La modelo del taller

Por FREDDY SÁNCHEZ CABALLERO

Era una muchacha trigueña, de sonrisa breve y mirada melancólica. Al final de la primera sesión de poses hizo un estiramiento lento y comedido, que convirtió en rutina y todos fingimos no ver. Luego de un rápido recorrido por el taller observando los dibujos de todos, se dirigió hasta mi caballete con parsimonia, cubriendo su intimidad con sus largas manos como una venus púdica. La vi venir con excitación. Mis pulsaciones aumentaron. No pude evitar sentirme turbado al observar sus pezones púrpura apuntándome inquisitivos, sus labios color frambuesa moviéndose acompasados ante mis ojos como el aleteo de una mariposa. Ya junto a mí, se abrazó cubriendo parte de su desnudez. No usaba maquillaje ni perfume, pude sentir su olor a fiera descarriada, las sutiles oleadas de su sexo. Su respiración cálida parecía robar el oxígeno de la mía, era intimidante. Mientras luchaba en vano por serenarme, trozos de imágenes turbias de todo su cuerpo seguían bombardeando mis sentidos sin control. Era mi primer semestre en la Universidad Nacional, mi primera semana. Nervioso, levanté la vista para contemplar la lenta danza de sus labios, esforzándome en vano por no mirar sus tetas de india Mapuche; no sé qué dijo. A mi lado se veía más grande y, aunque teníamos la misma edad, parecía mayor. Con torpeza le dejé ver los esbozos que en poses de tres y cinco minutos le había realizado, ella los detalló sin decir nada, con una sonrisa apenas perceptible.

Dibujos del autor, Freddy Sánchez Caballero, a la modelo protagonista de esta historia.

Había llegado de Viña del Mar, detrás de un amor a primera vista, pero en Medellín descubrió que la primavera no es eterna. Su cuerpo garboso, como la estatua de la India Catalina, se antojaba falto de brillo y espíritu, pero la magia oculta en sus ojos morenos se hallaba intacta. Estaba sola y sin dinero. Toda ella tenía el aspecto de un jardín descuidado. Desprotegida y desesperada, debía desnudar su cuerpo a la vista de todos para conseguir su tiquete de regreso, pues él la había dejado a su suerte. Las ciudades no son aptas para una muchacha desamparada, mucho menos en un país extraño. Su belleza podía abrirle algunas puertas, pero también podía acarrearle problemas. Después de un tiempo de muchas poses, de algunos tintos en la cafetería central universitaria, la ayudé a hacer cálculos: cuántas horas debía trabajar al día, cuántos días a la semana, cuántos meses, cuánto debía cobrar por hora para, una vez descontada la renta y gastos personales, ahorrar el dinero suficiente. Debía esforzarse más. Indagamos entonces con otros profesores y compañeros, para conseguir unas horas extra de modelaje en otro taller.

Poco sabía yo de su pasado, su futuro era un enigma, me bastaba con verla. — ¿Cómo puede alguien abandonar a una mujer tan bella? —, le dije un día.

Me miró con enojo, tratando de hallar en mis palabras un dejo de hostigamiento o mordacidad. Era una mujer herida. Dejó de hablarme casi una semana. 

Olvidado el percance, le mostré mis dibujos en su habitual recorrido y le insistí, sabiéndola desvalida, —no te enojes, puede que mis palabras exageren, pero mi mano no se equivoca.

—Esa no soy yo —, dijo. Después de cada pose, entre sesión y sesión, ella continuó viniendo directo hacia mí y se sentaba en mi butaca. Imitando al maestro con su tono sureño, criticaba lo desprolijo de mi línea, lo exagerado de su hueso púbico, lo flacas que había hecho sus piernas, su cuello. Y arrimaba sus senos sin pudor para que corrigiera la areola de esos pezones que yo había despachado con un círculo pequeño. Aquello se hizo un hábito. Con los días mis dibujos no tenían que justificarse ante sus formas bellas, pero al acercarse a mí su rostro travieso se iluminaba, pues seguía encontrando desaciertos, aunque tan solo fuera para que yo le repitiera lo perfecta que era. Al terminar la clase tomábamos tinto juntos, antes de irse con amargura al taller privado de un artista, o a la Universidad de Antioquia para otra sesión de modelo.

Uno que otro viernes salimos a tomar cerveza en cercanías a la universidad. Escuchábamos la nueva trova cubana, Aute, Serrat, dejábamos pasar la noche sin prisa. Así pude conocer su risa esquiva. Me hablaba en tono menor de sus gustos, de sus miedos, de sus pequeños sobresaltos sin resolver, de sus sueños truncados, de su aburrida cotidianidad. Gracias a su singular compañía pude acercarme a Víctor Jara y Violeta Parra, a quienes apenas había oído cantar de lejos. Leí por recomendación suya los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, y algunos anti poemas de Nicanor Parra, “un tipo ridículo a los rayos del sol”. Me habló del desierto florido de Atacama, de sus pies enormes, de sus desaforados trances desnuda bajo la ducha, de las impropias propuestas eróticas de un profesor, de lo mucho que extrañaba a su madre, de la preocupación por lo que pensaría el padre a su regreso.

Finalizando el semestre, me dijo que ya había recogido lo suficiente para volver a casa. Pese a que presentía su partida, sentí que el mundo se me derrumbaba. Enmudecí. En las propuestas pictóricas del Taller Central, algunos de mis compañeros trabajaban las montañas paisas en todos sus matices de verde, otros optaban por caóticos paisajes urbanos en tonos grises. Y el resto, influidos quizá por las últimas oleadas del Expresionismo Abstracto, carecían de un tema formal…Yo en cambio, sin más voluntad que la emanada de su cuerpo, solo podía representarla a ella. ¿Qué podía trabajar en adelante? ¿Quién sería la musa de mi inspiración sin sus formas trigueñas? ¿Cuál mundo representar, si en tan poco tiempo ella se había convertido en mi mundo?

Mientras luchaba en vano por serenarme, trozos de imágenes turbias de todo su cuerpo seguían bombardeando mis sentidos sin control.

 —Tal vez cuando llegue mi padre me confine al encierro, y mi casa se convierta en mi tumba—, dijo, —quizá mi futuro esté reservado a un convento de monjas.

—No te apures— le dije, —como el arte, el amor es una ilusión terca y rompe cualquier barrera. Con la certeza de que jamás la volvería a ver, gasté esos últimos momentos observando su portentosa belleza, tratando con desespero de retener sus gestos, sus rasgos exóticos, todo su encanto. Callada, ella tomó los que serían los últimos sorbos de café en mi presencia. Con desespero recorrí cada centímetro de su rostro, sus cejas negras, sus pestañas largas, el color indeterminado de su mirada morena; observé el recorrido del pocillo hasta su boca y el lento ritual de la lengua barriendo sus labios.

—Si no es mucho pedir, quisiera uno de tus dibujos con una dedicatoria, como recuerdo de esta época loca, indescifrable y extraña dijo, vacilante.

Fuimos hasta mi casillero, saqué un rollo enorme con los dibujos en los que su cuerpo desnudo aparecía representado en todas sus formas: de pie, de frente, de perfil, reclinada, en escorzo, de espaldas… Se detuvo en cada uno de ellos como si nunca los hubiese visto. Sus ojos se humedecieron. —Nadie me veía como tú—, dijo. Luego de mucho rato, escogió un rostro inconcluso de expresión nostálgica. —Esta soy yo— susurró. Y me lo alargó.

Antes de firmarlo, le escribí una parodia de lo que escuché al maestro de anatomía:

—No sé qué somos, pero estamos hechos de recuerdos, de miradas propias y ajenas, de las líneas de tu cuerpo, de los cafés que tomamos juntos, de las palabras que callamos.

Se despidió con un beso húmedo en mi mejilla, una mirada triste y su leve sonrisa frambuesa. (F) 

@FFscaballero

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