¿Es posible votar sin odio?

Por CARLOS MAURICIO VEGA

Gane quien gane, con o sin fraude, medio país se levantará el lunes con una tusa insoportable: con una sensación de derrota moral y de desesperanza absoluta.

Ya lo vimos en el plebiscito: medio país no quería el acuerdo de paz y el otro medio sí lo quería; medio país no perdona ni amnistía a los ex guerrilleros en el fondo de su corazón, y el otro medio los respeta; medio país acepta la participación de excombatientes en política y el otro medio la descalifica sin posibilidad de acuerdo y por encima de la ley. Amén de otras profundas grietas sociopolíticas y de manejo económico que no quiero tocar aquí hoy.

En la raíz de todo esto hay una razón muy profunda y antigua que señalaba Francisco de Roux en una reflexión no exenta de amargura: “Este país está lleno de odio, y mientras ese odio no se cure, no habrá camino”.

Hay un odio inveterado que se transmitió de generación en generación y que arranca en la Guerra de los Supremos en 1840. No se ha detenido desde entonces. Sólo en el siglo XIX cuento seis grandes conflictos armados, incluyendo la guerra de guerrillas de los Mochuelos en 1875 y la de los Mil Días que consolidó la Hegemonía conservadora. Deben de ser 32, como dice García Márquez. Porque la historia no es como pasó sino como la cuenta él, y lo digo muy en serio: es la literatura la que cuenta la verdad. Aunque él en realidad habla de 32 levantamientos armados y no guerras: debieron ser muchos más, esos sólo corresponden al coronel Buendía, ese summum de las decenas de militares políticos que hubo en el siglo XIX y que se resumen en el sacrificado general y candidato Rafael Uribe Uribe.

Pero me desvío. Hablaba del odio como factor de división. Ese odio inveterado se transmitió hasta los años 90s de golpe en golpe, de Estado de Sitio en Estado de Sitio (Hernández no es el primero en anunciar el comienzo de un gobierno bajo esa figura; ya lo había hecho el general Rojas en 1953), y de proceso de paz fracasado en proceso de paz fracasado, incluído este, que no acatan o no quieren o no respetan un sinnúmero de ciudadanos a pesar de su legitimidad institucional como política de Estado. El mismo Estado desconoce esa legitimidad en cabeza de su actual jefe, el señor Iván Duque, aunque arteramente finja lo contrario en escenarios internacionales. La idea de hacer trizas el acuerdo de paz, y cualquier otra amnistía, lanzada desde su tumba civil (fue condenado por corrupción) por el nefasto señor Fernando Londoño hace unos años, ha hecho carrera entre sus correligionarios. Desconocerlo, revertirlo. ¿Y para qué? ¿Para castigar? ¿No vieron el proceso de Suráfrica, no aprendieron nada de él? Hay un ánimo de venganza, de vindicta, contra quienes se han alzado contra el Estado, como si el Estado no se hubiera alzado contra el pueblo nunca para proteger los intereses de los poderosos. La idea es conservar ese estatus quo: la actual estructura de la tenencia de la tierra, la actual distribución del ingreso, y empeorarla si es posible. Como decía Guisseppe de Lampedusa en el Gatopardo: cambiar todo para que nada cambie.

Viene entonces una variable imprevista en la ecuación, un actor de reparto que se vuelve central: Álvaro Uribe. No me quiero centrar sino en uno de los múltiples factores que pueden haber incidido en su odio, y es la muerte de su padre a manos de la guerrilla. La justicia -algún día- se encargará de los demás. Un autócrata con una agenda secreta que intenta reelegirse tres veces mediante tortuosas maniobras y luego sigue manejando el poder a través de títeres que el humor popular unió en el acrónimo Fi-que. El odio es su motor. Odio que transmite a su electorado con su discurso de venganza sin perdón. Ese medio país no puede tolerar que un exguerrillero desmovilizado y que una afrodescendiente llegue al poder en un cambio de paradigma histórico. Alimentar el odio de manera incesante nos lleva a la coyuntura actual: al fracasar el proyecto del títere Fico, el uribismo vergonzante se encuentra una marioneta medio desbaratada, con un peluquín rojo como el de Trump. Un juguete perdido en busca de dueño. Hernández, con su discurso impresentable y con sus impedimentos estructurales para ser presidente, se convierte hoy en el caballo de Troya de quienes no quieren soltar el poder de ninguna manera. Si Hernández llega al poder, sería aupado por ese odio que no perdona a Petro pese a haber sido un magnífico senador y un alcalde discutible, pero de sanas intenciones antimonopolio.

Petro es el único personaje que en este siglo ha mostrado talla de verdadero estadista además de Juan Manuel Santos. Puede que a algunos no nos guste: ya no se trata de votar por él o no. Se trata de no votar por Hernández y su indigna figura de irrespeto a la ley, a las mujeres y a quienes las respetamos, y a su figura de demencia agresiva y sociópata. ¿A tanto nos va a llevar el odio a Petro?

@karmavega22

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