El estigma de Caín

Por PUNO ARDILA

—No entiendo por qué se ofenden tanto ciertos personajes cuando les atraviesan alguna pregunta respecto a su comportamiento —le comenté al ilustre profesor Gregorio Montebell—, y la respuesta a esas preguntas resultan siendo algún destemplado «¿De qué me hablas, viejo?» o, lo que es peor, el preguntador resulta siendo agredido o acusado o quién sabe qué más.

«Empecemos por aclarar que ‘preguntar’ y ‘cuestionar’ son dos verbos diferentes, que pueden parecerse mucho en inglés, pero en castellano son dos cosas distintas —comenzó a decir el brillante profesor, y me acomodé para prestarle toda mi atención—. Un niño, por ejemplo, pregunta desde muy tierna edad, porque quiere saber cómo funciona el mundo, pero muy pronto ese niño termina cuestionando las respuestas, que casi siempre son las mismas (“para que no llueva”, “pregúntele a su papá” “la curiosidad mató al gato” o “no pregunte tanto, que las preguntas son del diablo”), porque comienza a notar que los superhéroes (sus papás) tratan de ocultar la verdad, o ignoran la respuesta, pero se niegan a aceptar su ignorancia».

—Y si le agrega ejemplos a la explicación…

«Por supuesto. Una pregunta de un chico puede ser la clásica “¿De dónde vienen los niños?”; en cambio, un cuestionamiento puede ser “¿Por qué tengo que volver de la fiesta a las 11, si a esa hora es cuando se pone más buena?” o “¿Por qué me levanta un comparendo sin explicarme qué infracción cometí?”. Las respuestas a la pregunta son muchas, referidas a París y a cigüeñas y a dioses; en cambio, la respuesta al cuestionamiento resulta siendo “porque yo lo dije, y punto”, seguido de un manotazo en la mesa o un silencio total; en vez de una explicación del temor por la pandemia o, como era antes, porque se perdiera la virginidad y la china ya no estuviera “intauta” para el matrimonio, que era —por cierto— uno de los temores propios de épocas pretéritas recientes, que nos siguen pareciendo ridículos. En fin, frente al cuestionamiento ha habido siempre una oposición para dar respuestas; y sea cura, padre, profesor o agente, la respuesta es la ira, sencillamente, porque no hay respuestas o, cuando menos, respuestas con argumentos».

—¿Como el caso de Caín?

«Exactamente. La historia que cuenta la Biblia habla de la tragedia que comienza cuando Caín enfrenta a su dios, y lo cuestiona porque a él se le rechazan los tributos mientras al otro se le aceptan, y la única respuesta es la ira divina, en vez de alguna explicación, que –por cierto– ha permanecido ignorada por los siglos de los siglos. Y el castigo terminó siendo el destierro, por el crimen, pero también el estigma, que anuncia que quien porta esa marca no traga entero, y esa es la razón del miedo, el rechazo y el odio hacia quien tiene el valor de cuestionar. Fíjese que en esa historia los cuestionamientos aparecen por lógica elemental; por ejemplo, ¿cómo es que un ser omnisapiente le pregunta a Caín dónde está el hermano?; ¿cómo es que ese ser omnisapiente le pone una marca para que nadie lo mate, si los únicos sobre la tierra son él y sus dos papás, contando con que el cuarto habitante ya está muerto?».

—Así las cosas, con todo lo que está pasando, y que la gente ya no traga entero, estamos viendo, entonces, un montón de Caínes sobre la tierra.

«Afortunadamente. Ojalá hubiera muchos más, como decía Zuleta, sin que se les tema, ni se los asocie con el terror ni con el diablo».

@PunoArdila

(Ampliado de Vanguardia)

* Imagen de portada, tomada de CCCB.org

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