Semana Santa: ciencia versus fe

Por JORGE SENIOR

Tal vez no hay mejor momento que la Semana Santa para una reflexión sobre el conflicto secular entre ciencia y fe, que data por lo menos de la época de Giordano Bruno y Galileo Galilei. Con mayor razón si hace pocos días, el 23 de marzo, se celebró el día internacional del ateísmo y al día siguiente El Tiempo en su podcast Ciencia viral tocó el tema, aunque de una manera superficial, lleno de digresiones y evidencias anecdóticas sin valor argumentativo.  El decepcionante programa se tituló “¿Pueden los científicos ser religiosos?”.  La pregunta no podía ser más tonta, pues cualquier universitario conoce a algún investigador que es creyente religioso.  Es como preguntar: “¿Pueden los científicos ser incoherentes?”. 

La fe provee respuestas fáciles, infantiles, ingenuas, increíblemente descabelladas, propias de antiguos pueblos pastoriles.

El ser humano no se caracteriza por su coherencia y los científicos no son la excepción, especialmente cuando han sido educados en un sistema que apenas los adiestra para manejar unas técnicas precisas y no los forma en cosmovisión científica y pensamiento crítico.  Al menos es lo que observo en buena parte de las universidades colombianas.  En el mundo ultraespecializado de hoy es común encontrar investigadores que son incapaces de pensar científicamente en temas que son ajenos a su disciplina y, a veces, ni siquiera en su propio campo.  Conocí un físico cuántico, ya fallecido, que manejaba muy bien su especialidad, pero creía que las pirámides egipcias habían sido hechas por extraterrestres.  Y había otro físico en la misma universidad que incluso era inconsistente con su propia disciplina: practicaba la radiestesia.  Asimismo abundan los psicólogos que creen que el alma existe o los médicos que adoptan terapias que contradicen su saber físico-químico y biológico.  Una cosa son los individuos como staff y otra es la ciencia como institución, como método, como conocimiento y como manera de pensar. 

A pesar de los ejemplos anecdóticos, las estadísticas muestran que el porcentaje de no creyentes es inmensamente superior en las comunidades científicas que en la población en general, efecto que es muy marcado en EEUU.  Un análisis similar puede hacerse a un nivel más amplio entre educación y creencia: a mayor nivel educativo, menor nivel de credulidad en lo sobrenatural, incluyendo las mitologías religiosas.  Este fenómeno, además, es progresivo a través de las generaciones.  En países como Islandia, Holanda, Suecia, República Checa, entre otros, las nuevas generaciones están cada vez más alejadas de las creencias premodernas.  Una página web religiosa española (Aleteia) manifestaba hace poco su preocupación en un artículo titulado “La religión ya no significa nada para casi la mitad de los jóvenes españoles”.  Lo que para ellos es preocupante, yo lo veo prometedor.

Ahora vamos al fondo del asunto que el podcast eludió: si hay o no compatibilidad entre ciencia y fe.  O si se presenta incompatibilidad entre ciencia y ateísmo como plantea Marcelo Gleiser partiendo de una falacia “hombre de paja”: considerar al ateísmo una creencia.

La ciencia trabaja con la duda, con un escepticismo racional dosificado. La ciencia cuestiona, critica, se sabe falible, se autocorrige y progresa.  Utiliza el rigor lógico y el rigor experimental y observacional, de tal manera que busca siempre apoyar el conocimiento en evidencias.  La imaginación y la creatividad son importantes, pero deben pasar por el filtro de calidad que es la prueba experimental.  Todo ello se desarrolla en un proceso colectivo, social, con un ethos que Lee McIntyre describe y analiza con profundidad en su libro La actitud científica (Ediciones Cátedra, 2019).  En contraste la fe va por el camino opuesto: adora el dogma, la tradición, el argumento de autoridad, la obediencia, el wishful thinking o pensar con el deseo.

La ciencia, al acercarnos al mundo natural en todas sus dimensiones y escalas, nos asoma a lo maravilloso, al asombro, al profundo misterio del cosmos y de la realidad física infinitesimal.  La fe en cambio provee respuestas fáciles, infantiles, ingenuas, increíblemente descabelladas, propias de antiguos pueblos pastoriles.  Por eso la fe es tribal, un producto cultural idiosincrásico, mientras la ciencia es universal.

Ambas formas de pensar se apoyan en características cerebrales que evolucionaron en los homininos, antecesores del Homo Sapiens: la capacidad de encontrar patrones o regularidades de causa – efecto (base de la ciencia) y la capacidad de socializar con otras mentes y, por ende, la tendencia a proyectar antropomórficamente las características mentales humanas a animales, plantas y fenómenos naturales impersonales (base del animismo y las mitologías religiosas). 

En el paleolítico, el neolítico y las civilizaciones agrarias era apenas natural que se inventaran socialmente explicaciones fantasiosas, sobrenaturales, antropomórficas.  Tales ficciones eran funcionales para la cohesión social.  Pero con el progreso del conocimiento esas pseudoexplicaciones carecen de razón legítima para persistir, trátese de Zeus, Odín, Jehová, Yahvé, Alá, Dios, God o Supermán.  Ahora bien, un ateo racional no tiene problema alguno en aceptar la existencia de tales seres si se prueba con evidencias. 

La carga de la prueba de la existencia de X (sea X cualquier ente) está en quien afirma su existencia: puede tratarse de dioses, hadas, duendes, dragones, átomos, neutrinos, flogisto, éter, calórico, elan vitae, energía oscura, materia oscura, bosón de Higgs, elefantes rosados o unicornios azules.  No se puede probar la no existencia de X, lo que toca probar es su existencia. 

“Dios de los huecos” se denomina al razonamiento que pretende sostener la existencia de un superser, curiosamente antropomórfico, sobre la base de que la ciencia no lo explica todo (aún).  Tratan de poner a “Dios” allí donde hay algo no explicado por la ciencia, hasta que la ciencia progresivamente lo explica y tapa ese hueco de ignorancia.  Entonces mudan el comodín, ruedan esa pseudoexplicación acomodaticia a otro nuevo hueco. Y así a medida que la ciencia progresa, tapando huecos de ignorancia, el dios-explícalo-todo tiene que irse rodando hasta que su “reino” no sea de este mundo, sino de algún universo paralelo o metauniverso imaginario.

Coletilla: Hay cuatro ciencias que chocan de frente contra las religiones teístas y sus supersticiones sobrenaturales: historia, neuropsicología, biología evolutiva y astronomía, pero el espacio se acabó por hoy.  Si usted, amable lector, quiere que desarrolle este tema, por favor déjelo saber en los comentarios. 

@jsenior2020

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2 comentarios sobre «Semana Santa: ciencia versus fe»

  1. La columna es tan radical, profesor, que no deja espacio alguno al pensamiento contrario o, cuando menos, a una visión ecléctica -para llamarla de algún modo-.

    Adhiero a la mención de Giordano Bruno, víctima de la intolerancia religiosa. Tan víctima, como lo han sido no pocos creyentes a manos de regímenes ateos igual o peor de intolerantes que aquel que lo llevó a la hoguera.

    En cuanto al drástico deslinde entre Dios y la ciencia, ahí sí como dicen que dijo Voltaire, aunque Voltaire no lo haya dicho,“Desapruebo todo cuanto decís, pero defenderé hasta la muerte vuestro derecho a decirlo”.

    Un saludo afectuoso desde el área metropolitana de Bucaramanga.

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