¿Izquierda o centro? El enemigo está en El Ubérrimo

Por DIEGO OTERO PRADA

Mi columna del pasado 22 de enero titulada El centro, la izquierda y Petro provocó comentarios de todo tipo, lo cual es importante porque generar discusión y debate.

Lo primero a aclarar es que no manifesté favorabilidad por Gustavo Petro. Mi idea es sencilla: no se puede ignorar a un político que sacó cuatro millones de votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales y ocho en la segunda, porque esto significaría no discriminar a millones de colombianos que mostraron preferencia por Gustavo Petro y sus propuestas.

Ningún proyecto para derrotar a la derecha puede hacerse imponiéndole vetos a un candidato, sean las diferencias que existan de estilo personal o de programa presidencial.

Considero irracionales a los que dicen que quieren crear una coalición para derrotar a la derecha, pero agregan que no quieren hablar de Petro, que no lo quieren por ningún lado, que es narcisista, que es complicado, que es radical, que con él no se puede trabajar, que es de extrema izquierda… y ahora que es antifeminista ¿Quién no es narcisista de todos los precandidatos? Casi todos lo son.

“Es necesario que existan la izquierda, la centro-izquierda y el centro, pero esto no debe ser motivo de divergencias radicales”.

Los resultados de las lecciones regionales de octubre de 2019

Basta echar números. En mi libro Avanzan las fuerzas alternativas en Colombia (2020), para las elecciones regionales de octubre de 2019, sin considerar los votos en blanco pero incluyendo a Bogotá, los partidos tradicionales alcanzaron el 66,82% y los alternativos el 33,18%. Pero entre estos se encuentran el Mira, Colombia Justa Libre y Ada, con cerca de 5,4% de los votos, partidos que son de derecha. El Partido Liberal con el 16,68% de los votos fue el más votado. 

La derecha conformada por el Centro Democrático, el Partido Conservador, Mira, Colombia Justa Libre, Ada, Partido de la U y Cambio Radical, sumaron 55,54%.

Las fuerzas alternativas representaron el 27,78%, de los cuales el Partido Verde alcanzó 10,9% concentrado en Bogotá, porque solo no llega a ninguna parte.

Es claro que si los partidos alternativos progresistas van divididos en la primera vuelta, el primer lugar le corresponderá al candidato de la derecha. Y si siguen así, para la segunda vuelta la derecha gana de nuevo la presidencia.

Clave en este juego es la posición del Partido Liberal. Si se va con el candidato de la derecha, nada que hacer. Si escoge el centro incoloro y se une con los verdes, los llamados socialdemócratas liberales y los fajardistas, se crea un bloque fuerte. Pero este, solo, tampoco llega a la presidencia. Ahora bien, si todos fueran unidos, el bloque del Partido Liberal y los alternativos suma 44,46%, una cifra bastante respetable.

Pero en una elección presidencial juegan otros factores. Además de los partidos políticos, es muy importante el candidato y su programa. Sin embargo, los datos electorales de las elecciones regionales son dicientes para apreciar el poder de los diferentes grupos y tendencias ideológicas.

En próximo libro publicaré los resultados de las elecciones para gobernadores, concejales y alcaldes, que son bastante dicientes, especialmente la de alcaldes, porque aquí juegan mucho las personas, y a las fuerzas alternativas les fue mejor.

Si desde un comienzo hay vetos entre los grupos alternativos, del color que sea, perderemos definitivamente en la segunda vuelta, porque los rechazados no votarán por el otro candidato alternativo. Así que la división es una locura, es un verdadero suicidio. Pura irracionalidad electoral.

Al considerar los votos en blanco, que son un rechazo a los partidos tradicionales, en las elecciones regionales anterior fue del 16,69%, una suma que da esperanzas para un candidato diferente al del establecimiento.

El papel de Gustavo Petro

Entiendo que los amigos de Claudia López, y especialmente su compañera Angélica Lozano, no pueden ver a Gustavo Petro por las críticas que este les hace. Y últimamente, María Ángela Robledo. Pero esto es normal en política. Nadie tiene por qué quedarse callado ante los errores que uno cree que cometen otros.

Yo, por ejemplo, estoy en desacuerdo con varias decisiones de la alcaldesa de Bogotá. Sobre el tema del metro, de los Transmilenios, de su manejo autoritario y de encierro a toda costa por la pandemia, por su abrazo con el fascista Leopoldo López, por la falta de un mayor apoyo a la salud pública, por el mínimo plan de ampliar la cobertura universitaria, por el elitismo en el nombramiento de los gerentes de las empresas distritales y de las juntas directivas, por su terquedad para abrir los colegios. Pero le reconozco aciertos en otros campos: ha hecho un esfuerzo por ayudar monetariamente a muchos bogotanos en situación de vulnerabilidad, respaldo sus críticas a la acción policial y comparto algunos aspectos de tipo social.

Yo habría parado las obras de Transmilenio y esos recursos los habría invertido en ayudar a los bogotanos, a los vendedores ambulantes y a los pequeños comerciantes. Algo similar se pudo haber hecho en muchos municipios, analizar que se podía aplazar y darles prioridad a la salud y a los ciudadanos, ya que el gobierno nacional no lo ha querido hacer, como es su obligación.

Defiendo al alcalde de Medellín, Daniel Quintero, en su enfrentamiento con el Grupo Empresarial Antioqueño-GEA, pero soy crítico de algunas de sus actuaciones.

En ninguna forma me voy a quedar callado en lo que considero son políticas de derecha.

Si se critica a Claudia López, Angela Robledo o Angélica Lozano, entonces es matoneo. No se admiten las diferencias ni las opiniones discordantes.   Y lo mismo del lado contrario. En Israel criticar al Estado te convierte en anti-semita, un crimen grave, que lleva a la cárcel o a la expulsión de un partido.

Las redes sociales son muy peligrosas, allí se dice de todo. No se pueden controlar, es imposible. Todos son criticados allí: Uribe, los uribistas, Duque, Petro, Robledo, Daniel Quintero, Claudia López, Angélica Lozano, Daniel Quintero, Iván Cepeda. Muchas veces con insultos y groserías, propios de la falta de educación política de los colombianos y del ambiente de violencia que llevamos décadas y hasta siglos padeciendo.

La política es el arte de negociar, especialmente con los opositores o críticos, más si estos se consideran progresistas.

Por un programa progresista

Lo mejor en la coyuntura actual debería ser discutir sobre programas, definir qué se quiere sobre los temas que agobian a este país desde la Independencia.

La situación de seguridad y orden público es muy grave en Colombia. Hay una poderosa estrategia política de la derecha para quebrar la paz, para fomentar la violencia, para matar a ex Farc y líderes sociales de todo tipo. Las disidencias deben estar felices, porque tienen argumentos al haberse retirado de los acuerdos y desconfiar del gobierno. Lo mismo los elenos.

Otro tema que dejó al descubierto la pandemia es la terrible situación de la salud privatizada. ¿Cómo es posible que en Bogotá no haya sino cuatro hospitales púbicos y más de 50 privados? Y así en el resto del país. Entonces, debemos hacer una discusión seria sobre este punto y proponer un cambio radical en la salud pública, acabar con la Ley 100 y construir un sistema fuerte de salud pública.

La educación es un tercer punto clave. Necesitamos fortalecer una educación pública de calidad en todos los ámbitos: jardines infantiles, primaria, básica, tecnológica, universitaria. Hay que ir hacia una educación pública más extensa y gratuita.

El papel de Biden

En cuanto al nuevo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, hasta ahora en política interna ha aprobado medidas que defienden a la población y promueven la lucha contra el cambio climático. Habrá que esperar un tiempo a ver cómo sigue su relación con Wall Street y con el complejo mundo industrial y militar. Sabemos muy bien que Biden representa al establecimiento, que ha defendido guerras internacionales, que apoyó con Obama al sector financiero.

Estudié y viví varios años en EE. UU., conocí a intelectuales de izquierda y gente de derecha. Sé como opera el establecimiento de esa gran potencia y que no se puede confiar en él. Pero hubo presidentes progresistas en política interna como Franklin Delano Roosevelt, John Kennedy y Lyndon Johnson, el de la Gran Sociedad.

Hoy hay una fuerte corriente de izquierda dentro del Partido Demócrata, mucho más progresista que la de cualquier político colombiano. Gente muy osada, que está peleando dentro del monstruo y además se consideran socialistas. ¿Quién en Colombia se atreve a decirse socialista?

Como todo en política, habrá que esperar qué sigue antes de hacer un juicio definitivo. No tengo mucha confianza en Biden, pero es evidente que por las presiones internas dentro de su partido y las promesas que hizo ante los votantes, no puede fallar. Porque si no, vuelve el trumpismo. O sea la extrema derecha, algo que de ningún modo se puede comparar con lo que los centristas y la derecha llaman populismo.

No se puede llevar el odio al nivel de comparar a Trump con Maduro, con Rafael Correa o con Petro. Una cosa es el populismo de derecha y otro el populismo de izquierda. En todo caso, el término “populismo” está siendo utilizada para denigrar de cualquiera que no esté con el establecimiento o con lo que llaman el centro. La palabra populismo sirve para todo y para nada, lo están utilizando la derecha y gente de “centro” para desprestigiar a sus contendores.

El feminismo también da para todo. Hay feminismos de derecha, de izquierda, liberal, radical, socialista, lésbico, de la diferencia, anarquista, abolicionista, negro, cultural, ecofeminista. En algunas de estas versiones el enemigo es el hombre y no los explotadores. Se requiere un feminismo con un programa político transversal, que incluya a todas las clases en el combate contra el capitalismo expoliador.

Así como son necesarios el feminismo y los partidos verdes (que no son siempre progresistas o de centro-izquierda, también es necesario que existan la izquierda, el centro izquierda y el centro, pero esto no debe ser motivo de divergencias radicales.

Hay izquierda socialista, la anticapitalista, la socialdemócrata, la eco-socialista, la reformista, la social demócrata y socialista de Europa después de la segunda guerra mundial, la de Pablo Iglesias en España, la de Melenchon en Francia, la de Corbyn en Inglaterra, la de Sanders en Estados Unidos, la de Die Linke en Alemania, la portuguesa, la española, la del Mas en Bolivia, la de Correa en Ecuador. En síntesis, son muy variadas las apuestas progresistas.

Izquierda no, progresismo sí

Me sorprende que se hable de izquierda en Colombia, que se diga que Petro y Robledo son de izquierda. En Colombia no existe izquierda sino unas corrientes que se dicen progresistas, pero son más bien reformistas. No proponen el socialismo ni una posición anticapitalista, lo que quieren es un capitalismo humano, que no golpea a los grandes intereses. No se proponen cambios radicales sino medidas blandas, que no rompe con un sistema que no ofrece soluciones a las mayorías.

Si se miran las propuestas de los diferentes grupos o candidatos, todos dicen lo mismo, pero no concretan. Todos hablan de cambiar la salud, pero no dicen cómo; todos hablan de educación, pero no especifican qué quieren. ¿Quién no quiere mejor salud y educación? Hasta la derecha lo dice, son lugares comunes. En realidad la discusión es más de egos, de envidias, de resentimientos personales.

En lugar de discutir de siglas o de si somos de centro, moderados, progresistas, socialdemócratas, socialistas, de centro izquierda o de izquierda, pongámonos primero en un programa y unas reglas para escoger los candidatos para presidente, sin vetos de ninguna clase para nadie.

Solo así podremos derrotar a la derecha. Dejemos los narcisismos, los egos, el canibalismo, la petulancia, los golpes bajos, los insultos, los rechazos, los vetos y las demonizaciones. Aprendamos a tener diferencias sin considerarnos enemigos. El enemigo está en otro lado. El enemigo está en el Ubérrimo.

@DiegoOteroP

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