Un planeta plástico

En 1942 Albert Camus publicó El mito de Sísifo, que comienza así: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio». Parafraseando a Camus, yo diría que no hay más que un problema político verdaderamente serio: el plástico. Político en el sentido platónico, pues nos compete a todos.

Enhorabuena por la ley que acaba con los plásticos de un solo uso en Colombia. Sin embargo, es esta una victoria pírrica, pues ni siquiera con esfuerzos mucho mayores, que los hay, podríamos contrarrestar esta escalada plástica, que resultó la máxima expresión de la democracia en tanto no distingue clase ni color de piel, e insiste en colonizar hasta la playa más remota del mundo y el punto más profundo del océano.

Colombia da un paso en la dirección correcta, es verdad, y se alinea con iniciativas a nivel mundial múltiples y variopintas. Están, por ejemplo, la Alianza para poner fin a los residuos plásticos y el Protocolo global de plásticos; organizaciones de alcance mundial, como Greenpeace y Ocean Conservancy, canalizan esfuerzos y recursos para limpiar los océanos de plástico.

La prohibición de los plásticos de un solo uso es un paso acertado, sí, aunque muy insuficiente. Es necesario y urgente adoptar iniciativas como aquellas que han nacido en Chile, país ejemplo en la región, y que son dignas de imitar. Allí, startups como Algramo y EcoCarga, por ejemplo, proponen una combinación de buenos hábitos y tecnología, de manera que el consumidor es dueño del envase (de detergente, suavizante, etc.), identificado con un QR que se escanea en cada recarga y devuelve al consumidor una ganancia en forma de ahorro, y podría haber otros estímulos (tiquetes del transporte público, por ejemplo). En Europa, iniciativas como I-Drop Water (un piloto de recarga en envases reutilizables de agua tratada), diseñado sobre todo para lugares de mucho tránsito y consumo, como aeropuertos, terminales y universidades; MIWA (un sistema de dispensación a granel); una modalidad de suscripción para recarga en casa (parecido a como funciona el botellón de agua); así como ventas de productos secos, como gaseosas en las que el agua y el gas se pone en casa (Soda stream) o Vytal (envases de comidas y bebidas reutilizables que hay que devolver en máximo 14 días, como los libros de la biblioteca) hacen parte del inventario de medidas y propuestas para intentar frenar la proliferación de plástico.

Ahora bien, pese a todas esas plausibles iniciativas, las cifras no son alentadoras: la producción pasará de 460 millones de toneladas anuales en 2019 a 1231 en 2060, y la recuperación es mínima. En Colombia, por ejemplo, diariamente se producen aproximadamente 25.000 toneladas de residuos, y solo un 13 % se integra nuevamente en el ciclo productivo; y apenas 7 % es recuperado y comercializado por recicladores de oficio.

Como se puede ver, no es tan fácil acabar con el plástico, porque además se convirtió en parte de la vida y circula en nuestra economía y en nuestro cuerpo de manera cada vez más significativa: ya está presente en todos los fluidos (semen, leche materna y sangre), y solo en Colombia mueve 5 millones de dólares al año, ha venido creciendo en lo que va del siglo a un ritmo del 6.5 % anual y emplea al 8.2 % de la fuerza laboral del país. Además, se proyecta un crecimiento continuo hasta alcanzar aproximadamente 10 millones de dólares en 2032, con una tasa de crecimiento anual proyectada del 7.8 %. Otra desalentadora noticia es que los bioplásticos, es decir, aquellos que no provienen de combustibles fósiles, tienen una participación global en la industria de apenas 2 %, y se prevé un crecimiento anual del 4%. Esta enjuta participación podría ser de al menos el 10 % si los bioplásticos recibieran subsidios y apoyo político similares a los de los biocombustibles, pero falta voluntad política para ello.   

En conclusión, además de la acertada prohibición de los plásticos de un solo uso, urgen medidas que integren la que se ha llamado Responsabilidad Extendida al Productor (REP), y que además involucren a todos los demás intervinientes en la cadena del plástico: consumidores, comercializadores, operadores de residuos, importadores y, por supuesto, al gobierno, todos a una. 

La decisión, aunque bienvenida, debió tomarse años atrás, quizás al tiempo con el comercial que más daño le ha hecho al país, aquel que decía “no tomo riesgos, tomo en desechables”. Y debe complementarse con una estrategia de 360°, que, por un lado, propenda por una recuperación mayor de residuos plásticos y, por otro, reduzca o evite su fabricación.

Hay que volver al papel y al reenvase; el plástico jamás debió usarse para envases “no retornables”, así como la energía nuclear nunca debió terminar en una bomba atómica, dos errores humanos comparables. El mundo de Camus no era mejor que este —de hecho, estaba envuelto en una guerra mundial— pero por lo menos tenía playas más limpias, ríos más caudalosos, especies que ya no existen y un clima predecible. Atrás quedaron la sensatez del tintineo de pocillos de loza y cucharillas que, en los cafés, volvían a la mesa con par cubitos de azúcar; hoy hemos llegado a extremos de demencia como empacar mezcladores o sal en bolsitas individuales de un gramo que luego terminarán en el mar o en algún otro lugar y que, quizás peor, se nos volvieron paisaje. ¡Dios nos coja confesaos!

@cuatrolenguas

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