La culpa es de Petro

Cuántos ríos de tinta para tratar de explicar lo que ocurre por estos días en Colombia. Por la antelación con la que se convocó a la jornada del 21N, podía intuirse que sería una movilización amplia y nutrida, pero circunscrita a cuatro ciudades con remate en la plaza de Bolívar. Y listo. Antes se gestaban paros que quedaban reducidos a la marchita de siempre. Pero esta vez no fue así, Colombia se levantó como nunca se había visto, desde el paro de 1977.

Retrato sobre lienzo, 70 x 50 cm. Acrílico, 2019. De la serie Personajes colombianos: la lucha del color. Marpéz

Quienes estuvimos en ese nostálgico 14 de septiembre bajo el mandato claro,  recordamos a López Michelsen mostrando por televisión los “miguelitos” con mano temblorosa. Esa gesta fue importante pero no tuvo la dimensión de este 21N que no termina.

Lo de ahora es el reino de la nueva generación. Ciudadanías que apenas son nietos de los años 60s y que no bebieron de las utopías armadas, que tampoco deshojaron el Manifiesto Comunista ni se pelearon recitando los textos de la editorial Progreso o Pekín Informa.

Tengo la impresión de que así como el gobierno uribista no sabe a qué país se dirige, la izquierda tradicional, y por que no decirlo, la misma academia, no comprenden el fenómeno social que nos sorprende con su dinamismo, inventiva, frescura y capacidad de respuesta.

Son inmensos bloques humanos que no se informan por los canales tradicionales, no se descrestan con los nuevos centros comerciales que inauguran cada semana y que no encuentran diferencias entre los campos universitarios públicos o privados. Tienen nula conexión con las capillas sindicales y los movimientos que forcejean por atribuirse la orientación de la protesta. Es por ello que el palacio de Nariño no sabe a quién invitar a “conversar” el tinto ocasional para desmovilizar a la turba.

Son masas que reemplazaron el cordón umbilical con las conexiones inalámbricas, tienen una cosmovisión individual, pero se sumergen en un ilimitado mundo digital donde palpita todo un universo que no pasa por el control de un largo entrecomillado: los dueños de los medios, la heredad, la religión, la gente de bien, la caverna ni las buenas costumbres. En fin, todos los tótems creados y usados para controlar, magrear y humillar.

El establecimiento está alarmado y no sabe cómo proceder. En principio hicieron lo de siempre: reprimir, disparar, montar saqueos, confeccionar el disturbio, infiltrar y al otro día utilizar a sus sabuesos en las cornetas para inculpar,  pero oh sorpresa, no contaban con el cacerolazo. El molinillo y la olla llevaron la protesta a todos los hogares, caso inédito, ya no era un asunto de agitadores, era toda la población. Entonces, toque de queda, y la gente respondió tocando y haciendo ruido sin respetar el reloj draconiano. Entonces pasaron al asesinato, pero esta generación sabe que eso es lo que hacen los gobiernos “democráticos” de la derecha colombiana disparar y matar, entonces siguieron en las calles.

Por eso una mañana de éstas, al unísono, voceros gubernamentales y corifeos de los medios salieron a señalar a Gustavo Petro como el responsable de todo. Han utilizado el coco del comunismo, el castrochavismo; recién, Álvaro Uribe viene utilizando un nuevo diablo: el Foro de Sao Paulo; pero ya las ovejas conocen la destreza del pastorcito mentiroso y ahí siguen con sus tambores, cánticos, bailes, sus tribunas futboleras gritando al usurpador que llenó de terror, odio y sangre a ésta Colombia que acumula exigencias nunca atendidas.

Focalizar en Petro lo que está sucediendo muestra ignorancia y desespero del uribismo. El gobierno no advierte la existencia del nuevo país, y en cambio, si le está señalando a la nueva generación hacia dónde mirar.

Ahora se preguntan en qué terminará todo esto, qué ocurrirá en el 2022. Hay quienes creen que la Colombia del 2022 cambiará en las urnas. Se equivocan, ello ya ocurrió en las elecciones regionales de este 2019, pero nadie le prestó atención. Ya en 2018 hubo muestras de que estamos frente a otro país. Por lo pronto, continuará la descomposición de los partidos tradicionales, incluida la izquierda, las nuevas tribus no creen en esas capillas. La política es ahora de bloques, por eso es desafortunado y pérfido lo que hacen algunos dogmáticos al atacar a los nuevos liderazgos que surgen en los sectores alternativos. El esfuerzo debe ser unitario, flexible e incluyente, para buscar que esas nuevas ciudadanías no descarrilen.

Bogotá, noviembre 30 de 2019

@mariolopez1959

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