Animal, quítate las gafas románticas

Por JORGE SENIOR

Me gusta ver video-clips de animales en su hábitat, se aprende mucho con ellos.  En esa materia hemos dado un salto cualitativo en los últimos años, tanto en producción de videos como en su fácil y masiva distribución en las redes sociales, especialmente Instagram.

Estas imágenes nos muestran la realidad salvaje como es: implacable, cruel, sin compasión, donde el sufrimiento, la dolorosa agonía y la muerte terrible son la ley.  En muchos casos la presa es comida viva. No son tan extraños los casos de animales herbívoros devorando otros animales.  La terrible muerte de los predadores cuando el envejecimiento hace sus estragos nos recuerda que el sufrimiento no es exclusividad de los débiles. No faltan los casos de “canibalismo” y de “infanticidios” (en carnívoros y en herbívoros).

Pues bien, los comentarios del público a estas imágenes son un muestrario de la mentalidad predominante.  Como dice Mauricio García Villegas al referirse a la indignación virtuosa, hoy de moda: “nuestra psiquis se acomoda mejor al oficio del sacerdote que al del científico”.  En efecto, tales comentarios están llenos de moralismo, maniqueísmo, proyección antropomórfica (atribuirles a los animales no humanos, características humanas).  

La vida silvestre es el reino donde impera el intenso sufrimiento de los “inocentes”, el martirio permanente de las “criaturas de Dios”.  

El público casi siempre toma partido a favor de la presa (victimismo). Se alegra cuando escapa.  Y sufre empáticamente cuando la presa sufre.  Le reclaman con indignación al filmador que no intervenga como salvador.  Las simpatías están cargadas a favor de los mamíferos y algunos reptiles inofensivos. Los insectos los dejan más o menos indiferentes. Las serpientes suelen ser aborrecidas.  Casi me atrevo a proponer una hipótesis: “a menor distancia genética con la presa, mayor simpatía”.

Estas imágenes son muy educativas, pues chocan de frente con las visiones románticas de “la naturaleza apacible”, una especie de paraíso terrenal creado por un dios bondadoso donde las criaturas viven en armonía. Algo así como la “isla del Edén” en la tira cómica de El Fantasma, “el duende que camina” (una vieja tira cómica que no era cómica sino de aventuras y salía en El Tiempo los domingos).  La realidad del orden natural es todo lo contrario, la vida silvestre es el reino de la muerte, donde impera el intenso sufrimiento de los “inocentes”, el martirio permanente de las “criaturas de Dios”.  

No hay justicia en la naturaleza. No tiene por qué haberla, pues no hay” buenos” ni “malos”. Pero el moralismo proyecta a la naturaleza la moral humana y si la persona es capaz de asomarse a esta realidad, se estrella contra la amoralidad del mundo objetivo.

No es difícil entender que si la especie humana estuvo sometida a los peligros de las fieras y las serpientes durante la mayor parte de su historia, ese miedo perviva en nosotros, aunque hoy no se justifique racionalmente. El miedo es desagradable, por tanto el cerebro se las amaña para construir una visión romántica, dulcificada, del mundo natural.  Llevamos incorporadas unas “gafas rosadas”, enraizadas emocionalmente, que cuesta quitarse.    

Estamos llenos de sesgos psicológicos, las gafas románticas son apenas un ejemplo entre muchos. Eliminarlos, minimizarlos o aprender a estar alerta frente a ellos es necesario para entender la realidad.  Tal eliminación o manejo consciente es el objetivo del entrenamiento en pensamiento crítico. 

Con el estudio de la historia de la sociedad humana pasa algo similar. Nos cuesta quitarnos las gafas. Y la miramos desde el presente proyectando juicios morales apasionados.  Examinamos el pasado de manera anacrónica y maniqueísta, entonces juzgamos a los personajes históricos con los valores morales de hoy y a veces hasta con el orden jurídico actual.  Y salimos a vengarnos  insuflados de rabia y odio contra el mármol y el bronce en medio de una borrachera simbólica.

Las telenovelas turcas están de moda, como antes las mexicanas, venezolanas o nuestras propias producciones colombianas.  El melodrama siempre ha tenido éxito, con sus malos malos y sus buenos buenos, a pesar de ser una simple y tonta caricatura de las interacciones humanas, pues logra mover nuestras pasiones primarias.  El buen cine y la buena literatura se alejan de esa simpleza para poder profundizar en la complejidad de la condición humana.  La buena historiografía también, nada de leyendas blancas, rosadas o negras.  Al igual que en etología -ciencia de la conducta animal- en historia también tienes que quitarte las gafas románticas si quieres conocer la realidad.

Somos el producto del pasado que existió y que no podemos cambiar ni acomodar a nuestros valores actuales.  Reconocer el pasado es reconocernos a nosotros mismos, sin ínfulas de supremacía moral.

Nos cegamos al sufrimiento animal para crear un paisaje salvaje pero idílico.  Acomodamos la historia con relatos míticos en blanco y negro, leyendas ideológicas disfrazadas de “memoria colectiva”.  Antropomorfizamos los fenómenos naturales inventando dioses del trueno, de la lluvia, de la “madre Tierra”.  Humanizamos hasta el cosmos y nos creemos que los planetas y las estrellas giran en torno nuestro, o como suele decirse ahora, graciosamente, “el universo conspira a nuestro favor”.  Nos negamos a crecer, sumergidos en la ficción.  Deseamos permanecer por siempre en ese estado infantil, como Peter Pan, viviendo en el mundo encantado.

Blas Pascal era creyente, pero alguna vez reconoció la indiferencia absoluta del universo cuando expresó, “el silencio de los espacios infinitos me aterra”.  No lo superó, prefirió domesticar el miedo con una ingeniosa apuesta.  En el siglo XXI, huérfanos de dioses y enfrentados a la catástrofe climática, el infantilismo resulta suicida y el negacionismo es irresponsable con las futuras generaciones.  A estas alturas de la aventura humana no tenemos más alternativa que apostar a las ciencias, quitarnos todas las gafas y asumir la mayoría de edad: sólo el conocimiento salva.

@jsenior2020

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