Cuando todo se daba por perdido

Por JORGE GÓMEZ PINILLA

Siempre pensé que en Colombia el triunfo de la izquierda era razonable desde el sentido de la lógica, pero imposible desde la realidad que nos rodeaba, porque veía que el Estado había sido tomado por un aparato de poder mafioso que estaba recurriendo a “todas las formas de lucha” para no soltarlo.

La primera manifestación de ese poder subrepticio se habría hecho palpable cuando el mismísimo comandante del Ejército, general Eduardo Zapateiro, le expresó condolencias a la familia de alias ‘Popeye’, el más grande asesino y narcotraficante que ha habido en la historia de Colombia. Ese mensaje camuflado a las mafias (como diciéndoles “estamos con ustedes, los acompañamos de corazón”) hacía presentir que la cosas se iban a poner peor.

Y en efecto, las cosas comenzaron a ponerse color de hormiga: un tiempo después reventó la insurrección popular encarnada en el paro nacional de 2021, en cuya génesis se le escuchó a Zapateiro prometer que si en 24 horas no solucionaba las protestas que se presentaban en Cali, renunciaba a su cargo. Y no solo no las solucionó ni renunció a su cargo, sino que se desató una persecución encarnizada contra los jóvenes de la primera línea: asesinatos, desapariciones, violaciones, mutilaciones por doquier. Luego, ya llegados a la campaña electoral, a ese mismo comandante del Ejército se le vio interviniendo abiertamente en política al emprenderla contra Gustavo Petro, después de que este dijo que “algunos generales están en la nómina del clan del Golfo”.

Y aquí deben quedar consignadas las palabras amenazantes que usó la revista Semana de doña Vicky Dávila para referirse al ‘combate’ verbal que se libró entre Petro y Zapateiro, ABRO COMILLAS: “Si Petro logra ser presidente, llegaría con una fractura con el Ejército. Algo nada deseable”. CIERRO COMILLAS.

Todo este ambiente enrarecido por la misma revista que abandonó el periodismo y asumió como propia la defensa de un régimen corrupto y criminal, hacía factible incluso un fraude electoral desde la misma Registraduría. Y las luces de alarma se encendieron cuando el día anterior a la crucial elección apareció en la página web de esa entidad un supuesto simulacro que daba como ganador a Rodolfo Hernández.

Algo está fallando en la escala de valores de este país cuando la valentía de reconocer que se ha caído en una equivocación es castigada con el escarnio público. Nunca antes ningún otro periodista había sido tan humillado, solo porque actuaba con honestidad intelectual al reconocer un error.

Es sabido cómo cuatro días antes, el miércoles 15 de junio, se presentó una situación desafortunada que se salió de mi control, cuando no supe manejar la presión de un matoneo mediático expresado en forma de avalancha. Convertido en un manojo de nervios, cometí el craso error de solicitarle a El Espectador que retirara un artículo mío. Esa decisión nunca debí haberla tomado, porque me presté para que desde los más variados frentes barrieran con mi prestigio, hasta un punto en el que nunca antes ningún otro periodista había sido tan humillado, solo porque actuaba con honestidad intelectual al reconocer un error. Algo está fallando en la escala de valores de este país cuando la valentía de reconocer que se ha caído en una equivocación es castigada con el escarnio público.

Para el día crucial de la elección que aquí nos ocupa y ligado con lo anterior, en mi caso personal había una situación de riesgo inminente que debía sortear. Habiéndomela jugado toda por el candidato del Pacto Histórico, sabía que un triunfo eventual de Rodolfo Hernández me ubicaba en el peor de los escenarios posibles: con el uribismo reencauchado y contemplando la posibilidad de seguir los pasos de Marbelle: emigrar a otro país.

Llegado el día de la elección, a medida que se acercaba el cierre de las urnas yo era consciente de que difícilmente podría sobrellevar la estresante incertidumbre de saber quién sería el ganador con base en los boletines que iría entregando la Registraduría, minuto a minuto. Así que quince minutos de las 4 de la tarde sometí mi humanidad agobiada y doliente a una siesta reparadora, con el despertador puesto para las 5.

A esa hora desperté, justo cuando todo el país ya sabía quién era el nuevo presidente, excepto yo. Pero no quise tomar el control del televisor y correr a mirar cómo iban los resultados en Noticias Caracol. Con toda la parsimonia del caso, casi en cámara lenta aunque cagado del susto, prendí mi computador y me dirigí al portal que yo quería que me dijera quién era el nuevo presidente de Colombia: Los Danieles.

Y mi corazón dio un vuelco de alegría cuando vi a Ana Bejarano contando que el ganador de la polla que habían apostado en horas de la mañana había sido Daniel Samper Ospina, con una diferencia de 700.000 votos a favor de Gustavo Petro.

Esto significó el más grande alivio que pude sentir en el curso de la semana más tormentosa de mi vida, poniendo ahora las cosas en una perspectiva más optimista, más esperanzadora.

En resumen, hoy el triunfo de Gustavo Petro muestra sobre el escenario a dos actores visibles: medio país sometido a la agonía de saber que como no ganó el candidato de sus preferencias, todos sus planes se vinieron a pique; y otro medio país celebrando la llegada de un cambio con justicia social y económica, que promete ser histórico. Y en medio de todo, un alborozado periodista al que días atrás habían convertido en papilla y después de las 5 de la tarde de ese día celebraba lo que no dejaba de ser un triunfo personal, aunque el verdadero triunfo reside en que ganó el país.

Así las cosas, cuando se creía que todo estaba perdido, surge una convicción: es posible reponerse de los golpes, nada se ha perdido. Lo que no te mata, te fortalece.

@Jorgomezpinilla

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