«Hay que aplastar al enemigo»

Por FREDDY SÁNCHEZ CABALLERO

En Colombia tenemos la tendencia a magnificar lo que vemos por fuera antes que lo relativo a nuestro entorno. Después de 200 años de guerras intestinas continuas, nuestra sed de venganza sigue intacta. No se sacia. No satisfechos con vencer al enemigo, queremos humillarlo. Exigimos el escarnio público, el arrepentimiento una y mil veces, como acontece con la cúpula de las FARC en cada pueblo, frente a cada víctima, cada vez que un alcalde menor siente deseos de hablar duro para ocultar sus falencias y dormir mejor: “vuelve el perro al vómito” y exhorta a un arrepentimiento vergonzante frente a la tarima.

La historia nos enseña que los verdaderos transformadores lo hacen centrados en su corazón y en el ejemplo, con verdadera empatía y una habilidad natural para ponerse en los zapatos del otro. Son líderes consecuentes y congruentes, ven las posibilidades de cambio del contrario y las potencian. “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”, dijo Gandhi. Los líderes transformadores ven a sus contrarios no como un bando, sino de forma personalizada, su equipo de trabajo es ante todo humano.

Si por algo se ha equivocado la derecha en este país, es por creer que solo ellos están capacitados para gobernar, que solo en su gremio encontrarán personas idóneas para conducir sus intereses. Por eso todos sus colaboradores son de derecha, todos piensan igual a ellos, no existen ideas divergentes ni posibilidades de transformación, todos son ambiciosos, y entre ellos potencian su avaricia porque piensan que es lo apropiado: -estamos en la orilla correcta de la historia, se repiten.

Con el caso de Luis Pérez y su aspiración al Pacto Histórico, me parece estar viendo la discusión entre Martin Luther King y los líderes negros que se negaban a aceptar la participación o el apoyo explícito de personalidades blancas en la marcha a Washington para garantizar a cada ciudadano sus derechos civiles. -Esta es solo una lucha de negros, decían; no podemos aliarnos con los blancos que toda su vida nos han esclavizado y humillado, que han violado a nuestras mujeres, nos han asesinado… “Yo tengo un sueño”, dijo él entre otras cosas, “vivir en un mundo donde todos podamos abrazarnos como hermanos”. -Esta es solo una lucha de decentes y honrados, decimos nosotros en la distancia, no todo vale, no podemos aliarnos con quienes han cohonestado el terrorismo de Estado, han tenido vínculos con la corrupción y han apuntado con su dedo acusador a los que luchan por sus derechos en los campos y barrios pobres.

¿Por qué solo tendemos a admirar a los grandes hombres después de muertos o cuando los vemos en las pantallas de cine? Quizá nuestro más reciente símbolo de resistencia sea Nelson Mandela, la única esperanza de cambio entre la raza negra sudafricana. En contra de todas las recomendaciones, y luego de un triunfo contundente en las urnas, Mandela se negó a humillar a sus contrincantes. Así, logró unir a negros y blancos. Perdonó a quienes lo persiguieron y lo encarcelaron durante 28 años, y no satisfecho, nombró entre sus colaboradores a personas que habían sido sus enemigos, que habían participado en gobiernos anteriores. (Yo, que no soy un cristiano convencido de aquello de poner la otra mejilla, espero, desde lo profundo de mis tripas, que estos personajes criollos, salidos de las entrañas de la bestia, retribuyan con la misma altura que los sudafricanos a su líder).

A nadie le gusta Luis Pérez, nos parece un hombre despreciable, un sátrapa, un individuo sibilino, artero, que ha sorteado con éxito escándalos y berenjenales reptando entre los vacíos de nuestras leyes y los vericuetos del poder. Ante individuos así, todos juzgamos con indulgencia el acto de Pedro en el huerto de los Olivos, desenvainamos la espada, queremos cortar mucho más que una oreja al truhan. No obstante, ahí estaba un tal Jesús para volver la espada a su vaina, y quizá la oreja. Pedro, en cambio, acabó ocultándose al primer canto del gallo.

¿Todo vale? Me parece escuchar a los fariseos preguntando a Jesús, que sumaba en la arena, para cuánto le alcanzaban diez denarios, porque el nuevo recaudador, el que dijo el Cesar, había decretado impuestos al pan sin levadura y al vino hecho en casa. -Esta mujer es una pecadora, una quita-maridos, una trepadora, una cualquiera, ¿cómo vamos a permitir que esta clase de gentuza entre al reino de los cielos? ¿Qué tal?

-Veamos, diría el tal Jesús, hecho un mar de tranquilidad, en este hipotético ejercicio dialéctico: -tú, ¿no gastaste parte de tu salario con esa prepago rubia de tetas prominentes y caderas de pilón? Y tú, el del tapabocas roto, ¿no votaste por el innombrable en la primera vuelta con el cuento de que querías volver a la finca que no tenías? Y tú, el de las greñas, ¿no votaste por el que dijo Uribe con el pretexto de que los de FECODE iban a adoctrinar a tu hijo y a volverlo homosexual? Y tú, ¿no te fuiste a ver ballenas en segunda vuelta sirviendo en bandeja como la cabeza del Bautista, el triunfo de ese Pilatos gordito que aún no acaba de lavarse las manos? ¿Y tú, y ustedes, a dónde van? Heey…

A escasos cinco años de la firma de un acuerdo de paz vituperado, aguijoneado y ninguneado, aún no estamos dispuestos para el perdón. “Solo aquel que es capaz de perdonar una ofensa, está preparado para amar”, diría Gandhi.

Hemos pasado la terrible página del paramilitarismo en Colombia, o al menos eso parece, cuando nos llegan noticias de una nueva masacre o el asesinato de otro líder social, aceptamos la versión oficial de que se trata de grupos delincuenciales indefinidos vinculados con el narcotráfico o cosa parecida, algunos llegaron a insinuar líos de faldas.

Es claro que Petro no es Gandhi, ni Luther King, ni Mandela ni mucho menos el tal Jesús, pero la vida y obra de los grandes hombres habrá perdido sentido si no nos sirve como ejemplo. Nunca sabremos de cuánto pudo ser capaz Jorge Eliécer Gaitán, qué tan transformadora pudo ser la gestión de Luis Calos Galán y de todos nuestros líderes muertos. Años después aún los seguimos llorando, pero no hemos desarmado nuestro espíritu ni nuestro pensamiento respecto de los vivos.

El final de los tiempos se acerca; cuando el gallo cante por segunda vez, y no reconozcamos la viga en el ojo, aún conservaremos la piedra en nuestras manos. (F)

www.fsanchezcaballero.net

@FFscaballero

*Imagen de portada, tomada de WordPress.

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