Un principio delincuencial de la sociedad

Por PUNO ARDILA

Cuatrocientos hombres agredieron a una mujer que grababa un video en un parque de Pakistán; le rompieron la ropa, la maltrataron, la manosearon y la robaron. ¡Cuatrocientos hombres contra una mujer! Y ahora ella enfrenta el escarnio por provocadora y blasfema. Según Imran Khan, el primer ministro de Pakistán, un hecho como este se debe a que las mujeres provocan a los hombres, porque «si una mujer lleva muy poca ropa, tendrá un impacto en los hombres, tendrá un impacto en los hombres, a menos que sean robots. Si eleva la tentación en la sociedad hasta un punto, y todos estos jóvenes no tienen adónde ir, tiene una consecuencia en la sociedad».

—Eso es lo que en Colombia llaman “dar papaya” —me gritó el ilustre profesor Gregorio Montebell desde un rincón, donde daba forma con la gurbia a un trozo de madera—. La mujer le dio papaya a una multitud de hombres reprimidos sexualmente; estuvo de buenas de que no la hubieran violado.

«¿Acaso acciones como esta pueden considerarse “normales” en una sociedad?» —le pregunté.

—Lamentablemente, sí. Allá los hombres se justifican por sus principios religiosos; por un lado, con dictados opresivos que les impiden un libre desarrollo de su sexualidad; y, por otro, con enunciados que culpan a la mujer de ser portadora del pecado. Entonces, eso que ocurrió se limita simplemente a calificarla como una osadía de la mujer; “si hubiese estado en casa y bien cubierta, nada hubiera ocurrido”.

En Colombia es lo mismo. Aquí la sociedad parte del principio (y lo celebra, además) de que “no hay que dar papaya”; y que, si se dio papaya, la obligación del otro es aprovecharla. En Colombia se culpa a la víctima de un robo por haber dejado las puertas sin seguro, o abiertas. Fíjese que los mismos creyentes dicen: «Encomiéndate a dios, pero asegura bien los candados». Aunque hay algunos, como un adventista que conozco, que dice que «lo que no cuida Dios no lo cuida nadie», y le han desocupado varias veces el rancho, en sábado, mientras él está ocupado en el culto, que dura toda la mañana. Y los ladrones lo saben, por supuesto, como que casi siempre se trata de sus propios vecinos.

Y así ocurre con todo lo demás. Para los colombianos la justificación existe cuando es evidente el descuido («matanga, dijo la changa», como dice Homero); de modo que es tan justificable tomar lo que no es de uno, porque el otro dio papaya, como es injustificable ser tan pendejo y no aprovechar el papayazo: un espacio en la fila, un cajero amigo, una “chaloma” en la aduana, o en algún cargo público que mueva dinero… En fin.

Para volver al cuento, la cosa ha sido de tal magnitud, que en nuestra cultura hasta hace muy poco estar a solas con una mujer causaba situaciones terribles, relacionadas con la dignidad de la dama. El tipo debía lavar el buen nombre de la chica casándose con ella (qué horror), así no hubiese pasado nada; porque, de otra forma, ella quedaría en boca de todo el mundo, y, además de perder su dignidad, perdería la oportunidad de casarse con alguien decente. Esta es tal vez la prueba más contundente y dura de que es la sociedad misma la que ha avalado la “papaya” como una oportunidad irrenunciable, como las joyas que adornan su figura o el escote que deja a la vista; y es nuestro principio delincuencial: la culpa es del otro porque se descuida, porque provoca.

Así como nadie tiene derecho de tomar lo que no es suyo, ni tocar ni golpear porque ella muestra parte de su cuerpo, ella tampoco tiene derecho de pegarle al abusivo solo porque este muestra su cara de hijueputa. ¿Será que los colombianos podrán entenderlo?

«Esperemos que sí».

@PunoArdila

(Ampliado de Vanguardia)

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