Acuso a Petro de ser petrista

Por JORGE SENIOR

En plena época electoral y en momentos en que encabeza las encuestas, Gustavo Petro Urrego ha publicado su autobiografía titulada Una vida, muchas vidas.  No está muy claro cuáles son las “muchas vidas”, pues su trayectoria se caracteriza por una constante: la política.  Más aún, la autobiografía no revela la integridad de su vida personal, intelectual o emocional, sino que está explícitamente enfocada en su vida política, con mínimas referencias a los otros aspectos vitales y las personas que lo rodean.  Cuenta allí cómo fue adquiriendo sus ideas contestatarias, cómo se involucró en la militancia y cómo desplegó su carrera política que desde hace unos 15 años lo ha convertido en uno de los principales protagonistas de la escena política colombiana y, sin duda, en el líder más visible de la izquierda, con récord de votos incluido.

El libro presenta una serie de erratas en fechas y nombres que indican que fue publicado con premura, evidenciando que el trabajo de revisión fue apresurado e insuficiente, similar a lo que suele sucederle con los trinos. Más allá de esos detalles la obra le permite a Petro sacarse algunos clavos, defenderse de las calumnias que permanentemente propagan las bodegas mercenarias uribistas y, lo más importante, exponer su manera de pensar.

La extrema derecha y la centroderecha, ambas disfrazadas de “centro” y de demócratas, siempre han buscado presentar a Petro como un extremista, radical y terrorista que malgobernó a la capital del país, un “castrochavista” que adora el modelo cubano o venezolano. 

El libro muestra algo muy distinto.  Petro no fue un “comandante guerrillero” como suelen decir los uribistas, sino un militante de base en una organización no comunista, de talante socialdemócrata, entusiasta del trabajo de masas y la lucha social.  Tampoco tuvo que ver con la toma del Palacio de Justicia, pues precisamente en esa época se encontraba preso por su trabajo político en Zipaquirá. El autor recorre todas esas vivencias de su vida juvenil, desde la adolescencia hasta llegar a los 30 cuando el M19 se desmoviliza. 

Luego vienen las vicisitudes de la política legal, victorias y derrotas electorales, euforias y depresiones, debates y amenazas. Unos pocos años exiliado en Europa le dotaron de una conciencia ambiental educada, de ahí que entre todos los políticos colombianos de todas las pelambres, Petro ha sido el más visionario frente al Cambio Climático y la transición energética.  Especial importancia tiene su recuento de la Bogotá Humana, una gestión que el exalcalde ha defendido con cifras en otras ocasiones, pero que en este libro narra de manera más vivencial.  Es obvio que Petro no sería la opción presidencial favorita si su gestión al frente de la alcaldía hubiese sido mala.  De hecho, de todos los gobiernos locales de izquierda que ha habido en Colombia, éste es el único caso que de verdad desarrolla un proyecto de ciudad alternativo

Y en el libro el autor nos explica ese modelo que sí asume en serio el desafío ambiental y la política social con un enfoque realmente progresista. Que un gobierno sea decente en vez de corrupto es lo mínimo que se pide, pero no es suficiente. Hay que combatir la desigualdad, la segregación social, cambiar el modelo de ciudad para los carros y desarrollar una ciudad para la gente, defender el interés público frente a la voracidad de ciertos intereses privados de élites que han estado enriqueciéndose a través de la acumulación y la especulación rentista y los negociados basados en el tráfico de influencias. 

Ese modelo es alternativo porque, como bien lo que reconoce Hernando Gómez Buendía en su reciente libro, en Colombia lo que ha imperado es el rentismo elitista y rosquero, no el capitalismo productivo e innovador.  Y el neoliberalismo no ha hecho sino agravar esa situación ampliando la brecha social.  No obstante, a la Bogotá Humana le faltó concientizar y empoderar más a la gente, de ahí que Petro se case con la tesis del arribismo de clase media, para explicar la incapacidad de darle continuidad a ese proyecto más allá de su gobierno.  En ese punto elude la autocrítica, pues el talón de Aquiles de Gustavo Petro siempre ha sido el aspecto organizativo.  Su negacionismo en este punto vital lo racionaliza acudiendo a las equivocadas tesis de Toni Negri sobre “las multitudes”, una excusa para no construir organización.  En realidad las montoneras nunca han sido las parteras de la historia y los caudillos muchas veces terminan como Bolívar o Napoleón, o como Gaitán.          

En resumen, Petro expone en su obra su concepción de la sociedad y las instituciones, una información clave para sus posibles votantes en 2022.  Pero a los críticos del libro no les interesa lo fundamental, sino la minucia del pasado.  Es claro que Petro no escribió allí la historia del M19, ni la historia de Colombia en el último medio siglo. Para los historiadores profesionales, encargados de esa tarea, el texto de Petro no es más que un insumo, una perspectiva entre muchas.

El libro es una autobiografía, por tanto gira alrededor de él, de su vida, no está enfocada en el contexto. No es megalomanía, es que así son las autobiografías: subjetivas. Ni siquiera la autobiografía de Eric Hobsbawm, uno de los grandes historiadores del siglo XX, se escapa de esa subjetividad.  Tampoco el ilustre filósofo Mario Bunge, que en su autobiografía escrita a los 95 años y titulada Entre dos mundos, se luce contando como les calló la boca a más de un filósofo de talla mundial, todos ellos fallecidos a la sazón, por supuesto.  De seguro la versión de esos filósofos sobre tales encuentros o debates debió ser muy diferente. Es como si yo contara muy ufano la vez que debatí con Bunge en Buenos Aires sobre la biologización de las ciencias sociales: ya Mario no está para refutarme.

Petro cae en esa misma humana vanidad y exagera su participación en la decisión del M19 de negociar un acuerdo de paz con el gobierno Barco o, dos décadas después, en la configuración del Partido Verde.  Ambos procesos fueron mucho más complejos y participó mucha más gente que lo que el autor reconoce en su subjetiva narración.  Algo parecido sucede en otros episodios.  Si un lector, de manera equivocada, asume el texto como si fuera un libro de historia, terminará acusando al autor de ser… ¡demasiado petrista!   

Coletilla: no quise debatir el tema del M19 en esta ocasión. Aunque el libro brinda mucho material discutible al respecto, estoy pensando si a estas alturas del paseo vale la pena tratarlo en otra columna.

@jsenior2020

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* Foto de portada, tomada de Semana.com

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