La estética en Colombia decide el voto

Por PUNO ARDILA

—Les cuento que vengo de una cita con el odontólogo —comencé a narrar mi anécdota frente a todos, como motivo para reírnos de tanta tensión en nuestro país—; y mientras me acostaba en su silla, el hombre me preguntó por quién votaría en las elecciones de mayo. Yo aproveché para soltarle un corto pero sustancioso discurso sobre mi decisión democrática, y, de paso —mientras me vestía con el atuendo de bata y gorro, que obliga ahora en estos lugares, por razones de la asepsia—, le solté un par de propuestas que los dos candidatos, a Presidencia y a Vicepresidencia, podrían muy seguramente echar a andar en caso de resultar elegidos. El hombre, con una sonrisa sospechosa, no contestó más que «pues yo voy con aquellos otros», y enseguida ordenó «abra», para que le acomodara la bocaza en la que él trabaja mientras puede hablar y opinar sin que uno tenga oportunidad alguna de revirar ni contradecir. «Qué bruto soy —le dije mientras me resignaba a mi suerte—; ahora que lo veo con esa fresa silbándole en la mano, comprendo que, en vez de decir lo que dije, debí haberle preguntado primero por quién le sirve que vote, y cuando me suelte del tormento, ahí sí le contesto de verdad».

Mientras todos reían por la anécdota, Osquítar me clavó su mirada, y en ella se asomaba una sombría conjunción de sensaciones que pugnaban por salir; tal vez todos los sentimientos que puede contener la ira: indignación, enojo, deseo de venganza, saña y encono. Me miró con sus ojos profundos y oscuros hasta que las carcajadas cesaron y entonces escupió lo que ya decía con su rostro:

—¡No puedo creer que vaya usted a votar por esa gente!

—¿Por qué? —dijo en seguida el ilustre profesor Gregorio Montebell—. Precisamente, a eso se refiere este derecho.

—Pero, cómo es que va a votar por esas personas tan… tan…

—¿Distintas?, ¿pobres?, ¿ricas?, ¿blancas?, ¿negras?…

—Tan feas —concluyó Osquítar.

—No se alarmen —dijo Montebell para sosegarnos—; lo que expresa Osquítar resume el fundamento político del pueblo colombiano en nuestra débil democracia. Por un lado, además de la evidente segregación social, la clase política no deja de mostrar su desdén por quienes tendrían en realidad más derechos de vivir en este suelo. Recuerdo al expresidente Misael Pastrana Borrero, que frente a las cámaras no solo despreció a los indígenas presentes en la Asamblea Nacional Constituyente, sino que amenazó con que renunciaría si tenía que verse obligado a trabajar al lado de esa chusma. Pero el pueblo les sigue el juego también, porque recuerdo también a una chica muy simpática, que trabajaba con unos amigos (“la bella Diana”), que, ilusionada con Andrés Felipe Arias, todos los días le sacaba brillo a la cédula, esperando el día de la consulta por su partido; cuando se le preguntaba por qué estaba tan segura de votar por él, ella suspiraba, y contestaba: «Es que él es tan lindo…».

@PunoArdila

(Ampliado de Vanguardia)

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