La Monalisa desencantada

Por FREDDY SÁNCHEZ CABALLERO

Sorteada la requisa superficial del portero y la mirada torva bajo el ala del sombrero de rufianes y proxenetas, nos detuvimos en mitad del salón a observar el espacio con aire de cineastas en busca de un telón de fondo, de una locación. Era un bar con nombre de perro en el que los hombres con expresión zaramulla se sentían poseedores de un harem, y las muchachas, aclamadas y deseadas, tomaban cocteles de colores ácidos. Sus alrededores eran un verdadero desafío para el coraje en el Guayaquil de los años ochenta, pero paradójicamente, en su interior nos sentíamos a salvo. Íbamos en busca de una leyenda, de un personaje que se movía con fluidez en el submundo de la ciudad y cuyas contorsiones físicas y hermosura venían precedidas con un hálito de magia. Era una stripper legendaria cuyo espectáculo nocturno había traspasado barreras sociales y círculos de bohemios célebres, despertando nuestro interés. Luego de una rápida inspección supimos que estábamos frente a ella. Rodeada de misterio y aduladores, la vimos desenvolverse con la seguridad de quien se sabe el centro de atención. Era “La Monalisa”. En medio del bullicio del lugar y el rumor a boleros de un anacrónico Orlando Contreras, le dijimos que habíamos ido a filmar su show. Apenas si nos prestó atención.

Muchas palabras vimos desgranar de su boca húmeda y desvanecerse en el humo ocre del ambiente. Cuántas sonrisas escaparon desnudas de sus labios carnosos. Cuántas vacilaciones entre trago y trago, cuántos merodeos. Todo lucía en boca de ella.  Era una mujer mayor, pero su fulgor y picardía parecían hacerla dueña de todos los secretos de cuanta experiencia subrepticia existe. Sus grandes ojos negros y su maquillaje reteñido evocaban la mirada imperturbable de Horus. Esperamos. Luego de unos instantes deliberadamente calculados, apuró su último trago a distancia para no estropear el rojo de sus labios, se puso de pie exhibiendo con descaro su conservada figura y al saber que no tomaríamos nada, nos invitó a su cuarto con desgano.  

«Sus pies dejaron de flotar, sus tetas se agitaron al garete y de sus ojos negros brotaron chispas como golondrinas de un campanario al amanecer».

—Ya los hombres no son como los de antes—, dijo. Nos miró con la indiferencia de quien lo ha visto todo y señalando la cámara encendida, nos previno:

—Algunos de mis clientes tienen un pasado, y otra vida, pueden molestarse.

El sitio estaba abarrotado, todo lucía en penumbras. Cuando subíamos la escalera a nuestras espaldas se formó una algarabía y un estruendo de vasos, copas y botellas rotas, que desde todas las direcciones parecían ser lanzadas al aire para estrellarse contra cualquiera. Era como un juego diabólico entre muchachos traviesos que solo se interrumpió cuando se encendió la luz. Encandilados o enceguecidos, todos se paralizaron como en un ritual compartido y siniestro. Nadie salió herido, nadie dijo nada, como si se tratara de la impronta de la casa a la que ya estaban acostumbrados. Muy despacio, como evitando que sus movimientos pudiesen importunar a alguien, cada uno comenzó a levantarse, enderezó su mesa, miró de reojo sin fijar la vista en nadie y sacudió los vidrios. Una vez apagada la luz, la música continuó y las parejas volvieron a sus devaneos eróticos en la pista de baile, tan apretados como les era posible.

—No se dejen intimidar—, nos dijo ella sin sobresaltos, —tómenlo como una bienvenida.

Su cuarto era pequeño y sobrio, desprovisto de muebles y cuadros. Sus paredes estaban forradas con un papel tapiz de motivos florales en el que predominaban el negro y los tonos cálidos. Una alfombra roja con arabescos y cojines en el piso le daban un aspecto oriental.

—Mi show es internacional—, nos dijo ella mientras se cambiaba detrás de un biombo con caracteres geométricos y retocaba las líneas de su maquillaje renacentista. Nosotros preparábamos todo para la grabación. El micrófono aquí, la cámara por allá, las luces en este ángulo. Lo nuestro iba más allá de la curiosidad y el morbo del que ella venía precedida. La idea era hacer un vídeo artístico con una desnudista profesional, que ilustrara no sólo el entorno en el que se desenvolvía, sino la estructura de sus movimientos corporales y el concepto de su puesta en escena.

—Es un espectáculo máximo para nueve personas seleccionadas y su duración es de siete minutos—, insistía ella, —artistas importantes como el tal Botero, Arosemena, Rodrigo Arenas, Ríos…Venían a verme en la flor de mi juventud.

—El casete nuevo está en la grabadora, ya el sonido está listo—, dije a mis compañeros.

—El alcalde Guerra dejaba a sus guardaespaldas en las escaleras cada que venía. Solo se hacía acompañar de su hombre de confianza para abrirse la bragueta a placer y sin rubores—, comentó impasible tras bambalinas.

—Estamos listos. Orienten una lámpara hacia el biombo para registrar su salida—, gritó el camarógrafo, —Luces… Cámara… Acción…

Comenzó la danza de los siete velos. Ella asomó la punta de su zapatilla dorada estilo Scherezade y empezó a bailar con movimientos lentos de su vientre, apenas adornado con lencería de fantasía alrededor de su ombligo. El ritmo sutil de sus caderas envueltas en sedas multicolores, le imprimía un aire de liviandad a sus formas melancólicas e indolentes. Sus piernas largas y rotundas parecían evocar la gloria de una juventud intensa, pero se resistían por momentos al ritmo frenético de la música. El tatuaje de una corona de espinas circundaba su tobillo izquierdo como la promesa de un amor fallido y tortuoso. Con elegantes y estudiados gestos, sus manos soltaban uno a uno los minúsculos velos multicolores que cubrían su piel. Era como ver a Leonardo revertir por capas su proceso creativo, su sfumato. Cada veladura dejaba en evidencia el fiero paso del tiempo en aquellas formas que tanto admiraron connotados artistas y personajes de la vida bohemia y política criolla. Fue la época alegre y loca del dinero fácil, en que, debido a la persistencia y magnificencia de las propuestas, ella se sintió empujada a traspasar la delgada línea existente entre desnudista y puta.

La danza continuó. Ella, con una sonrisa aprendida y distante, quizá se acordó de los tiempos en que los hombres parecían contener su respiración, se tocaban, se mordían los labios y tragaban saliva en cada abrupto movimiento de sus caderas. Recordó sin duda el episodio aquel en que uno de sus admiradores, alicorado y libidinoso, quiso introducir un par de billetes en sus bragas con tan mala fortuna que se quedó con ellas en la mano y fue molido a golpes por una concurrencia enardecida, ebria y enamorada.

—Más luz—, decía el camarógrafo.

—Ojo con el cable—, decía el otro.

—El enchufe, el enchufe…

La música seguía al ritmo de las dunas y el quinto velo caía con lentitud. Sus dedos largos, llenos de anillos y abalorios, recorrieron su abdomen como una enorme araña y se aferraron a sus senos grandes como el mordisco de un animal. Por un momento desaparecieron sus ojeras y las manchas del sol en su piel canela; vestigio tardío, tal vez, de una orgía a pleno aire en una playa cualquiera. Hasta parecía más joven, más bella. Era fácil imaginar el revuelo que causaba en los hombres de su tiempo. Pero las pequeñas distracciones del entorno y nuestra insensibilidad exacerbaron su ánimo. Ella comenzó a apretar sus labios escarlata y su perturbadora sonrisa se hizo cada vez más difusa. Sus nalgas y muslos temblaron en un frenesí sin control. Empezó a extrañar, quizá, el clamor de quienes antaño extendían sus manos para tocarla o para recoger y oler al menos uno de sus abatidos velos.

—El cable, el cable— Susurró alguien.

Era más de lo que podía soportar. Sus movimientos perdieron precisión, sus pies dejaron de flotar, sus tetas se agitaron al garete y de sus ojos negros brotaron chispas como golondrinas de un campanario al amanecer. En un movimiento enérgico alargó su brazo hasta alcanzar el stop de la grabadora y gritó —¡Basta…!  Todo pareció detenerse a su alrededor, pero su grito podía verse rebotar en las paredes y en el biombo como una pelota de caucho hasta descansar mansamente junto a sus pies.

—La juventud no es verdadera—, dijo, respirando hondo, —es una imagen engañosa, un parpadeo, y una vez terminada, la música desaparece. Ya verán. Esto es quizá una anécdota para ustedes, un trozo de historia ajena. Pero para mí es la vida entera. Son los fantasmas a los que me enfrento cada noche. He sido seducida, humillada, querida y tantas veces abusada, que ya perdí la cuenta. Con todo y sombras, estos breves momentos sin gloria conforman mi mundo. Todo cuanto ven es lo que soy. Estas viejas lágrimas que lloro, esta piel cansada, esta desgastada danza; toda yo me encuentro aquí, desnuda, en este pequeño cuarto. Pero maldita sea, ¿quiénes son ustedes?, ¿de qué están hechos?, ¿qué los conmueve? En otros tiempos cuando iba por el tercer velo ya todos se estaban haciendo la paja. Definitivamente, ya los hombres no son como los de antes… (F)

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