El beso de Klimt

Por FREDDY SÁNCHEZ CABALLERO

Después de recorrer el centro antiguo de Viena, de maravillarme con la majestuosidad de su Parlamento, con el soberbio palacio imperial de Hofburg en el que regodeaba su belleza la irreverente emperatriz Sissi; después de contemplar la neorrenacentista fachada del teatro de la Ópera, aprovechamos para echar un vistazo por algunos de sus museos y monumentos, siempre bajo la mirada gótica de la imponente catedral de San Esteban, en cuya entrada un mustio sacristán con señales de coach de beisbol me hace quitar la gorra.

En compañía de mi amigo Heinz recorro aprisa sus calles centenarias, el tiempo es breve. Me extasío con una retrospectiva de Magritteen el Albertina: observo su sombrero real y algunos apuntes de su famosa pipa, que no es “la pipa” real. Me adentro maravillado en ese mundo contradictorio, en constante conflicto entre la representación y el objeto, entre el plano material y los sueños. En ese esfuerzo descomunal por ganarle el pulso a la subjetividad Magritte lo pone a tambalear todo, la percepción del espectador se hace vacilante, dubitativa, nada es seguro. Quizá yo sea el reflejo en el espejo, me digo, la imagen observada por el hombre del sombrero, una criatura burlona y fantasiosa que imagina y habita un universo onírico, evasivo, abrumado por una atmósfera de escepticismo y poesía. No sé si Magritte y yo hubiéramos podido ser amigos, quizá sí. Quienes me conocen piensan que soy demasiado cuerdo para ser artista y tal vez sea cierto, no obstante el hombre bajo el sombrero, pese a su aire sarcástico también parece serlo,  y es el sombrero el que encarna el espíritu de la aventura, es en su interior donde se gesta el milagro; de él parecen salir todos los asombros y fantasías, el león y el conejo, el ataúd y el pájaro, el martillo y el saxofón en llamas…es el sombrero el que vuela, el que llueve, el que nos observa a través de la ventana.

Vamos al Museo Quartier, que promociona una exposición llamada: “De Monet a Picasso”. Sólo había un inacabado cuadro de Nenúfares de Monet al comienzo, y dos Picasso pequeños al final de la exposición, el resto eran obras con formatos disímiles de pintores menores que fluctuaron entre ambos sin un estilo definido, con la excepción quizá de un desconocido trabajo de JamesEnsor. ―Es una estafa―, escucho decir a Heinz, ―nos han tomado el pelo. Yo me acomodo la gorra.

“Ella parece una ninfa del bosque, pálida e indefensa, que se entrega sin mucha reticencia a los designios de su destino”. Imagen tomada de Lacamaradelarte.com

En el Alto Belvedere llegamos en busca de la exposición permanente que tienen de Egon Schiele y Gustav Klimt. Todos adoran a Klimt. Miro de cerca los cuadros libidinosos de Schiele tratando de desentrañar parte de su desgarbada técnica, y observo una serie de obras de artistas pioneros del modernismo austríaco algo desconocidos, aunque en su momento algunos como Hunderwaser y OskarKokoschka brillaron con luz propia y marcaron una tendencia momentánea entre quienes neciamente comenzábamos a hacer nuestros pinitos en la pintura. En esos días una amiga me regaló un calendario Hunderwaser, desde entonces los lunes son grises, los martes azules, los miércoles verdes, y los colores cálidos están reservados a los días restantes, pero el domingo siempre es negro.

Un gran salón lleno de gente nos indica que hemos llegado al epicentro de la muestra. Todos lo quieren ver de cerca; también yo, pero penetrar esa enorme barrera de ancianas y japoneses no es tarea fácil. Entre estrujones y codazos soy arrastrado por la multitud de un extremo al otro de la sala. Pierdo de vista a mi amigo. A intervalos puedo entrever trozos de un amarillo tan intenso que lastima mis ojos. Avanzo al capricho de la turba. Me dejo llevar como una hoja en medio de la tormenta; de un empujón voy a caer a la única banca del salón junto a unas señoras con sombrero que me miran contrariadas. Pero no importa, allí está él, resplandeciente y cálido, y yo frente a él, obnubilado y feliz.

Es un homenaje al amor, pintado con toda la carga erótica y sensual de quien es considerado quizá el último paladín vienés. Klimt fue el líder de un movimiento que creció al margen de las grandes tendencias del arte moderno europeo casi siempre gestado en París: (impresionismo, expresionismo, fauvismo, cubismo, surrealismo), y que se planteó desnudar “estructural y estéticamente el realismo tradicional y conservador de la época” perseguido por el escándalo.

 “El beso”, su obra maestra, representa una pareja de amantes sumidos en un fuerte abrazo sin tiempo y sin espacio, rodeados por un aura dorada, con un marcado predominio de la sobriedad formal. Él parece un experimentado amante, un sátiro lujurioso y pervertido que se aferra a su víctima como una araña a su presa. Ella una ninfa del bosque, pálida e indefensa, que se entrega sin mucha reticencia a los designios de su destino. El cuadro está construido a partir de un bloque central figurativo, una amalgama cromática con pequeños elementos vegetales o abstractos, y una filigrana geométrica de intensos contrastes. No obstante, su rebeldía de espíritu y el enorme valor expresivo de su particular estilo, la obra nos permite mirarle a la luz de la alegoría. En una clara alusión a la primavera, un plano irregular de tonos verdosos sostiene a los amantes, que imbuidos en su arrebato parecen flotar. Con expresión indecisa, la pareja se entrega al regocijo y se sueña tal vez viviendo en el valle del edén, en ese lugar de delicias lleno de flores magníficas y perfumes exquisitos donde todo comenzó, o volando en una galaxia de colores centelleantes cercana a la estratósfera, sitio en el que imaginaron el paraíso algunos monjes del medio evo. Los amantes se arropan con una túnica de tonos relampagueantes y se confunden en un suspiro silencioso, sin principio, sin fin, que responde al esquema de un romanticismo tardío y se adentra en un universo que fluctúa entre el inconsciente y el deseo, entre el erotismo y lo sublime.

 “El beso”, es una tela fulgurante, una gran superficie plana de resplandor dorado que el ojo apenas puede soportar, y que, pese a su éxito mediático, a sus largos análisis críticos y reseñas, a su paso ha desatado todo tipo de pasiones, y ha arrojado más sombras que luz.

El cuadro desapareció un tiempo, en ese período gris en que los nazis incautaron todo lo que les oliera a indecente, sucio e inmoral; no obstante, el azar o su magia impidieron su destrucción; suerte que no corrieron muchas obras maestras del modernismo. Años más tarde fue recuperado para su país, pero no hace mucho, un tribunal internacional ordenó al gobierno austríaco devolverlo a un particular, cuyos padres supuestamente habían sido despojados del mismo a principios de la Segunda Guerra Mundial. El gran cuadro debe ser trasladado a los Estados Unidos, por ello ahora todos quieren despedirlo, incluido yo, que pese a la brevedad del tiempo he venido a quitarme la gorra frente a él, a refrendarle mi admiración, mi cariño y respeto, a decirle hola y adiós.

Hay quienes la consideran la obra pictórica más relevante de Austria en todos los tiempos, tan solo equivalente en términos musicales a El gran vals de Strauss o a La flauta mágica de Mozart, pero dada la crisis económica, no hay dinero para comprarla.  Su partida es inminente. La gente hace largas filas en el Belvedere para llenar su retina con sus destellos y dar el último adiós al gran cuadro. 

Lo observo una y otra vez, rehago su paleta en cierto orden y calculo su carta de colores, el porcentaje de cada uno usado por el artista. El amarillo oro ocupa más del 80% de la superficie de la tela. El resto oscila con pequeñas proporciones en una gama que va del negro al blanco y que incluye todos los primarios en formas y pinceladas simples, el verde esmeralda, el violeta y el azul de ultramar.

En medio de las voces de los guardas que invitan a rotar con insistencia, de roces casi imperceptibles y susurros en todos los idiomas, lo miro largo rato como quien contempla a un amigo que sabe que jamás volverá a ver. No por falta de interés o de deseo, sino porque miles de kilómetros y circunstancias adversas nos separan, porque no existe un punto de encuentro en nuestro navegador satelital, no hay un cruce de líneas en nuestra palma, o porque en nuestro fuero íntimo sabemos que, aunque lo quisiéramos, por algún motivo imprevisto o falaz, uno de los dos no llegará a la cita. (F)

@FFscaballero

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