Petro ya manda y la oposición no existe

Por H.G. RUEDA

Gustavo Petro fue elegido presidente y sus opositores le vaticinaron el peor de los escenarios. Lo mostraron ante la opinión pública como un monstruo que iba a convertir a Colombia en un país ingobernable, en condiciones peores que las de Venezuela. Ninguna de esas profecías se ha cumplido. El presidente electo ha demostrado en solo ocho días una capacidad de convocatoria que ha dejado sorprendidos a sus amigos, pero sobre todo a sus más enconados contradictores.

Para empezar, Petro ha invisibilizado totalmente a Iván Duque, quien pareciera que terminó su mandato en el instante en que el último boletín de la Registraduría proclamó al ganador de la contienda. Petro, en la práctica, le recortó a Duque su mandato ante los ojos del pueblo. El funcionario saliente, además, se llevará el título de peor jefe de Estado de la historia reciente de Colombia, superando en impopularidad a Andrés Pastrana, quien ostentaba el récord. Ni siquiera Samper con su proceso 8000 a cuestas salió de la Casa de Nariño en tan malas condiciones de popularidad

Los colombianos tienen la percepción de que Petro de hecho ya está gobernando, pues ha estado dando órdenes a alcaldes y gobernadores a través de su cuenta en Twitter, para que hagan el listado de los lotes saneados que tienen en sus territorios e iniciar el 7 de agosto la realización de su propuesta educativa. También prohibió la realización de más corralejas, después de la tragedia sucedida el pasado domingo en El Espinal, Tolima.

Petro silenció a los escépticos cuando informó que había conversado por cerca de 20 minutos con el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, lo cual dejó sin oxígeno a quienes pregonaban el cuento chimbo de que Estados Unidos se le atravesaría al presidente electo. No hay ninguna razón de peso para suponer que Colombia dejará de ser su aliado número 1, o que miraremos para otro lado del mundo en busca de una nueva estrella polar.

Colombia sin duda tendrá bajo el liderazgo de Álvaro Leyva Durán una política exterior que recuperará la dignidad perdida en el cuatrienio que termina, y en el que valga la pena anotar, no hubo política exterior sino sumisión descarada y vergonzosa a los Estados Unidos de Trump, y cuando llegó Biden nunca pudo acomodarse y recibió el más absoluto desprecio.

Con Petro pasaremos de un presidente viajero a un presidente impulsor de la integración latinoamericana, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y el rediseño de la Cancillería, que Duque y su secretaria general María Paula Correa convirtieron en el hazmerreír del concierto de las naciones. El presidente entrante está llamado a convertirse, por el contrario, en un líder de estatura mundial, cuyo primer paso será convertir la ceremonia de posesión en una Cumbre Latinoamericana que le augure a la política exterior un renacer. Que venga o no Maduro, no debe ser la noticia. Lo verdaderamente importante es que Colombia dejará de ser vista como una colonia en decadencia y volverá a ser vista como un país que tiene un líder que la hará respetar en un diálogo fluido y franco.

No se trata de enfrentarse infantilmente a Estados Unidos, sino de hablar con mayoría de edad sobre temas comunes: recuperar el respeto que se perdió con los países garantes de los acuerdos de paz, lograr recursos frescos de cooperación internacional para impulsar la agenda de paz y reconciliación que comienza el 7 de agosto. En ese sentido, se hace urgente retomar el proceso de paz con el ELN, y ahí la comunidad internacional es vital, así como la Iglesia católica, como lo anunció el presidente electo.

Otro gran acierto de Petro es su llamado al Gran Acuerdo Nacional, que ha tenido la respuesta positiva de los partidos políticos, gremios y demás actores convocados. La noticia en este campo ha sido el sí de Álvaro Uribe, quien decidió asumir la representación del Centro Democrático para sentarse a dialogar con Petro, una reunión impensable hace solo ocho días, que dará muchos titulares y, de ser positiva, sentará las bases definitivas del fin de la polarización y el avance sin mayores tropiezos de la agenda legislativa.

Uribe será oposición, no hay duda, pero no virulenta como muchos esperaban. Con el sí de Uribe y el no a la oposición de Rodolfo Hernández, la gran pregunta es quién hará la oposición en Colombia. ¿Fico o Cabal? Ambos siguen siendo voces enanas en un universo de grandes estrellas políticas que hoy están dispuestos a impulsar la agenda del cambio pacífico que encarna Petro.

El panorama hoy en Colombia es de optimismo. Por supuesto vendrán tiempos difíciles, pero no por la elección de Petro, sino por dinámicas que vienen de tiempo atrás y cualquiera que hubiese sido el presidente hubieran embestido.

La principal tormenta esta del lado económico, por el tsunami de estancamiento e inflación que recorre el mundo y amenaza el crecimiento mundial. Duque entregará un país que cuadruplicó la deuda externa y multiplicó el déficit fiscal. Enorme tarea tendrá el nuevo ministro de Hacienda, en cuyo nombre deberá acertar el presidente electo. No tiene derecho a equivocarse, porque una mal señal a los mercados empeorará el panorama.

Otra tormenta que deberá capotear el presidente será el descontento de las barras bravas de su propia coalición que le dio el triunfo, que no han entendido que para gobernar necesitan muchos aliados para que no los tumben, como bien dice Petro. Esas barras suponen, equivocadamente, que Petro tiene licencia para suicidarse en el primer acto. Y Petro no lo hará. Por ahora, lo que esta demostrando es que aprendió las lecciones del pasado y lo viste una nueva piel de estadista, más pragmático y sereno, dispuesto a escuchar y a gobernar en equipo, conectado con las nuevas ciudadanías y comprometido a cumplir su mandato, sin caer en tentaciones ni dejarse manosear de nadie. Y la oposición, bien gracias, aún no sabe qué agradecerle a Duque, su subpresidente efímero.

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