En Estados Unidos la pandemia es el menor problema

Por CARLOS GERARDO AGUDELO C.

Estados Unidos, un país que se define a sí mismo como “la nación más rica y poderosa de la Tierra”, está revelando sus enormes debilidades estructurales, su extraordinaria vulnerabilidad ante el ataque de un enemigo que ni siquiera puede ver, atacar, convencer, domesticar o cooptar para su propio beneficio: un pinche virus. El futuro probablemente revelará la pandemia del año 2020 como el comienzo de una larga y penosa crisis económica y social, que podría durar décadas, no solo debido al virus y la pandemia sino por las consecuencias potencialmente catastróficas -que ya se empiezan a manifestar- de un cambio climático implacable e irreversible.

                Una persona que vive de su trabajo y que se haya quedado sin empleo, carece de un colchón de seguridad que le permita pagar cuentas (arriendo, servicios, créditos, impuestos), ser atendido en salud y alimentar a su familia. Mucho más desde que las pocas y mal repartidas ayudas del Gobierno cesaron y que los políticos en el Congreso no se ponen de acuerdo para renovarlas. En cambio, los grandes bancos e instituciones financieras, las empresas que cotizan en la bolsa y sus accionistas, los fondos de inversión, etc., han sabido aprovecharse de un estado dadivoso que ha apalancado a muchos de ellos y les ha regalado o hecho préstamos que no se espera que devuelvan, miles de millones de dólares. El índice Dow Jones está alcanzado niveles similares a antes de la pandemia, aunque hay 40 millones de personas colectando seguro de desempleo. Esto en un país donde los sindicatos dejaron de ser relevantes hace mucho tiempo, la seguridad laboral es bastante precaria y el salario mínimo legal no sube hace décadas.

En Estados Unidos el capital maneja todas las cartas del poder y los seres humanos que viven de su trabajo tienen todas las de perder. Foto tomada de Los Ángeles Times

                Un ejemplo de debilidad estructural es la carencia de un sistema nacional de salud como existe en Inglaterra o en Colombia. Aunque Obama logró con éxito relativo construir una alternativa a los aseguradores privados, la salud en Estados Unidos está tomada en su mayor parte por grandes fundaciones, compañías de seguros y la muy rica, poderosa y rentable industria farmacéutica. Los estados, las ciudades y las universidades poseen hospitales, pero ellos también cobran y las compañías de seguros les pagan lo que digan. En Estados Unidos no existe legalmente la incapacidad por enfermedad o maternidad, por ejemplo, y los hombres se jubilan a los 65 años. Lo único que sirve es el seguro de desempleo, que también tiene condiciones y que cada vez alcanza para menos.

                Es como si en seis meses Estados Unidos hubiera envejecido diez años. Una sociedad basada en el consumismo desaforado y su contraparte, el desperdicio; que vive en una narrativa artificial elaborada magistralmente por los canales de información y del entretenimiento, los cuales nadan en esa forma de polución llamada publicidad; donde toda clase de epidemias causan cada años millones de muertes (obesidad, diabetes, depresión, alcoholismo, drogadicción, violencia armada); y donde la herida racial nunca se cura porque carga consigo la herencia de la esclavitud; por esto y muchas cosas más “la nación más poderosa de la tierra” se reveló como un país triste envuelto más que nunca en la nube gris de la desilusión.

                Desde luego, hay un problema peor que la pandemia, la crisis económica, el sistema de salud y el calentamiento global. Es la clase política, que en una criatura como Donald Trump ha develado lo peor que EE. UU. tiene que ofrecerle al mundo. La primera democracia moderna que existió, orgullosa sobre todo de su sacrosanta Constitución, se muestra cada vez más como un cascarón vacío, una especie de queso suizo o un barco sin timón que hace agua por todas partes.

                Un ejemplo es el tema de la autoridad, que no se sabe dónde reside, empezando por la del Presidente. Alguna vez Trump proclamó falsamente que su poder era absoluto. Tal vez por eso tiene metida en la cabeza la idea de que puede hacer lo que le dé la gana, desde levantar murallas fronterizas hasta pagarle a una prostituta para que no lo denuncie; gobernar por Twitter, ver televisión varias horas al día y jugar golf sin descanso en sus propios campos, como si el presidente de “la nación más rica y poderosa de la tierra” tuviera muy pocas cosas que hacer. Y pasarse la ley por la faja, de muchas maneras, bajo la presunción de que es inmune a cualquier tipo de acusación, como de hecho lo ha sido hasta ahora, incluyendo un juicio político en la Cámara de Representantes, que lo halló culpable solamente para ser absuelto por sus compinches—no hay otra forma de decirlo—del Senado de su país.

                Pero la autoridad que Trump proclama tener no se ha traducido en liderazgo, en el momento que más se necesita. Por el contrario, los hechos han revelado una y otra vez que la intervención -o no- de Trump ha empeorado las cosas, hasta el punto de que el país se encuentra inmerso de nuevo en la pandemia y que siguen creciendo el número de casos y de muertos. Poco después de que proclamara su poder absoluto, Trump cambió de táctica y decidió dejar que los gobernadores enfrentaran la pandemia, mientras él se dedicaba a politizar la situación como si solamente él importara. Y les tocó a gobernadores y alcaldes remangarse y lidiar con el problema cada uno por su lado, sin una política nacional clara, que Trump nunca pudo ni quiso implementar.

                Su última jugada ‘genial’ fue proclamar cuatro órdenes ejecutivas con el ostensible propósito de reemplazar al Congreso, donde no pudieron ponerse de acuerdo demócratas y republicanos para un nuevo paquete de ayuda. Pues ahí también la embarró. Las órdenes—entregar una cantidad suplementaria de ayuda de desempleo, reducir los impuestos a la nómina, una moratoria al pago de créditos estudiantiles—son de difícil, si no imposible, aplicación, son confusas y para completar, inconstitucionales.

                El torpe talante autoritario de Trump se mostró una vez más cuando decidió enviar miembros de los cuerpos armados que controla el gobierno federal (FBI, Seguridad Nacional, Guarda Costera, Servicio de Parques, Oficina del Tabaco y Armas de Fuego) a combatir disturbios locales, algo pocas veces visto, con el resultado de que los disturbios, originados en el asesinato de George Floyd, se mantienen vivos y desafiantes. Trump pretende con ello defender la propiedad federal, así como estatuas y monumentos que celebran a conocidos racistas y supremacistas, entre ellos Cristóbal Colón.

                La última jugada de Trump ha sido debilitar el servicio postal (United States Postal Service) para evitar que la gente vote por correo, según él un sistema donde el fraude es inevitable, aunque la verdadera razón es que él cree que esta modalidad de voto no lo favorece. Es un golpe bajo, incluso muchos gobernadores de su mismo partido y legisladores republicanos no están de acuerdo. En todo caso, el autoproclamado “presidente de la ley y el orden”  está creando el escenario  para desconocer los resultados de las elecciones de noviembre en el caso muy probable, según las últimas encuestas, de que las pierda.

                De ser así, lo más posible es que lo estén esperando el día de la inauguración de Biden, para que lo juzguen por todas las tropelías que ha cometido, antes y durante su mandato, que al parecer no han sido pocas. Ahí se va a ver de verdad donde quedó su “autoridad” y para que le sirvieron todas las mentiras, perpetradas prácticamente cada vez que abre la boca. 

En cualquier caso, pandemia o no, la crisis de gobernabilidad de Estados Unidos es el resultado de un sistema donde el capital maneja todas las cartas del poder y donde los seres humanos que viven de su trabajo tienen todas las de perder. En este escenario, la pandemia ocasionada por el coronavirus es el menor de sus problemas.

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