Un amor de mera ficción

Por OLGA GAYÓN/Bruselas

Él la copiaba tal como ella quería verse. Para él era una enorme contradicción, porque si algo le encantaba de ella era contemplar ese cuerpo robusto, saludable, enérgico, brillante y hermosamente contorneado por las curvas.

La primera vez que la vio, ella ilusionada se plantó frente a él. Llegó sonriente, con paso firme y cantando a viva voz una canción que sonaba a toda hora en la radio local. Él, al solo verla así de juvenil, bella y llena de redondeces, quedó prendado. En segundos supo que ya no podría vivir sin que ella se reflejara en él. Pero la chica, tan pronto vio la imagen que él le devolvía de su cuerpo, lanzó un grito tan ensordecedor que él sintió que el impacto del ruido lo iba a volver trizas.

Fue un horrible día para ambos. Ella disparó una munición de alto calibre contra el objeto silente. Le dijo entre muchas otras cosas que era un grandísimo mentiroso, que se estaba burlando de ella porque redondeaba su figura de una forma vulgar y que lo iba a denunciar ante todas las mujeres por abuso de confianza. Prometió que jamás volvería a mirarse en él. Tras insultarlo de una forma altanera y soberbia, le dijo que nunca más le daría la oportunidad de que la reflejara.

El espejo desde entonces se quedó solo, rumiando su amor en un rincón de una habitación. Así, en medio del abandono y llorando la ausencia eterna de su amada, vivió sin trabajar y sin alimentarse durante una larga temporada.

Habrían pasado unos cuatro meses desde la fatídica fecha, cuando el espejo sintió que la puerta de la habitación se abría de nuevo. Su corazón comenzó a latir velozmente, embargado por la felicidad. Era su chica, su gran amor, la que entraba nuevamente. Ella se dirigió a la ventana, abrió las cortinas y saludó al sol que brillaba con fuerza; inmediatamente toda la estancia se iluminó. Él, muy nervioso y sin saber qué hacer, se percató de que ella ni siquiera se había dado cuenta de que él estaba allí. Sin embargo, para él era suficiente con sentirla muy cerca, oír su respiración y mirar su bello cuerpo, aunque ella evitase mirarlo.

La mujer, la misma de hace unos meses, continuaba igual de hermosa, vital y vigorosa. Vestía de rojo como aquella vez en que se conocieron. El cuerpo inerte que la miraba no dejaba sentir su presencia porque temía un rechazo como el que sufrió en esa oportunidad. Estaba seguro de no poder soportarlo esta vez. Temía saltar en pedacitos y que al desaparecer, algunos trozos hirieran el cuerpo de su amada.

Ella, sin darse cuenta, caminó hacia él. Tan pronto lo vio, quedó de una sola pieza: inmóvil y silenciosa. Esta vez el espejo le devolvió una imagen estilizada, muy pero muy delgada, algo quebradiza. Pero ella no se percató de la fragilidad de su figura: se veía tan hermosa, tal como siempre había querido ser: igual de delgada como las modelos que desde su infancia había visto brillar en las pantallas de los televisores y en las revistas. El espejo vio la luz de felicidad en su rostro y no quiso que se esfumara; deseó que se quedara instalada en el alma de la mujer para siempre.

Él, aunque amaba a la chica de las curvas decidió convertirla en un cuerpo de línea. Era la única forma de asegurarse de que ella jamás lo volvería a dejar tirado en un cuarto oscuro y sin vida. Aunque sintió que la engañaba decidió que la mentira era la única cosa que podía hacerlos a los dos unos seres inmortales y muy cercanos. Ella seguiría visitándolo todos los días si él continuaba embaucándola, y él se sentiría muy feliz por reflejar en su alma a una mujer que nada tenía que ver con su adorada, pero que al hacerlo, aparte de que la haría feliz, conseguiría que estuviera junto a él para siempre. Prefirió verla radiante, antes que descubrirle a la verdadera mujer que él amaba.

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