El paisa de las emociones tristes

Por JORGE SENIOR

En la pasada columna reseñé el libro de Rodrigo García Barcha sobre la muerte de su padre, el escritor Gabriel García Márquez.  Jugando con el apellido García, mencioné otro libro reciente, El país de las emociones tristes, del abogado y politólogo paisa Mauricio García Villegas, columnista de El Espectador.  Como lo prometí, en esta ocasión voy a comentar ese texto que es, básicamente, un ensayo diletante que intenta entender a Colombia desde las emociones.  Así lo indica explícitamente desde el subtítulo: Una explicación de los pesares de Colombia, desde las emociones, las furias y los odios.

El libro, publicado por Editorial Planeta (Ariel) en 2020 y que este año sacó su segunda edición, consta de tres partes en las cuales el autor argumenta cinco ideas fundamentales que pretende concatenar.

La primera es que en el animal humano las emociones y sentimientos tienen predominancia sobre la razón.  Esta idea, que se sustenta en avances recientes de lo que Steven Pinker llama “las ciencias de la naturaleza humana”, es lo que podríamos considerar el marco teórico y la base científica de la propuesta de García Villegas, aunque a veces le introduce un añejo tono vitalista.  La primera parte del libro se dedica a desplegar este punto.

La segunda idea no es científica, pues proviene de las especulaciones del filósofo del siglo XVII Baruch Spinoza.  Se trata de un esquema bipolar que clasifica las emociones en tristes y plácidas.  Ejemplo de las tristes serían el odio, la ira, la indignación, el resentimiento y de las plácidas la benevolencia, la empatía, la compasión, la civilidad.  El balance particular o ecualización de las emociones en un individuo configura el “arreglo emocional” que caracteriza su personalidad.  El autor intenta construir un puente y conectar esta idea con la primera, incrustándola casi a la fuerza en el marco teórico. Una movida dudosa en mi opinión.

La tercera idea es que, de modo análogo a las personas, las naciones también tienen “arreglos emocionales”.  Es una resurrección del viejo concepto del “carácter nacional”, con la novedad de soportarlo en las dos ideas anteriores.  Al menos eso es lo que el autor intenta.

La cuarta idea es una aplicación de la tercera al caso colombiano.  En este punto el autor argumenta que en nuestro país predominan las emociones tristes como legado histórico español católico.  La segunda parte del libro se dedica al desarrollo de las ideas 2, 3 y 4.

El concepto central del argumento es el de los “arreglos emocionales”.  Allí concentra el autor el análisis de la realidad colombiana. Foto de archivo particular

La ética está presente a lo largo de todo el libro.  Podría decirse que es un texto de ética aplicada a Colombia.  Pero es en la tercera y última parte del libro, titulada La representación del mal, donde el autor profundiza en ello.  Dice García: “la idea central de la tercera parte es mostrar que el mal es, en buena medida, una combinación de hechos e imágenes y que no siempre están sintonizados”.  La quinta idea es el reconocimiento de que el progreso moral es factible, no estamos totalmente determinados por los genes, pues la cultura modula la conducta humana.  Si bien no es posible eliminar el mal, si se puede “domesticar”, por decirlo así.  En esa dirección es clave la educación sentimental que constituye una posible salida a nuestros ciclos de violencia mediante la transformación del “arreglo emocional” del país.

El libro termina con un epílogo que es un elogio exagerado a la temperancia, un alegato a favor de la moderación y en contra de la radicalidad. El autor merodea una tibieza de la cual él mismo es tan consciente que debe hacer una serie de aclaraciones y matizaciones para no quedar como un pusilánime sin carácter. En su alegato revuelve radicalidad, dogmatismo y emociones exaltadas, que son tres cosas diferentes.

Como he descrito el concepto central del argumento es el de los “arreglos emocionales”.  Allí concentra el autor el poder explicativo de su análisis de la realidad colombiana.  García Villegas aclara que esa no es la única explicación. Él reconoce los problemas estructurales objetivos.  Lo que quiere indicar es que esos problemas estructurales objetivos se podrían resolver mejor o de manera más pacífica, fructífera y eficaz si los abordamos desde un “arreglo emocional” más balanceado hacia las emociones plácidas que a las tristes.

El enfoque biopsicológico tiene base científica, pero se nota que el autor no posee experticia en las disciplinas que sustentan ese enfoque, pues utiliza de manera acrítica fuentes secundarias.  También es curioso que no mencione autores tan notorios como Daniel Goleman, así sea para criticarlo, pues en últimas García está hablando de “inteligencia emocional”. 

No obstante hay que valorar este esfuerzo que va en la dirección correcta, esto es, hacia la biologización de las ciencias sociales.  Es una tendencia insurgente en el siglo XXI que ojalá permita rescatar a las ciencias de la sociedad, dominada por posmodernismos y construccionismos anticientíficos. 

Hernando Gómez Buendía acaba de publicar un libro de casi 800 páginas que también intenta entender a Colombia pero descuida por completo el enfoque biopsicológico.  En contraste, García Villegas descuida el aspecto geográfico ambiental, clave en un país de regiones.  Un ejemplo es que ni siquiera tiene en cuenta a Orlando Fals Borda, quien con su concepto de “ethos costeño” intenta explicar por qué el Caribe colombiano ha experimentado la violencia de forma tan diferente al interior del país.  Este regionalismo paisa, estrecho de miras, también está presente en autores como Álvaro Tirado Mejía en su libro Los años sesenta y Jorge Orlando Melo en su Historia mínima de Colombia.

Finalmente, aunque pienso que el autor no logra su ambicioso propósito, vale la pena saborear este plato letrado, salpicado de anécdotas autobiográficas y condimentado con exquisitas citas literarias.   

@jsenior2020

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