El deporte en Colombia: promesas y traiciones verdaderas

Por FREDDY SÁNCHEZ CABALLERO

El deporte tiene un largo historial de gestas heroicas y éxitos en el resto del mundo. En Colombia el primer gran triunfo se remonta a 1947, con el título mundial de beisbol, que luego repetimos en 1965. En su calidad de deporte regional, la repercusión de dichos triunfos en el interior del país fue escasa. Esto facilitó el desdén de la clase política nacional, que comenzaba a ver el fútbol como el deporte de las masas, pese a que su única carta de presentación fue un empate frente a Rusia en el mundial de 1962. Los futbolistas, y en general los deportistas de todas las disciplinas, crecen silvestres en nuestro país. Pero, por desgracia, los políticos también.

Desde entonces, tuvimos una sequía de éxitos. Solo en los albores de la década del 70 emergió una figura venida de un barrio humilde bogotano y dedicado a la albañilería, capaz de sacudir el mundo del atletismo con personalidad. Víctor Mora fue un atleta de fondo y medio fondo, que a punta de corazón y carácter se batió a codazos con todos los rivales que se le enfrentaron en carreras tan célebres como la maratón de Boston, la media maratón de San Blas, la de Coamo en Puerto Rico y la prestigiosa carrera de San Silvestre en Brasil. Todos vibramos con sus triunfos alrededor del mundo, pero su espíritu rebelde chocó continuamente con la desidia de los gobernantes de turno, a quienes hizo públicos y constantes reclamos por la ausencia de pistas y de apoyo estatal para los deportistas. Sus palabras certeras y su voz ferviente jamás fueron oídas. En busca de respuestas políticas, aspiró al Concejo de manera independiente; estigmatizado y amenazado, pese a su larga lista de éxitos, fue obligado a desistir. Hoy Víctor Mora, al final de sus días, vive en Canadá como empleado de un estacionamiento de automóviles.

Habitamos un país que mal paga a quien desnuda sus falencias; una clase política que ensalza a los aduladores, pero castiga a sus detractores. Que en su afán de perpetrarse en el poder saquea las arcas públicas sin asco. Para ello se valen de todas las herramientas posibles: se toman fotos con la camiseta de los ciclistas que han triunfado en Europa, pero que no han ayudado a forjar. Les hacen condecoraciones obscenas y menciones honoríficas en sus discursos, cuando vencen, pero los condenan al olvido tras la derrota. Por ello Pastrana se tomó fotos con Pambelé, otro gran ídolo de la década del 70 que alcanzó la gloria a trompadas. Surgido del abandonado San Basilio de Palenque, se ganaba la vida como embolador de zapatos y vendiendo cigarrillos de contrabando en las calles de Cartagena. Forjó su destino a puño limpio, hasta llegar a la cima. Luego fue manoseado, víctima de las  malas compañías, estafado y arrojado al vicio. Hoy muere en el olvido por los lados de Turbaco, lanzando jabs al aire, enfermo y sin recordar siquiera que un día fue el mejor del mundo.

María Isabel Urrutia se lanzó al Congreso con el aval de partidos tradicionales, cuya gran afición por el deporte consiste en subirse al carro de la victoria. Rápidamente fue absorbida y desechada. Fotos de Elpais.com.co

Una de las grandes figuras del fútbol que primero se lanzó al ruedo fue Willington Ortiz; absorbido por la casta política tradicional, pasó con más pena que gloria por el Congreso. Sin nada que decir, su voz se extinguió lánguidamente, y su ya inútil nombramiento fue objeto de una demanda por pérdida de investidura en la Procuraduría, por el no pago de las deudas adquiridas durante su campaña.

Precedida de un enorme prestigio por ser la primera en ganar una medalla de oro olímpico, María Isabel Urrutia se lanzó al Congreso con el aval de partidos tradicionales, cuya gran afición por el deporte consiste en subirse al carro de la victoria. Sin más preparación política que su fama, rápidamente fue absorbida y desechada; su gestión fue tan efímera e intrascendente como una estrella fugaz.

Hace apenas un año, cuando la juventud colombiana se arrojó a las calles en protesta por la falta de oportunidades, por la inequidad y el pésimo manejo del gobierno en todos los ámbitos (social, cultural, educativo, en el sector de la salud y en el deportivo), los jugadores de la selección colombiana tuvieron la oportunidad de unirse a ese clamor nacional, que exigía además la implementación de los acuerdos de paz, y que se detuviera el baño de sangre en el país. Pero los ahora encopetados jugadores de la selección, desoyeron el clamor general y optaron por guardar silencio, pese al humo y el sonido de los disparos y bombas afuera de los estadios. Olía a traición. De repente olvidaron que eran jóvenes también, olvidaron que les tocó comer física mierda para sobresalir, olvidaron esos años en que por falta de oportunidades muchos de sus compañeros deportistas fueron reclutados por grupos delincuenciales y ahora están muertos.

Es claro que la gran mayoría de nuestros más famosos futbolistas proviene de estratos bajos, donde la educación brilla por su ausencia. Ahora bien, solo se les pedía un mínimo de empatía, de humanidad. Es posible que su poca o nula educación no les alcance para comprender el drama de los demás, pero no es justificable, conozco entre gente más humilde sentidas expresiones de solidaridad.

Su paso por los grandes clubes parece haber borrado de la mente de ciertos futbolistas su pasado. Han sido adiestrados para el éxito a toda costa, destacarse y triunfar individualmente parece ser su única meta; sobresalir, enfrentar, avanzar a los empujones por encima del contrario, a las patadas. No importa el otro. Lo único importante para ellos es su fama, su prestigio, su auto último modelo. Y, por supuesto sus abultados contratos. Es triste verlos bajar de sus vehículos o de los autobuses de la selección tan estirados, arrogantes, indiferentes, con audífonos en sus oídos para no escuchar que los muchachos que antes eran ellos, ahora pronuncian sus nombres.

Un ejemplo patético lo evidenciamos con las viejas glorias del deporte que ahora fungen de comentaristas. Aupado por periodistas deportivos gobiernistas, Mondragón tira dardos contra quienes protestan en las calles. Faustino Asprilla, un individuo bendecido por los dioses, hace las veces del esclavo protector del amo. “Subió al cielo y se devolvió”, dijo de él Maturana. Ahora nos acompaña en este infierno en el que estamos, altanero y mandón como capitán de cuadrilla. Tal vez se sienta cómodo en el infierno uribista al que defiende con ahínco; a diario lo vemos trinando contra quienes quieren sacudirse de la ignominia, vociferante, bravucón contra quienes, como él en su tiempo, son discriminados por su color o por su pobreza. Ahora él es un victimario más, se comporta como los victimarios, monta caballos de paso como los victimarios, usa armas y hace disparos, insulta y amenaza como los victimarios. Traiciona a su propio pueblo y a su raza.

Entre las nuevas figuras del deporte con ambición política viene remando una hermosa y portentosa mujer negra. Nacida en una masacrada y olvidada región de Urabá. Sus cualidades deportivas y su rebeldía llamaron la atención de todos los colombianos que la admiramos y celebramos sus triunfos a rabiar. Sus palabras en defensa de aquellos deportistas que no reciben la mínima atención del gobierno han merecido nuestro respeto.  Pero cuando aún está tibia la arena de sus hazañas, se lanza a la política, de espaldas a su lucha, a sus propias convicciones, en compañía de aquellos a los que criticaba, aquellos que se roban el presupuesto del deporte, los que tienen por deporte subirse al carro de la victoria ajena, los que se ponen la camiseta de los vencedores sin ningún mérito, pero que nunca se han puesto en el lugar de los vencidos. No sé si sea una auto traición, pero es una pena, querida Caterine Ibargüen, para todos los que aún te amamos.

www.fsanchezcaballero.net

@FFscaballero

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