Colombia está perdiendo el miedo

Por JULIÁN ALEJANDRO

Acostumbrado a jugar con la vida de los colombianos, incapaz de garantizar la integridad de los líderes sociales y luego de cometer todo tipo de atropellos, el gobierno de Iván Duque quedó súpito, aturdido por la reacción de la gente a su intento de hacer alcanzable un costo de vida digno. Los desatinos del ministro de Hacienda se convirtieron en confesión escandalosa: Alberto Carrasquilla dejó en claro que no tiene la más mínima idea de lo caro que resulta ser colombiano. Por eso juzga razonable gravar con IVA los productos de la canasta familiar mediante una abusiva reforma tributaria. Suena a chiste, pero desconocer el precio de los huevos le salió caro al ministro, a Duque y de contera al partido de gobierno, Centro Democrático.

Sin importar la polémica desatada, el oficialismo encarnado en Duque insiste en el proyecto: el pasado 27 de abril se discutió por primera vez en el Congreso. De muchas maneras, el gobierno ha ratificado su falta de voluntad para atender el clamor ciudadano. Por eso fue que salir a las calles se hizo imperativo, un asunto de dignidad, incluso por encima de las restricciones que impone la pandemia. Arriesgando el pueblo su propio pellejo.

El aparataje de medios privados y propaganda oficial trató de disuadir y desanimar a los manifestantes, pero fue inútil. Fotos de Pulzo.com y Colombia.as.com

Desde que se anunció la convocatoria al paro nacional, el aparataje de medios y propaganda oficial trató de disuadir y desanimar a los manifestantes. Apelando a las medidas de bioseguridad, los riesgos de contagio y el colapso de las UCI, las autoridades buscaban refrenar la indignación ciudadana. Pero fue inútil: centenares de miles marcharon, demostrando que la valentía se ejerce en las calles, ante la inexistencia de un riesgo mayor a las limitaciones económicas que quiere imponer este fallido gobierno. La jornada del 28A fue una estruendosa declaración: los colombianos no estamos dispuestos a tolerar más abusos. Este paro es un escenario en el que los diferentes sectores de la población elevan su voz de descontento, a sabiendas de que los riesgos del COVID 19 son menos letales que el riesgo de seguir en manos de una administración corrupta, indolente y criminal.  

El 28A es un episodio alentador. No faltó quien se escandalizara porque los indígenas Misak tumbaron una -otra- estatua de Sebastián de Belalcázar, como si a diario no sucedieran cosas más obscenas y censurables. El derribamiento de esa estatua para muchos representa un acto vandálico, pero para el espíritu de las comunidades ancestrales es un hecho simbólico, que repara la memoria de sus antepasados. Para eso son los paros, para dignificar a la población.

Las declaraciones de Duque posteriores al paro son una afrenta a la democracia. Emparenta el derecho a la protesta con una vulgar convención de rufianes al afirmar que hubo “vandalismo criminal”. En lugar de propiciar espacios de concertación y retirar la reforma tributaria, acude a la lógica tanática que rige el discurso uribista: sembrar entre sus detractores el miedo a la propagación de una enfermedad que el gobierno no ha podido controlar: “las aglomeraciones de hoy pueden ser las UCI que se estarán solicitando dentro de dos semanas”. Es como si Duque gobernara en un universo paralelo, uno donde no hay nada más confortable y seguro que ser colombiano. Ahí el presidente olvida que tenemos una relación tan cercana con la muerte, que tanta injusticia ha terminado por anestesiarnos el miedo a las amenazas.

En comunicado oficial, la Confederación General del Trabajo (CGT) lamentó y condenó “los eventos aislados de vandalismo ocurridos en dos o tres ciudades y, en particular, los extraños saqueos ocurridos en la ciudad de Cali, donde los manifestantes no estuvieron involucrados”. Más allá de estos hechos aislados, lo que estamos viendo es a centenares de miles de colombianos que se cansaron y ya no aceptan más burlas del gobierno.

La CGT convocó a otra jornada de paro nacional, para el 19 de mayo. La presión ciudadana sobre el gobierno aumenta, reafirmando además que en el tema específico de la ignomoniosa reforma tributaria no dará su brazo a torcer.

Manifestarse en estas condiciones, desafiando la represión y asumiendo el riesgo de contagio, es prueba de que existe un heroísmo admirable en los colombianos, que han dejado de temerle a las arbitrariedades, a los atropellos, incluso a la espantosa criminalidad de este gobierno.

Al finalizar el 28A, cada colombiano que salió a las calles incrementa las esperanzas de un nuevo rumbo para Colombia en la próxima elección presidencial. Sería bueno algún día de estos comenzar a vivir en un país donde las personas decentes no se dejen intimidar y sean capaces de dar el primer paso en busca de un futuro despejado, de un nivel de vida digno.

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