendió tras él, alborotada. El soldado corrió por el patio trasero de la vivienda, alcanzó el río, se lanzó al agua y comenzó a nadar con desespero. Desde la orilla la multitud le arrojaba todo tipo de improperios, piedras, arpones, palos. La música no se detuvo, las risas, los gritos, los ladridos.

La oscuridad era total, truenos descomunales estallaban contra los árboles como un redoble de tambores, y en el follaje la luz de los relámpagos se rompía. Cuando se pensó que todo había terminado, unos setenta metros arriba vieron salir una champa que alguien impulsaba con furor hacia el soldado, cuyos chapuzones apenas se adivinaban ya en mitad del río. La canoa se comenzó a acercar inevitablemente, era una persecución desconsiderada. Instantes después ya el soldado no se veía, ni la champa, ni el remero, solo los destellos del machete que los relámpagos encendían como astillas de luz, clavándose una y otra vez sobre la falsa quietud del río. (F)

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