Pobre educación sin ilustración

Por JORGE SENIOR

En los últimos 70 años la ciencia logró explicar en gran parte el origen y evolución del universo, la síntesis de los elementos químicos en las estrellas, la clave genética y molecular de la vida y el maravilloso despliegue de la biodiversidad. 

Se entendió la dinámica del planeta y sus ciclos biogeoquímicos, la íntima interrelación entre biosfera y geología, y el funcionamiento intrincado de los ecosistemas. 

Se obtuvo abundante información sobre el origen y la evolución del género Homo y de su única especie sobreviviente, el Homo Sapiens, sus rutas de expansión a partir de África y las causas fundamentales del devenir histórico de las sociedades humanas.

Se desarrollaron tecnologías que nos permitieron datar la historia natural y social en una línea del tiempo que va desde el Big Bang hasta el presente, el Antropoceno, y así contar ese metarrelato llamado Big History o Gran Historia.

Los tres pilares de la revolución -libertad, igualdad y fraternidad- se erigían sobre una base: la Educación.

Con el cimiento de las teorías científicas desarrolladas entre los siglos XIX y XX, la humanidad logró responder por fin las profundas preguntas que inquietaron a las gentes de todas las épocas y pueblos: ¿Qué somos, de dónde venimos, de qué se trata todo esto, cuál es nuestro lugar en el cosmos?

Somos testigos privilegiados de esa hazaña asombrosa, así como vimos los viajes a la Luna, la dominación de la energía encerrada en el núcleo de los átomos, la manipulación del ADN, la construcción de máquinas inteligentes.  Y es con fundamento en esas respuestas y en esas increíbles tecnologías, producto del ingenio humano, que podemos responder la pregunta vital y práctica: ¿hacia dónde vamos?  Una pregunta que en el siglo XXI tiene el carácter de encrucijada, y no se exagera si la calificamos de vida o muerte, pues tendremos que escoger entre sostenibilidad o catástrofe.

Sin embargo, toda esta maduración de nuestra visión del mundo, toda esta lucidez que equivale a llegar a la mayoría de edad como especie, está tristemente ausente en las escuelas.  La educación básica y media parece sumida aún en una cosmovisión medieval, una mirada premoderna del mundo, pues la ciencia moderna es presentada en fragmentos casi dogmáticos, mecánicos y carentes de sentido integral en medio de una maraña de fantasías tradicionales o recientes.  El bachiller sale atiborrado de pedazos de información e imaginarios, pero sin cosmovisión científica.  Su mente es una colcha de retazos agravada por el caos de las redes sociales. La pedagogía ha fracasado, como analizamos en otra columna, al priorizar la forma sobre el contenido.  Nuestra tesis es que la baja calidad de la educación tiene su epicentro y causa primordial en la carencia de una concepción científica del mundo, es una educación sin ilustración.

La instrucción pública despegó en el siglo de las luces con un proyecto ilustrado moderno que se proponía dejar atrás el pensamiento mágico – religioso para construir ciudadanía y sobre la base del uso público de la razón -que hoy llamaríamos pensamiento crítico- edificar la democracia.  Los tres pilares de la revolución -libertad, igualdad y fraternidad- se erigían sobre una base: la Educación, la cual no consistía simplemente en saber leer y escribir, sino en el acceso al pensamiento científico como columna vertebral de la modernidad. Pero en alguna parte del camino en el siglo XX, el proyecto ilustrado fue desarmado y abortado.  Las fuerzas progresistas perdieron la brújula, transigieron ante los sectores conservadores o incubaron dentro de ellas mismas ideas neoconservadoras, antimodernas y oscurantistas.  La ciencia fue despojada de su carácter revolucionario como forma democrática de pensar y concebir el mundo.  Y la ciencia sin cosmovisión es como el café sin cafeína.

Este resultado histórico de las últimas décadas ha significado una debacle para las facultades de educación.  En ellas reina el oscurantismo en versión religiosa premoderna o en versión antimoderna (como el posmodernismo anticientífico).  La cosmovisión científica está ausente o reducida a chispazos marginales.  En ese caldo de cultivo el maestro descafeinado que allí se forma es un súbdito, no un revolucionario.  Ya no es un agente transformador de la sociedad, un constructor de ciudadanía, ni un puntal sentipensante del progreso integral y la profundización de la democracia.

Urge entonces el impulso a un Proyecto Educativo Ilustrado 2.0 que dote a las facultades de educación de una columna vertebral de cosmovisión científica.  No hablamos, desde luego, de la Ilustración del siglo XVIII sino de una Ilustración Antropocénica a la altura del siglo XXI.  Una fuente es, por ejemplo, la que despliega Steven Pinker en su monumental libro En defensa de la Ilustración. O la que desarrolla Yuval Noah Harari en De animales a dioses.  O la filosofía científica que expone Mario Bunge a lo largo de ocho tomos en su Tratado de filosofía básica. O la amplia bibliografía sobre pensamiento crítico.  Y sobre todo la formación en Big History o Gran Historia, un proyecto que ya viene desarrollándose en muchos países con exponentes mundiales como Fred Spier o David Christian.

Colombia tuvo pioneros en este campo como el ingeniero antioqueño Antonio Vélez, autor de varios libros.  Y en nuestro país ya hay cursos de Gran Historia en la Universidad Tecnológica de Bolívar, en Mapuka de la Universidad del Norte, en la Fundación Stellam que tiene un curso online para docentes y público en general.

@jsenior2020

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