La muerte llega cuando le da la gana

Por F SÁNCHEZ CABALLERO

Ruperto Guerrero Bechara heredó la malicia mercachifle de su padre, un comerciante paisa, visajoso y culebrero que llegó a Quibdó en la década de los 30 para probar suerte, y acabó engendrando doce hijos a tutiplén. Ruperto era el hijo de Rutina Bechara, una huérfana negra venida de los lados de Vigía de Curvaradó con la esperanza de conseguir un marido o un empleo. No importaba en qué orden. Ruperto era un hombre hecho y derecho cuando se embarcó. Su herencia aventurera lo llevó a Cartagena en una barcaza rústica y maloliente, llena de plátanos, puercos, gallinas, guacamayas, y bocachico salado. 

Se estableció en Turbaco, con gran éxito en los negocios. Su espíritu alegre lo impulsó a recorrer cuanta fiesta o corraleja se organizaba en los pueblos cercanos. Se aficionó tanto al juego de pelota caliente que, sin acabar de entenderlo, terminó patrocinando a un equipo local. Bailaba charanga de forma particular; era dicharachero, reía por cualquier cosa y hacía morisquetas no sin algo de encanto.  Era un tipo fácil de querer: cuando le abrían el ruedo para que se jactara, mandaba trago para todos. Quizá eso llamó la atención de una “pelaita” culona y mosca-muerta unos veinte años menor, que desestimó los hábitos conventuales para echarle los perros a Ruperto sin recato. Tuvieron tres hijos, y al menos uno era evidente que no lo había hecho él, pero Ruperto acabó criándolos a todos como propios, hasta que cada uno se organizó lejos de la casa. La desdicha no tardó en llegar. Él seguía bailando charanga, pero a ella ahora le atraía más “la champeta”.

Cansado de los rumores, desaires y llegadas tarde de su mujer, Ruperto fue tomando distancia de todo y se refugió en su casa, agobiado por una dolencia en el pecho, un jasa-jasa, una fajina con la que no se hallaba, de esas que dan por el amor no correspondido o los cachos. ―Déjate de pendejadas―, le decía ella, ―esas son chocheras tuyas, ganas de poner pereque con tal de amargarme la vida, porque no puedes verme contenta. Debido a esa convicción, ella lo sacó de su pieza y lo parapetó en el cuarto de rebujos junto al patio de atrás, para que no le atormentara la vida con sus ronquidos y su cantaleta.

El día que murió Ruperto nunca se supo con certeza, pues desde el 24 de diciembre ella estuvo emparrandada y solo en la mañana del 1 de enero ella se quejó por el hedor a muerto de la casa. «Muerte en la orilla del río», acrílico sobre lienzo del autor de la crónica.

Una noche le armó alboroto en un baile donde la encontró tirando “champeta” con un negro chambaculero que la tenía horqueteada contra el picó para ejecutar sus movimientos pélvicos con fruición. Desde entonces ella optó por encerrarlo con candado, para que nunca más la avergonzara en público ni le importunara sus furtivos encuentros amorosos en privado. Allí lo relegó a pan y agua. Arrinconado en ese pequeño cubículo y alejado de todo contacto con la vida real, Ruperto terminó por cogerle gusto a la soledad con mansedumbre. Su único contacto con el mundo era un pequeño transistor de pilas que adaptó a la energía para escuchar todo lo concerniente al torneo local y a la serie mundial de béisbol. Su entusiasmo llegaba a su apogeo cuando el juego se iba a extra inning. Como en el béisbol no puede haber empates, le seducía la idea de que un encuentro pudiera durar eternamente, y escuchaba cada partido como la continuación del anterior, en el que sus integrantes se alternaban una y otra vez desde siempre y para siempre. Su apego a la vida no era excesivo, pero sospechaba que no podía morir mientras el juego no acabara. Inoficiosamente se aprendió los nombres de todos los equipos de las ligas mayores, el average de cada pitcher, y el promedio al bate de cada jugador frente a lanzador zurdo o derecho… A veces alardeaba un poco al respecto para tratar de romper el hielo, pero a su mujer el tema no le importaba. Sin verle la cara al sol y sin espacio para ejercitar los pies, se encogió como una uva pasa y acabó tullido y postrado en ese pequeño colchón de paja. Sus amigos no volvieron a saber de él. Algunos pensaron que había muerto, otros creían que se había ido a Venezuela, donde uno de sus hijos. Sin precisar detalles y con voz afligida, ella se presentaba como la víctima de una triste historia de abandono.

Una vez al mes ella esparcía un poco de creolina en el cuarto para ahuyentar los malos espíritus. Temeroso, él seguía cada uno de sus movimientos con ojos espantados. Tímidamente le preguntaba si ya había reclamado la plata del arriendo, pero ella se limitaba a contestarle con interjecciones: ajá, mjú, eche… Con el tiempo él dejó de pronunciar palabra y todo su cuerpo comenzó a morir por dentro, todo su espíritu. Solo el beisbol parecía atarlo al mundo terrenal.

Ella alternaba amigos cada noche. En ocasiones iba con el pastor del culto, aunque algunas señoras cuestionaran su poco piadosa forma de pagar el diezmo. Tenían una bodega en arriendo y un pequeño apartamento en Cartagena, pero todos sus bienes estaban a nombre de Ruperto y no podría disponer de ellos mientras este viviera. El pastor lo sabía y a veces sugería la construcción de un templo en esa bodega, aunque hubiera que tomar medidas extremas. Ella había violado nueve de los diez mandamientos, pero se sentía incapaz de transgredir el quinto.

El día que murió Ruperto nunca se supo con certeza, pues desde el 24 de diciembre ella estuvo emparrandada y solo en la mañana del primero de enero, cuando el chambaculero se asoleaba desnudo en el patio y se quejó por el hedor a muerto de la casa, ella cayó en cuenta que hacía más de siete días no le llevaba nada de comer. Lo encontró como una momia en posición fetal. El radio aún transmitía un partido cualquiera; terminaba la parte baja de la novena entrada.

Como loca deambuló por las calles del pueblo en busca de un médico tratante para que le hiciera el acta de defunción y poder enterrarlo, pero fue inútil, ―es primero de enero―, le dijeron, ―los pocos que hay están borrachos.

Recorriendo los pueblos cercanos, llegó a las calles de Arjona. Allí, bajo un palo de tamarindo, rodeado de amigos y un reguero de botellas vacías, encontró por fin a un especialista. Una olla de sancocho hervía sobre tres bindes, y Alejo Durán sonaba a todo volumen en los bafles de una enorme grabadora. No sería fácil alejarlo de ahí. El tipo estaba dispuesto a firmar el acta de defunción siempre y cuando no tuviera que interrumpir la parranda. Parodiando a Durán, el médico esgrimió dos alternativas: ―Me traes al muerto o, me das “sus señas, el nombre y la filiación”.

―Se llamaba Ruperto Manuel Guerrero Bechara―, comenzó diciendo ella entre afligida y fatigada, ―nació al otro lado del Atrato. Tenía el doble de mi edad, tres hijos conmigo, y quién sabe cuántos más en el Chocó. Su porte era más bien pequeño y casi tan calvo como usted. En su época fue el mejor bailador de charanga que había en Turbaco y sus alrededores. Era un hombre divertido, sandunguero, liberal, pero jamás se puso una camisa roja. 

―Ya es suficiente ilustración―, dijo el tratante mientras escribía en una vieja máquina. ―Ahora dígame, ¿de qué murió, y a qué horas estiró la pata el occiso? ―No sé de qué murió doctor, pero con seguridad fue ayer 31, cuando lo encontré ya estaba tieso.

―Ah qué hombre tan divertido, morirse un 31 de diciembre…

―Usted no lo conoció, doctor; él escogió justo este día para amargarme la vida, sabe que así tendré que guardarle luto cada fin de año. 

―La muerte llega cuando le da la gana, señora. Pero dígame, ¿Cómo sabe que está muerto y que no vamos a enterrarlo vivo? Puede estar borracho, es 1 de enero. ¿Usted le hizo la prueba del espejo, le cortó la falange de un dedo para ver si sangraba, le dio con un martillo de plata en la cabeza, pronunció su nombre tres veces?

―Ay doctor, hasta los gallinazos andan rondando el techo de la casa.

―Ajá… bueno, entonces firme aquí.

Con prestancia, el pastor dio aviso a un puñado de sus conocidos, y esa misma noche organizó la velación. Ruperto se consumió tanto, que una vez preparado su desmirriado cuerpo, fue suficiente el ataúd de un niño para su sepelio. Dada la desproporción del cajón con la persona que conocieron, sus amigos pensaron que se trataba de un entierro simbólico. Era imposible que el cuerpo estuviera ahí, porque para ellos Ruperto Guerrero, el hijo de Rutina, hacía tiempos había muerto.

www.fsanchezcaballero.net

@FFscaballero

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