La autopsia del Atarván

Por FREDDY SÁNCHEZ CABALLERO

  • Era un hijo de puta con todas sus letras, señor juez. Perdóneme, pero no todo muerto fue bueno.

Con estas palabras remató su alegato el vigilante durante el juicio. Todos coincidían en que el Atarván era un desgraciado. Heredero único de una familia de comerciantes árabes, malversó el dinero de sus padres y los confinó a un abandono vergonzante. Su talante arbitrario y la infinita ordinariez con que trataba a sus socios, acabó echando al traste sus relaciones comerciales y dándole el remoquete.

El Atarván insultaba a los clientes, maltrataba a los empleados y despreciaba a los negros. Asesinó con una pala a un muchacho del que sospechó robaba en su almacén de abarrotes. A un carretillero que obstaculizaba el paso a su negocio, le destrozó la carreta a martillazos. Éste lo amenazó de muerte, pero no pudo cumplir su promesa: siete días después apareció flotando en la orilla del río junto a la plaza de mercado. El Atarván no tenía amigos. Cuando estaba tomando ron, agredía o disparaba a las personas por un mal entendido: porque lo miraban feo o por que le negaran bailar una chirimía con una mujer ajena. Se especulaba también que era culpable del ahogamiento de un comerciante cartagenero a quien le debía dinero. Acabó en el fondo del río, ebrio y en calzoncillos, una madrugada en que ambos bajaban por el Atrato en una lancha rumbo a Turbo.

Prudencio Ortega, médico cirujano de prestigio en el Quibdó de los años 70, era un tipo honorable, apuesto, de familia distinguida. Su reputación se extendió tan rápido como el río Atrato cuando se desparramaba sobre las calles de la mal gobernada ciudad. Su presencia era celebrada con regocijo entre la precaria sociedad blanca de Quibdó, que no obstante veía con preocupación “¿cómo es que rayando los 30 años Prudencio no ha conseguido mujer?”. El círculo no era muy amplio. Las mejores muchachas casaderas pertenecían a su familia y eran recurrentes los casos de malformaciones y taras entre primos, por las uniones entre parientes. Esa era su desgracia. Como médico lo sabía y para evitar cualquier sorpresa, dada la fama de mujeriegos de su padre y de sus tíos, Prudencio Ortega decidió buscar mujer en Panamá. Después de una escueta pesquisa encontró a la que creyó apropiada para sus altas expectativas: una mulata esbelta, casquivana, de buena familia. No obstante, según las malas lenguas, en la luna de miel su cuerpo no resistió el voltaje de la panameña y quedó confinado a una silla de ruedas. Él en cambio atribuyó su repentina invalidez a un parásito adquirido meses atrás en las primeras expediciones que se hicieron para explorar el fallido Tapón del Darién.

A causa del infortunio, fui contratado como prosector de Prudencio Ortega: ayudante de disecciones. Mi amistad con la familia y mis precarios conocimientos en primeros auxilios fueron suficiente carta de presentación. Tuve que fortalecer mis escrúpulos y echar mano de mi hígado de gallinazo, pero después de muchos procedimientos, debo reconocer que nada me preparó para afrontar la autopsia del Atarván.

«Recostada de pie, con los brazos asidos a una columna semejando una cariátide etrusca, la mujer lloraba de forma imperceptible».

Mi trabajo consistía en abrir los cuerpos, seguir el curso de las heridas si las había, exponer los órganos a ojos del doctor, hurgar y describir lo que veía en su interior, guardarlos en su sitio y volverlos a cerrar. Debía velar además por el cuidado y mantenimiento de las herramientas que, pese a mi esmero, el clima y la humedad deterioraban con rapidez. Las limpiaba con cuanto químico encontraba: tricloruro de metilo, peróxido de hidrógeno, permanganato de potasio, yodo o hasta zumo de limón, para mantener el óxido a raya. Pero todo esfuerzo fue inútil.

El Atarván era un tipo francamente molesto. Sin previo aviso la emprendía a golpes contra el que le contradijera o no se apartara del camino a su paso. Con frases ofensivas, palabras obscenas y empujones, se abría paso por los apretados andenes rumbo a su almacén. Todos le temían. Convencido de su preeminencia y del miedo que infundía, quiso entrar a la brava a un establecimiento nocturno. En el forcejeo con el vigilante, recibió un disparo en la cabeza. Excepto su mujer, nadie lo lloró.

El anfiteatro quedaba en el sótano del hospital, junto al río. Igual que hoy, los recursos eran precarios y los cadáveres se amontonaban en un cuarto maloliente, sin refrigeración, devorados por bichos y ratas. Para no vernos sometidos a semejante infierno, el doctor Ortega decidió hacer la autopsia en casa del muerto, sobre la mesa del comedor.

Un mantel de hule a cuadros cubría las tablas de roble. Con una toalla húmeda su esposa limpió la sangre espesa que a borbotones había cubierto gran parte de su cuerpo. Era un hombre grande y corpulento. Al quitarle el pantalón, su desnudez le arrancó un último suspiro a la mujer: el gajo de su naturaleza de tamaño desmedido emergió de un salto como un moncholo en una red. La mesa era de ocho puestos, pero sus pies le quedaban colgando. Para evitar a los curiosos, que a esa hora de la mañana comenzaban a arremolinarse, el doctor hizo cerrar puertas y ventanas.

Afeité la tupida capa de vellos que cubría su pecho y parte de su espalda, dejando al descubierto cicatrices de viejas heridas con apariencia inocua. Sus sobacos estaban cubiertos de una sustancia blancuzca (maicena, bicarbonato y limón) que usaba como aislante para ese golpe de ala que tanto le repugnaba en los negros. Tatuada en su tórax, una pequeña espada atravesaba un corazón del que salían tres gotas de sangre. Su mujer pensaba que se la habían hecho en el Ejército. Creyendo que era un proyectil, abrí una protuberancia verdosa que tenía bajo la piel de su hombro derecho y hallé un crucifijo de oro cabeza abajo, acostumbrado por malandros para protegerse de sus enemigos y hacerse los porfiados ante la muerte. Ella no sabía cuándo ni quién se lo puso.

Debía yo levantarle la tapa de los sesos, así que rapé su cabellera espesa con una barbera y el doctor Ortega me señaló con una tiza de sastre por dónde hacer la trepanación. Con una segueta desdentada arremetí contra su enorme cabeza, pero no resistió el embate y se rompió al tercer envión. Un serrucho de carpintería que recién afilé diente por diente, fue necesario para rebanar su cráneo como aserrando un coco. Al darle la vuelta, sus sesos quedaron expuestos, blancos y sanguinolentos, semejantes a las tripas brumosas del totumo. Un surco marrón señalaba la trayectoria de la bala que entró por la frente y rebotó en la cara interna de la bóveda craneana dando saltos inesperados. El disparo provocó grandes destrozos en un zigzag que no solo evidenciaba los motivos de su muerte, sino que parecía dibujar el mapa sombrío de los turbios pensamientos que motivaron sus crímenes. 

Encerrados en la sala, el oxígeno comenzó a faltar, bajo el influjo de la mezcla de químicos que expelían las herramientas. El calor era insoportable, el aire era un caldo pegajoso a punto de rebullir, una sopa de inmundicia donde las moscas parecían flotar estáticas sin necesidad de agitar sus alas. Sentí náuseas. Se respiraba con dificultad. Sin un café en el estómago y a punto del desmayo, comencé a adentrarme en el abrupto paisaje mental de ese ser despreciable.  

En los soles apagados de sus pupilas, pude intuir el origen de su pensamiento enrevesado. Me espantó hallar mi reflejo en el brillo ácido de sus córneas malogradas. Amedrentado, cerré sus párpados y, pese a mis guantes de látex, sentí un pinchazo en la yema de los dedos con sus pestañas ponzoñosas. La bala entró por la glándula pineal, simulando un tercer ojo entre sus cejas de burro.  Tras el globo ocular, en su intacto aparato lagrimal, atemperaba sus pies descalzos una figura nigromántica que, tal como yo, parecía disponerse para el oficio hurgando sus vísceras. Frente al caracol de sus orejas sangrantes, se oían reventar las olas de un mar cobrizo contra un arrecife de cartílagos en los que la muerte se regodeaba insolente. Seguí el curso estrecho de la bala. Hallé en los vericuetos de su mollera truncadas historias de lascivia cubiertas por una lúgubre capa de hastío. Entre ventrículos blancuzcos semejantes a una cantera de mármol abandonada, serpenteaban venas rotas, torrentes fétidos por los que saltaban colas de lagartijas o acaso los restos de sus difuntos.

Un enjambre de mariposas atravesadas con alfileres escapaba de una multitud que intentaba atraparlas con redes desfondadas. En su hipotálamo, entre el lóbulo central y frontal, vi a un puñado de engendros con aspecto goyesco arrojando desde una barcaza al comerciante aquel sin ninguna consideración. El lago cenagoso de su líquido raquídeo albergaba una parvada de cormoranes que engullía ojos humanos en lugar de peces. Junto a un bote encallado que nunca llegó a su destino, una criatura informe deshojaba los sueños de muchachas impúberes por cuya inocencia pagó, como arrancando pétalos a una margarita. En sus orillas desfilaba un perturbador cortejo de víctimas que lloraba desconsolado su destino incierto. Arrinconado en lo más profundo del lóbulo temporal, vi un bosque en llamas plagado de aves ciegas que se alimentaban de oscuridad y de miedo…

Pero no todo era caos: observé inquietantes paisajes de ensueño, amaneceres con tonos expresionistas irracionalmente hermosos; acertijos, pergaminos finamente caligrafiados con palabras enigmáticas que parecían contener el santo y seña hacia alguien diferente, otra persona, un hombre bueno. Una puerta siniestra, protegida con sellos y candados oxidados impedía el acceso al lugar de los sueños. Había pensamientos evasivos, infalibles, frases motivadoras que nunca usó; trozos de ficciones poéticas; rosas marchitas, corazones apilados como cántaros rotos, emociones extrañas, sentimientos extraviados, pasiones sin explorar…

Recostada de pie, con los brazos asidos a una columna semejando una cariátide etrusca, la mujer lloraba de forma imperceptible. Contrariado con mis descripciones, el doctor Prudencio Ortega había dejado de llenar su informe. Hizo abrir la ventana. Una sombra densa salió por ahí, repicándose contra los bordes como un ave con un ala rota, y la piel del Atarván humeó al instante alcanzada por un rayo de luz azufrado. Afuera el pájaro de la muerte cantó tres veces, no más de eso. Una bocanada de aire impactó mi rostro y la sala se enfrió por completo. Mi garganta se cerró, presa de un fuerte amargor astringente. Pude ver mi estupor en la mirada crepuscular del doctor Ortega. Fue mi última autopsia. (F)

@FFscaballero

7 comentarios sobre «La autopsia del Atarván»

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