País de sordos

Por PAME ROSALES

¿Ya vieron Sound of metal, una de las ocho nominadas a mejor película en los Premios Oscar? Pues véanla si no es así: cuenta cómo le cambia la vida a un talentoso baterista que, por causas desconocidas (quizás el hecho de pasar mucho tiempo en ambientes en extremo ruidosos), de un día para otro pierde casi por completo el sentido de la audición. Entonces, presionado por su novia, llega a un hogar especial, donde el director del sitio le aconseja que no siga buscando cómo arreglarse el oído, porque ya está perdido. Que no insista en implantes cocleares ni ninguno de esos proyectos biónicos, que se convenza de que nunca va a oír como antes, y más bien se concentre en arreglarse la mente: en trabajarla para entender que él no tiene ninguna discapacidad y que debe aprender a comunicarse como sordo, a percibir como sordo, a leer el mundo como sordo: a vivir como sordo.

Las buenas películas, las buenas novelas, los buenos poemas, las grandes obras de arte en general se caracterizan por transmitir mensajes en forma de metáforas cuya aplicación en la vida cotidiana resulta reveladora. Tal vez por eso me disperso tanto de la trama cuando voy a cine, o cuando estoy leyendo un libro memorable. Y tal vez por eso no pude dejar de relacionar el argumento la cinta que vi hoy -y que resumí en el primer párrafo- con lo que está pasando en Colombia: después de hacer las analogías de rigor, me di cuenta de que este no es más que un eterno país de sordos precoces en permanente negación de su condición.

El protagonista de Sound of metal debe aprender a comunicarse como sordo, a percibir como sordo, a leer el mundo como sordo: a vivir como sordo. Imagen de Espinof.com

Primero, el sordo por antonomasia: el Gobierno, el mismo que desde hace 200 años -con la intrascendente diferencia de los sucesivos nombres propios- no sólo se niega a oír al pueblo que le entregó el poder, sino que no se da cuenta -o no se quiere dar cuenta- de que no lo oye, ni de que tampoco oye cuando le dicen que no lo oye.

Después están los otros sordos, los que siguen repitiendo la misma cantinela que aprendieron desde que eran niños y están convencidos, por ejemplo, de que los manifestantes de las multitudinarias marchas no son más que desadaptados. Que esos millones que hoy salen y se arriesgan a contagiarse con un virus que a diario deja 500 víctimas mortales, no son otra cosa que mercenarios del comunismo a los que les pagan una propina (¿quién diablos?) por marchar y arengar. Que esos cientos que pierden un ojo o terminan muertos a causa del comprobado abuso de la fuerza policial no salen a protestar porque en medio de una pandemia les van a clavar un impuesto a una canasta básica -que de todos modos no podían comprar- sino porque los adoctrinó Fecode, Juan Manuel Santos, Petro o el fantasma de Fidel Castro.

Yo los oigo y los leo perplejo cuando aseguran que todo este incendio de país al que estamos asistiendo se debe a que las nuevas generaciones están mal acostumbradas y quieren todo regalado. ¿En serio? ¿Acaso son tan brutos como para no darse cuenta de que las bombas de tiempo sociales terminan explotando? Ya sucedió en Venezuela, donde el famoso Caracazo de 1989 -tan parecido a estas revueltas de la Colombia contemporánea- activó el cronómetro regresivo que terminó en la elección de Hugo Chávez. ¿Son tan ciegos como para no notar las semejanzas entre el descontento colombiano de estos días con las enormes desigualdades económicas de la Cuba de los 50? Los cubanos de entonces terminaron prefiriendo a Fidel Castro, gracias a que Batista y los suyos, por estar inmersos en su insonora cápsula de putas y mafiosos, desoyeron el clamor popular.

La Historia habla hasta con lenguaje de señas, y tienen que ser muy testarudos quienes no aprenden que un pueblo hambriento y desdeñado termina por aburrirse y reaccionar. Ocurrió en aquella Rusia zarista, donde las élites no ponían un pie afuera de su torre de marfil de opulencia y abolengos, mientras decenas de millones morían de física inanición o en las trincheras de una guerra estúpida. Y muy torpes quienes olvidan que de la burbuja antirruido de carísimas joyas y peinados a la moda, María Antonieta y su pusilánime marido fueron llevados directo a la guillotina. Y muy sordos como para no oír el tic tac del reloj del descontento colombiano, que avanza inexorable hacia el estallido social. (Si encima de todo lo anterior también fuesen mudos, si no hablaran tantas sandeces, al menos podrían hacer parte de una canción de Shakira y no de la caterva de loros insensibles que sólo repiten lo que leen en una cuenta de Twitter).

En un momento de la película mencionada, después de mucho porfiar, el protagonista consigue ponerse los anhelados implantes cocleares que supuestamente solucionarían su sordera. Sin embargo, el resultado no es el que él esperaba, pues oye mal, distorsionado, diferente a como oía antes: no entiende lo que le dicen.

Son los mismos artilugios que parece tener implantados uno de nuestros telenoticieros basura, que en el colmo de la prostitución periodística intentó malinformar a su cada vez más reducida audiencia, afirmando que los manifestantes de Cali estaban dizque agradeciéndole con himnos y cánticos al presidente Duque por haber cambiado el texto de la Reforma Tributaria. No: en realidad estaban exigiéndole que la retirara definitivamente. Y así se lo hicieron saber los caleños al día siguiente, duplicando o quizás triplicando el número de manifestantes.

El Gobierno está sordo. También sus inexplicables simpatizantes, a lo mejor afectados por el ruido de 200 años de mentiras prefabricadas. Lo peor es que ni el uno ni los otros aceptan su evidente condición. Pero además se niegan a interpretar las señales que les mandan desde todos los lados y de todas las formas habidas y por haber. Ni siquiera alcanzan a oír el sonido del metal de las cacerolas de protesta, que no cesan de ser aporreadas a lo largo de todo el territorio nacional.

O a lo mejor sí lo oyen, pero lo confunden con aplausos…

@samrosacruz

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