Diatriba contra la peste y otros demonios

Por FREDDY SÁNCHEZ CABALLERO

Muchas veces he muerto en medio de la hediondez, de algunas traté de escapar en vano pero otras no las vi venir: atendiendo un puesto de especias en el mercado de Bagdad, un cadáver catapultado al otro lado de la muralla estalló a pocos pasos como una bomba de pus; cansados de esperar, los mongoles decidieron no morir solos.  Poco tiempo después me vi embarcado en un navío persa rumbo a Venecia pero la entrada a puerto nos fue negada. Tuvimos que someternos a una cuarentena en alta mar. Las ratas infectadas ya estaban dentro y sus pulgas se apoderaron de nuestros camarotes. Mar adentro soportamos la fetidez de los cadáveres de los tripulantes que con amargura arrojábamos al mar antes de que las ratas los devoraran, pero creo que los últimos enfermos, sin quien nos lanzara por la borda padecimos ese horror.  Años después, todavía los barcos deambulaban al garete en medio de la tempestad, nadie se atrevía a abordarlos por el espanto que les causaba el fantasma de la peste. En las ciudades la gente apilaba los cadáveres frente a sus casas y un grupo de amigos y desconocidos los recogía y enterrábamos en fosas comunes debajo de las iglesias. En zanjas profundas, sobre una hilera de cadáveres, tirábamos un revestimiento de tierra caliza como haciendo una lasaña gigante con capas de pasta y queso que luego los gusanos devoraban lentamente. Las ciudades quedaban arrasadas. La falta de mano de obra obligó a los pequeñoburgueses a ensuciarse y retomar el campo; mientras tanto los monjes se dedicaban a la oración, o al florecimiento del arte románico y gótico. Entre sermones apocalípticos, traduciendo textos apócrifos y haciendo miniaturas, morí de nuevo. Eran tiempos de anarquía política. Bajo la consigna del sálvese quien pueda los campesinos se levantaban contra los señores y hacían revueltas discontinuas y breves, que eran controladas a punta de espadas y fuego en un baño de sangre donde la muerte salía otra vez victoriosa. “la estupidez insiste siempre”, dijo Camus.

"La muerte comenzó a reinar mucho antes de su advenimiento".
“La muerte comenzó a reinar mucho antes de su advenimiento”. Imágenes de archivo particular.

La experiencia de la peste trajo consigo la ponderación de la muerte y la desesperanza. Para los fieles cristianos la vida dejó de ser un propósito noble, convirtiéndose tan solo en un escampadero, un efímero espacio para espiar los pecados. La religiosidad entonces fue encausada hacia el más allá, justo al borde del río del olvido. El “Dios proveerá” y “mi reino no es de este mundo” ganaron preponderancia. La muerte comenzó a reinar mucho antes de su advenimiento. Gajes de la peste, dije entonces, mientras emboscaba caravanas de mercaderes a las afueras de Constantinopla. Pero la desbordada popularidad de la muerte no era un exabrupto, ella era imparcial y segura, nivelaba a justos y pecadores, a ricos y pobres, a príncipes y mendigos.

De esa oleada de fatalidad pocos volvían, la peste era sinónimo del nunca jamás, huir lejos de su alcance era la única salida. “La flecha del destino”, diría Dante, pero pocos podían esquivarla. Su origen era tan incierto como su cura. “Basta mirar al enfermo para contagiarse”, dice Boccaccio. Algunos pensaban que era producto de un mal viento, otros que de una mala agua, o debido a las artimañas de las brujas que ofrendaban gatos negros para beneplácito del diablo… Desde los templos se difundió la contagiosa idea, vigente aún, de que era el resultado de una maldición divina a causa de la vida licenciosa, la blasfemia y la avaricia. “Estamos perdidos y solo a medias hemos sido castigados”, repitió Dante desde alguno de los anillos del infierno.

Los remedios para combatirla eran tan inusitados como inverosímiles: peregrinaciones, rezos, ofrendas a los dioses, baños con orines, sangrías con sanguijuelas, tomar oro en polvo; desde la torre más alta yo practicaba mi antídoto favorito para ahuyentarla, hacer sonar las campanas. Los cristianos comenzaron a matar judíos y gatos, los judíos degollaban carneros, los españoles brujas e impíos, y allende la mar océano los mayas sacrificaban princesas y jóvenes guerreros… Los médicos y curanderos se protegían con guantes de piel, una capa negra, sombreros achatados y un enorme pico de cuervo rellenado con aceites esenciales, ajo, tomillo, limón, canela, lavanda, menta y otras hierbas aromáticas. Pero poco podían hacer por los desgraciados. En el S. XIV, entre Marsella y Toulouse atrapamos cuatro ladrones de tumbas. Sorprendía que pese a saquear los cuerpos de los apestados, ellos no se contagiaran. La hoguera les fue conmutada si revelaban su secreto. Su formula fue expandida por toda Europa en volantes y ordenanzas: Litro y medio de vinagre blanco; un puñado de artemisa; un puñado de filipéndula; un puñado de mejorana;  un puñado de salvia; 50 clavos de olor; 50grs de raíz de campanilla; 50grs de angélica; 50grs de romero; 50grs de marrubio; 3 medidas de alcanfor…Macerar, dejar reposar 3 días, colar y frotar en manos, orejas y sienes. “La suerte anda con el bruto”, dijo mi padre.

La peste ha sido constante motivo de reflexión en las regiones y pueblos por los que ha pasado. En el viejo mundo impulsó la agricultura y trajo profundos cambios políticos y sociales. Ad portas de salir del oscurantismo, propició el estudio de la naturaleza, las manualidades, el arte, la literatura, la arquitectura… Sobre las cúpulas de Florencia Brunelleschi esbozó la perspectiva; se redescubre el papel, el reloj mecánico, el oleo, se fundan universidades, se promueve el humanismo…

Mientras buscaban fórmulas para convertir el plomo en oro o encontrar el elixir de la vida, los alquimistas aplican la pólvora en armas de fuego; Gutenberg inventa la imprenta, se publican libros, mapas, se expande el conocimiento…Se dice que Shakespeare escribe tres obras de teatro durante el confinamiento de 1606, y que un poco más tarde, durante su encierro, Newton hace experimentos para convertir rayos de luz blanca en espectros de color. Pero es solo un rumor, como ese de que en tiempos de la lepra Jesucristo aprovechó para hacer populismo realizando un par de milagros que los fariseos no vieron con buenos ojos, tampoco los romanos, pues ni siquiera le dieron crédito.

Me gustaría pensar que esta vez, antes de morir de nuevo, propiciaremos cambios profundos capaces de dar un vuelco a nuestra forma de percibir el mundo. Me gustaría creer que somos capaces de controlar ese desenfrenado impulso hacia la destrucción y el abismo. “En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”, oí decir a Camus. No obstante, en su Diario sobre el año de la peste Defoe parece llegar a una terrible conclusión válida ayer y hoy: “No puede darse colaboración en una sociedad basada en la ambición desmesurada y el egoísmo”. (F)

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