La masturbación de las Fuerzas Militares

Nadie se esperaba esa cifra, ¡ni remotamente! Durante más de una década Colombia se acostumbró y aceptó -de alguna manera- los llamados “falsos positivos” dentro de un rango que iba de 3.500 a cerca de 10.000 asesinados. Un rango que resultaba consistente y balanceado, comparado con las cifras de bajas en combate que arrojaba la guerra. Por eso cuando la directora de Medicina Legal, Claudia García, dijo que quedaban unos 200.000 cuerpos enterrados en fosas comunes por identificar, la integridad moral de Colombia se vino al piso como un castillo de arena. No es que estuviera muy firme, en todo caso, pero esto es diferente, muy diferente: 3.500 civiles asesinados, por trágicas que hayan sido sus muertes, aún pueden contabilizarse como el daño colateral que desgraciadamente traen todas las guerras. Pero 200.000 no son un daño colateral, constituyen un genocidio.

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En el pico de la guerra contra las Farc se calculaba que esta organización guerrillera tenía cerca de 50.000 efectivos, sin contar cuadros urbanos. Digamos que otros 15.000 efectivos hicieran parte de los cuadros urbanos; eso nos daría un total de 65.000 insurgentes en su pico máximo. Pero las cifras que reveló Claudia García son más de 3 veces este número, asumiendo que el Ejército hubiera matado a todos los cuadros guerrilleros en el monte y en las ciudades, algo que no sucedió. Incluso si el Ejército hubiera mantenido un coeficiente de efectividad del 15% anual (10.000 guerrilleros abatidos en combate por año) durante 20 años seguidos, las cifras no cuadran. Y el cálculo se hace aún más inverosímil si consideramos los esfuerzos que hubieran tenido que hacer las Farc para remplazar ese catastrófico porcentaje de bajas, año tras año, durante 20 años. Esto para no decir que, si el Ejército hubiera tenido un éxito de esa magnitud, la guerra habría acabado en un par de años por simple sustracción de materia. En otras palabras, el Ejército habría exterminado a las Farc, algo que sabemos nunca sucedió.

No, la única explicación posible es que esos 200.000 cuerpos corresponden a falsos positivos.  

En la antigua KGB, la organización que precedió a la “putinesca” FSB, existía un chiste que surgió de los espantosos gulags que los soviets mantenían al otro lado de los Urales: “Las preguntas no son el peligro; el peligro son las respuestas”. Creo que esa es la sensación que tiene más de medio país al conocer estas cifras de Medicina Legal. ¿Cuál puede ser la tétrica respuesta que explique esos 200.000 cadáveres? ¿Cómo y por qué terminaron esas 200.000 personas en una fosa común sin identificación alguna? ¿Quién los mató?

En realidad, son preguntas retóricas. Todos sabemos quién los mató y por qué. Siempre lo hemos sabido. Los culpables vivían, comían y bailaban entre nosotros. En algunos casos, eran nuestros conocidos y amigos, incluso nuestros parientes. Pero para darle algo de crédito a la mayoría de los colombianos, dudo que alguien supiera a ciencia cierta que los falsos positivos sobrepasaban los 30,000 en el peor de los casos.

Por otro lado, los números del mal llamado “Plan Colombia” tampoco cuadran. Es sabido por todos, dentro del circuito de las Fuerzas Militares, que la política de medición del progreso de la guerra, con base en “enemigos abatidos” (body count), fue impulsada con recompensas que pasaron a llamarse “gastos reservados”. Esos benditos gastos reservados arribaban de los Estados Unidos en tulas como “corones” de traquetos, y eran administrados por los comandantes de división, brigada y batallón. Cada guerrillero muerto tenía un precio, y dicho precio oscilaba entre $2-5 millones de pesos, según fuentes de las Fuerzas Militares que he consultado en el pasado. Un genocidio de 200.000 personas para cobrar esas recompensas, a $5 millones por cabeza, son 1 billón de pesos. Es decir, unos 700 millones de dólares de la época. A eso hay que sumarle otro tipo de recompensas igual de clandestinas, por ejemplo guerrilleros capturados, equipo capturado, fusiles enemigos capturados, etc., monto que podría ascender a otros $700 millones de dólares, pues siempre son más los enemigos y el equipo capturado que las bajas fatales (tal vez no en este caso particular).

Entonces, estamos hablando de un monto de $1.4 billones de dólares en el presupuesto del Plan Colombia del cual nunca se tuvo registro. En esa dimensión de cosas, es fácil deducir lo que sucedió:

Estados Unidos desempolvó las directrices de su famoso “Programa Phoenix”, implementado durante la última fase de la Guerra de Vietnam, y se lo sirvieron en bandeja de plata al Gobierno colombiano.

El Gobierno, amenazado por una guerrilla cada vez más fuerte, no tuvo más remedio que transformar a sus Fuerzas Militares en una fuerza de mercenarios para estimular la guerra de exterminio de las Farc que pensaba llevar a cabo. Entonces, se le puso precio a cada guerrillero muerto.

Lo que no calcularon los americanos, era que los militares colombianos, humillados durante décadas con sueldos miserables y condiciones deplorables, y obligados a perseguir a narcotraficantes y guerrilleros enriquecidos con el dinero del tráfico de estupefacientes, se volvieran locos con esas tulas llenas de plata y comenzaran a jugar el juego de la “cacería humana”. En este juego no importa quién sea la víctima, mientras esta tenga un precio.

En un país como Colombia, un país con una población rural abandonada y mal contada, ese juego resultaba de una perfección grotesca. Lo único que había que hacer era internarse en el monte, buscarse a alguien pobre y de piel oscura y meterle un tiro en la cabeza. Luego, ponerle un camuflado viejo y unas botas de plástico, e ir a cobrar la recompensa. En otras palabras, las Fuerzas Militares resarcían su frustración de no poder derrotar a las Farc en el campo de batalla con un jueguito paralelo que dejaba buenos dividendos en metálico. Para decirlo en español castizo y franco, un juego que representaba una “masturbación”, pues esa no era la guerra de verdad-verdad.

Como nuestros corrompidos y fracasados militares no podían con las Farc en el campo de batalla, iban y se hacían la “paja” con los indefensos, los minusválidos, las mujeres, los niños, y todos aquellos con la mala fortuna de haber nacido en el lugar equivocado. En eso consistió el Plan Colombia: un largo y macabro “pajazo” para expiar la frustración de no poder acabar con las Farc.

Han existido docenas de genocidios a lo largo de la historia, todos con objetivos raciales, étnicos o como resultado de una lucha por tierras. Sobresalen, claro, el Holocausto Nazi, el genocidio Armenio, la Conquista de América, la guerra de Ruanda, los pogromos de la Rusia Zarista, etc. Pero este genocidio llevado a cabo en Colombia es el único genocidio de la historia que cuenta como una “masturbación”.

Retrotrayendo mi columna de la semana pasada en este mismo portal (“Los 50 de Varito”), Uribe es un ser único en la historia de Colombia y quizá también en la historia de la Humanidad. Es el único tipo que, cuando se hace la paja, eyacula muertos en vez de semen. La semilla de la vida en el resto de los hombres, es en él la semilla de la muerte.

P.S. 1: Traten de tener una feliz Navidad, si pueden, después de este año tan tormentoso.

P.S. 2: Recomendación para estas festividades. Por favor vean “Los dos papas” (The Two Popes), de Fernando Meirelles [El mismo de “La Ciudad de Dios” (2002)] en Netflix. Es la mejor película que he visto este año, un film “maravilhoso”.

@priast

24 comentarios sobre «La masturbación de las Fuerzas Militares»

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  3. Como la directora de Medicina Legal, Claudia García, no precisa el lapso de tiempo en el que ocurrieron esos 200.000 asesinatos, empecé a buscar publicaciones y datos cuantitativos y análisis sobre el continuado genocidio colombiano. Ofrezco disculpas por no incluir ahora mismo las citas; el contenido, grosso modo, es el siguiente:

    Entre 1946 (o 1948) y 1970 se manejaron cifras entre 200.000 y 300.000 víctimas de asesinato por parte del Estado. Un autor de la Universidad Nacional discute trabajos previos, luego hace un histograma anual de homicidios hasta 1970 y “filtra” todos aquellos que año a año serían debidos a muertes violentas por causas no políticas. Aplica métodos estadísticos modernos que incluyen considerar variables con poco peso cuantitativo y llega a cifras anuales para esos 22 años (1948 – 1970 o 24 si no recuerdo bien y el conteo lo inició en 1946). La cifra mínima a la que el autor llega es de cerca de 135.000 asesinatos estatales y para estatales. Me sorprendió que el periodo de mayor número de difuntos fue el cuatrienio inicial del Frente Nacional con “Lleritas el dientón” y no, por ejemplo el del Cazador del Paletará o Carnicero de Marquetalia y Riochiquito, abuelo de Paloca Violencia. De paso, porque ese Carnicero instauró de manera oficial el más reciente paramilitarismo con oficiales del Ejercito de los Estados Unidos en el Magdalena Medio. Debía correr el año 1964.

    Es necesario, entonces, preguntarle a la doctora García en cual lapso de tiempo Medicina Legal cuantifica o estima los muertos en 200.000.

    Por gajes de mi oficio desde hace décadas recorro el país, incluidas ciertas regiones de difícil acceso y permanencia. Lo digo porque por pura sensación – percepción me inclinaría a pensar que esos 200.000 abarcan un lapso de tiempo superior a los 20 años de este Siglo XXI. Con esa “sensación” no descarto que el mayor porcentaje de esa cifra haya ocurrido durante la Mano Firme Ensangrentada de los dos gobiernos directos de A. Uribe Vélez. Tal vez algo del horror que produce ese guarismo de dos centenares de miles me inclina a razonar que no todos ocurrieron en estos primeros 20 años. Pero no lo descarto.

    En cualquier caso, lo que vivo casi directamente en el SW del país, más la máquina de muerte frentera que ahora es el ESMAD en las ciudades, conduce a pensar que la capacidad de asombro frente al horror del modelo de Estado en que me ha tocado vivir, puede estar corta todavía.

    Un indicio de esa capacidad de asombro todavía limitada ha ocurrido esta semana, con el silencio cómplice de altos funcionarios incluido el Primer Empleado de los colombianos, de sus medios de descomunicación de masas, los proyectos de Ley aprobados, o casi, en el Congreso y, para colmo, la actitud servil de líderes como don Jorge Robledo que desesperadamente convoca a debates con Petro (sobre su salida del Polo) para generarle comidilla al Trío InMoral-Hassan-Velez, la Rueda que ni Darcy ni rueda ni pan ni canela, la Gurrissappi y la Vicha Dávida, amén de la Insana Hernández.

    Hace unos poco tiempo la cifra de 10.000 (proveída por medios ingleses, creo) me sacudió el asombro. Si García tiene datos de 1970 o 1971 a 2019, 200.000 puede ser poco. Si el periodo es, digamos, 1998 o 1991 a 2019 … no se.

    En cualquier caso, el número de desaparecidos directamente asociados a crímenes de Lesa Humanidad es espantoso. Basta tratar de recobrar la memoria sobre cuántos fueron tirados al Cauca en los puentes de Bolombolo o de Ituango, o cuántos cuerpos recogía cada semana un grupo, liderado por un personaje de alta calidad humana que tuvo que agrandar el Cementerio de Marsella en Risaralda. Muertos que flotaban días después en un remanso del Cauca entre Risaralda (el municipio) y la desembocadura del Irra al mismo Cauca.

    Estas reflexiones tienen también el propósito de reconocer y apyar un poco a los aportes de don Felipe A. Priast y de invitar a RePênsar a esta Nación en construcción para cuyo fin el conocimiento es esencial como herramienta para un Estado purgado de sus actores monetaristas a ultranza (o Neoliberales, de la Escuela de Chicago, como los llaman hoy), de sus actores corruptos, mafiosos, paracos, vividores, los de la “divisa paisa” del “Haga plata mijo, haga plata bien habida. Y si no se puede … pues haga plata mijo”.

    Borrador, pero Quo scripsi scripsi de una especie de Alea Jacta Est con brisa fresca y noche estrellada.

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