Iván Duque: necio, retardatario, infantil y lacayo

Por GERMÁN AYALA OSORIO

Quizás los presidentes de la República sobre los que más han llovido críticas, burlas, improperios y todo tipo de cuestionamientos, han sido Álvaro Uribe Vélez e Iván Duque Márquez. Al primero lo señalan la academia, la justicia y el periodismo independiente de ser paramilitar y de haber sido narcotraficante, de manipular testigos y de fraude procesal.  Basta con examinar los cuestionamientos que le hacen Daniel Mendoza Leal con la serie Matarife), Daniel Coronell desde Los Danieles, Julián Martínez y Gonzalo Guillén desde la Nueva Prensa, para nombrar solo a algunos de sus más enconados contradictores, para entender que enterró la majestad presidencial en el fango de sus actividades públicas y privadas.

En los caminos del desprestigio le acompaña Iván Duque, cuya gestión fue calificada por un amplio sector de la sociedad como la más nefasta de los últimos tiempos, hasta el punto de considerar sin margen de error que superó a Andrés Pastrana Arango, quien ostentaba el deshonroso lugar de ser “el peor presidente de Colombia”.

Los dos gobiernos de Uribe suelen ser evaluados muy bien por quienes establecieron con él una relación de sumisión y de ciega admiración, pero ello no alcanza a tapar los graves hechos de corrupción que se presentaron desde la misma Casa de Nariño. Por ejemplo, la toma del DAS por parte de los paramilitares y las chuzadas que se ordenaron desde ese organismo a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, así como los asesinatos del exalcalde de Robles, Eudaldo Díaz, y del profesor Alfredo Correa de Andreis, para menciona solo dos. Y los 6.402 ‘falsos positivos’ que terminaron desnudando la degradación moral y ética de los militares, sometidos a constantes presiones por parte del comandante del Ejército, general Mario Montoya, quien los presionaba para que entregaran “litros de sangre”.

La figura de Iván Duque llegó a generar tan alto rechazo entre los colombianos, que del mismo uribismo surgió el calificativo de “gordo marica” con el que María Fernanda Cabal se refirió para señalar que se la pasaba viajando, mientras el país estaba descuadernado.

Recientemente, en un encuentro continental, el canciller Álvaro Leyva calificó a Duque como “necio y retardatario” por el manejo de la crisis diplomática con Venezuela, estrechamente relacionada con fracasado “cerco diplomático”. Fue tal la fuerza de esa negativa imagen que se fue ganado en los más variados círculos, que la periodista Ángela Patricia Janiot de CNN lo sacó de casillas cuando le preguntó si asumía como cierto que era el títere de Uribe.

La llegada de Gustavo Petro al solio de Bolívar se produjo en buena medida gracias al pésimo gobierno de Iván Duque, un inexperto político que se encontró la presidencia al abrir un paquete de papas que le regaló su jefe político. Para recuperar el poder, Uribe ya está alistando a sus fichas. Por ahora tiene dos: Paloma Valencia y Miguel Uribe Turbay. Ambos exhiben el mismo carácter obsecuente de Duque. La primera, vociferante y gritona; y el segundo, un cretino que solo tiene para mostrar que es nieto de Julio César Turbay Ayala.

Si la derecha insiste en competir en las elecciones de 2026 con candidatos sometidos a las órdenes del Gran Patrón, lo más probable es que no recuperen la Casa de Nariño. Dependerá, claro está, de los candidatos que la izquierda, el progresismo y el siempre medroso centro político presenten a la opinión pública, y de cómo le terminé de ir a Petro.

En cualquier circunstancia, la política, la democracia y la majestad presidencial seguirán debilitándose si continúan llegando a la disputa electoral candidatos necios, retardatarios, infantiles, fatuos y obsecuentes como Iván Duque. Uribe y su secta-partido deben comprender que una parte importante de la sociedad está cansada de eso que se conoce como el uribismo y de la figura mesiánica que inspira a esa supuesta doctrina.

@germanayalaosor

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