¿El colchón de los sueños?

Yo diría que se acaba de separar de su pareja, quien solo le dejó sacar de la casa el colchón de una cama de huéspedes y unas cuantas prendas, que ahora carga en su mochila. El pobre, el echado, el humillado, el desamparado, va camino a casa de un amigo que vive en el otro extremo de la ciudad, en un piso que está en la quinta planta, sin ascensor, el único que le dijo ‘vente a mi casa, Pepe’. Allí, en un diminuto estudio algo sucio y con poca luz, llevará como pueda estos duros días de desamor, dolor, duelo y desesperación. Desde la diminuta ventana verá cómo lo que hasta hace un tiempo había sido un enorme y bello cielo azul, hoy solo es una enorme mancha negra, que es en lo que ha convertido su mundo. Y el colchón… ahora el lugar de sus pesadillas.

¿Qué crees que hace este chico con este colchón en pleno centro de Bilbao?

Tú dirías que este chico enamorado acaba de comprar su primer colchón, que ahora instalará en la habitación que él y su chica tomaron en alquiler en un barrio central de la ciudad. El amor lo lleva muy motivado hacia la nueva vida que, él, está convencido de que será un soñado baile en medio de las nubes. ¡Cuánto pasión y ternura carga en esa mochila! Con toda esa ilusión como motor que lo impulsa, se puede ver que ese colchón no solo no pesa, sino que son dos enormes alas que lo transportan hacia ese cielo azul, iluminado por ese sol, que alumbra su nueva vida.

Él, no el chico del colchón, sino el hombre que ríe a su paso piensa que, por fortuna él, el viandante, no tiene un trabajo tan pesado como es el de distribuir colchones en medio de las zonas atestadas de peatones, durante un día en el que, a pesar del cielo despejado, según los informes meteorológicos, justo en este momento caerá una tormenta, de esas que descargan toda su ira durante al menos media hora. Él, el no transportador de colchones, es un poco hijoputa. Ríe con mucho descaro porque se imagina viendo al pobre joven corriendo bajo la tormenta para encontrar un lugar donde guarecerse mientras el cielo deja de llorar y bramar. Sabe que, aunque encuentre ese sitio, el colchón ya estará estropeado y el desventurado joven tendrá que pagarlo de su bolsillo; si no, será despedido del empleo que acaba de encontrar tras muchos meses de estar buscando trabajo.

Y tú ¿qué crees que hace este chico con este colchón en pleno centro de Bilbao?

OLGA GAYÓN/Bruselas

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