Álvaro Uribe Vélez y sus cuatro mosqueteros

Por GERMÁN AYALA OSORIO

El expresidente Álvaro Uribe sabe que su imagen y sus banderas de lucha lucen raídas y debilitadas por la tozudez de una realidad que hace que millones de colombianos lo asocien a él y a sus secuaces con actos de corrupción, paramilitarismo y crímenes de lesa humanidad. A lo anterior se suman los efectos negativos que deja la nefasta administración de su ungido, Iván Duque Márquez, a quien periodistas como Ángela Patricia Janiot y muchos más lo asocian con un títere. A pesar de ello, el ‘pastor’ de la secta-partido Centro Democrático juega a una consulta interna para proponerle al país un candidato presidencial que vaya no a competir de tú a tú en las elecciones de 2022, sino a transar con Alejandro Gaviria, la nueva ficha del régimen.

El exrector de la universidad de los Andes no solo será el remplazo de Sergio Fajardo, sino que hace las veces de mensajero de esa parte del establecimiento que se cansó del patriarca antioqueño. Quienes lideran ese movimiento interno aspiran a devolverle en algo la decencia a la política, y por ese camino maquillar la desvencijada institucionalidad democrática dejada así por el obsecuente Iván Duque Márquez.

Las precandidaturas de María Fernanda Cabal, Paloma Valencia, Óscar Iván Zuluaga y Rafael Nieto representan no solo el declive del uribismo, sino el inocultable desespero que les produce la consolidación de la JEP. La señora Cabal en particular exhibe un talante político que se aplaude en las entrañas de los uribistas pura sangre. Quizás ese factor sea su propia condena como aspirante presidencial. Sin mayores méritos en la administración del Estado, Cabal quiere ser presidenta para devolver el país a los tiempos en que su mentor debilitó las instituciones y por poco hace fracasar el equilibrio de poderes. Cercana al mundo castrense, Cabal busca, sin decirlo, regresarnos a la Seguridad Democrática.

En la misma línea van Paloma Valencia y Rafael Nieto, quienes insisten en la tesis negacionista del conflicto armado interno y por ese camino pretenden continuar con la estrategia de perseguir a todo lo que les huela a izquierda y progresismo. Valencia con su tono veintejuliero busca parecerse a Uribe, vociferando y manoteando. Solo le falta apelar a las vulgaridades que acompañaron “memorables frases” como “donde lo vea le voy a dar en la cara, marica”, o “esta llamada la están escuchando esos hijueputas”. Al querer hablar y actuar como Uribe Vélez, la hija de la rancia élite de Popayán también busca la bendición de militares y policías.

En la misma dirección ideológica va Rafael Nieto, quien por su inexistente carisma está obligado a hablar como macho de pueblo. Pero ninguno tiene un proyecto de país que busque superar problemas estructurales como la pobreza, el desempleo, la inseguridad o la inequidad. Sin discursos elaborados, estos mosqueteros se parecen más al dicharachero Porthos que al más inteligente de los 4 mosqueteros, D’Artagnan.

Entre tanto Óscar Iván Zuluaga, el perro menos bravo de la camada, intenta recuperar la imagen de un político estudioso de los problemas del país. Habla más como técnico, con la intención de llegarles a los profesionales, en particular a los economistas clásicos y a los agentes del poder económico, a los que, por supuesto está dispuesto a cuidarles sus intereses como ningún otro precandidato presidencial.

Así las cosas, el reo 1087985 sabe que de sus precandidatos debe sacar el menos malo, para llegar con algo de fuerza política a transar puestos con Alejandro Gaviria. El hijo de Salgar sabe que su reinado está terminando y de la peor manera. Y es consciente de que, con esos cuatro mosqueteros, no logrará salvarse del ostracismo al que él mismo se condujo y llevó a su secta. Veremos entonces qué sucede en el 2022 en este platanal con bandera.

@germanayalaosor

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